miércoles, 15 de julio de 2009

(In) Tolerancias

Marruecos estalla en mi cabeza con su mar turquesa y sus aromas. Al salir de la Kasbah, ese laberinto de callecitas donde los excluidos de todo te persiguen para venderte por un euro lo que no quiero, lo que no necesito, lo que no deseo; me demoro a fotografiar un verso del Corán que, con ese mágico dibujo que es la caligrafía árabe, adorna una pared externa de la mezquita. Un madrileño me detiene creyendo que voy a ingresar al templo. "No se puede", dice, "No te dejan entrar." Yo no pensaba hacerlo, pero ahora medito si será prudente fotografiar los muros de la casa del Dios musulmán.
En Jerez de la Frontera, de donde era originaria mi abuela paterna María del Carmen Miciano, con mi prima Olga, nos levantamos al alba para oír a las monjas de clausura de la Cartuja cantar maitines. El edificio es antiguo y tiene un patio inmenso desbordado de Santa Ritas y jazmines. La puerta de la clausura está abierta y entramos a un recinto previo, con bancos desde donde se oye a las monjas, vestidas con hábitos y capuchas blancas, cantar. Su voz se eleva clara en la iglesia cuyo altar me recuerda esas viajas imágenes bizantinas, que tanto se ven hacia el este. Es una voz pura y cristalina que canta la gloria de Dios. Pienso en Alfonso X, el sabio, primer rey castellano de Jerez y en los moros, judíos y cristianos que han dado ese matiz particular a la España medieval.
El canto me llena el corazón de calma y los ojos de lágrimas. Un recitado cadencioso interrumpe cada tanto el coro monjil. En los bancos somos cuatro: un señor de lentes que parece venir cada día, mi prima Olga y yo, y un albañil que se sienta a mi lado y cierra los ojos para que las palabras lo penetren y se hagan luz en su interior. Pero lo que las monjas dicen, lo que ellas leen habla de muerte, de enemigos, de exclusión; son historias de venganza, de humillación y dolor.
El inciensario con un ruido que parece de cascabeles, pero es de cadenas me saca de la ensoñación. Las monjas inician una curiosa coreografía para besar al Cristo bizantino. Recuerdo la Kasbah: el mundo se me torna incomprensible.
Tanta belleza, tanta luz repetida en piedras, fuentes y enrejados no nos enseñó a aceptar. Y la tolerancia sabia de Alfonso X, que supo aprovechar como cristiano lo que moros y judíos tenían para ofrecer, se transforma en la espada ensangrentada de Fernando e Isabel que despertaron entre los resquicios de los muros el Tribunal de la Inquisición.
Afuera el sol ha comenzado a levantar el calor veraniego escondido en las piedras de la Cartuja. Nosotras decidimos seguir nuestra visita por la señorial ciudad de Osuna en el auto descapotado de Olga, tan española y tan parecida a mí.
Qué mejor sería el mundo si todos aprendiésemos a aceptar que cada cual ve a Dios donde lo alcanza su corazón.
Por cierto, a los que, como yo, no creemos en Él, algo luminoso se nos posa en el alma de vez en cuando - lo he sentido en las letras marroquíes, en las puras voces de las monjas y en la sinagoga blanca de Toledo- e intuimos emocionados la trascendencia infinita de la Creación

4 comentarios:

Mónica Volonteri dijo...

Nunca mejor dicho, corazón. Emociona enormemente la devoción de los que creen tanto, como para generara una belleza intolerable en su nombre.
Moni.

Miguel (Literato) dijo...

Creo que nunca el hombre tendrá una comunión unificadora con respecto a lo religioso. Los rencores y esa guerra invisible y constante es algo que se da en cada cosa del diario vivir. Somos humanos, luchamos constantemente contra nuestras propias fallas genéticas, es algo inevitable el enfrentarse por algo tan supremo como la religión.

Pero eso sí, desde el ateo hasta el más fervoroso islámico o católico sabe que existe un poder, invisible, visible, llamado Creador, llamado Creación, o tan solo "invisible", que lo une psíquicamente a algo que no puede entender y lo lleva en algún momento de su vida a mirar las estrellas.

Saludos.

olga dijo...

La religión y la política han ido de la mano y con ella los intereses económicos y sus demostraciones culturales, no es la devoción Moni... es el fanatismo

olga dijo...

A Mónica: Por cierto, te invito a que a la próxima nos acompañes a esos maitines, te apuntarías?

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