lunes, 6 de julio de 2009

La Dame et le licorne

Ella seguía allí. Estaba esperándome: el gusto, el olfato, la vista, el oído, el tacto. A mon seul désir…¿Por qué? De todas las maravillas de París, de todos sus secretos y milagros, es ella quien me convoca. Subí esa escalera de madera vieja como quien va a cumplir un antiguo rito, una cita largos años postergada y las lágrimas me arrasaban los párpados. Crujían los escalones bajo mis pies y quise ser aún más liviana, más perfecta, estar bella para el encuentro. Pero era yo, la de siempre, la que no puede dejar de ser inexacta e imprecisa, turbulenta y efímera. Y allí estaba ella con su unicornio, con la maravilla de sus vestidos bordados. Me senté en la penumbra tratando de pensar por qué ella, por qué yo y de pronto el mensaje fue claro y abismal: el camino del deseo pasa por los sentidos. En el claro coto de ese jardín medieval rodeada de un león, unos conejos y unos pájaros, ella experimenta la sensualidad del sabor de unas uvas verdes. En su paladar el grano explota cuando ella hunde sus dientes blancos en la piel tirante para hallar la frescura de la carne dulce. Luego deja que la música de ese arpa desmaye sus miembros y en pleno desmayo aspira los perfumes de un vaso. Sus ojos claros descubren el perfil del unicornio mientras sus manos suaves palpan el largo cuerno azul del animal. Y los sentidos despiertan son la vida del conocimiento: el deseo es pura carne en siglos de olvidar el cuerpo para anidar en lo efímero del espíritu. Como si fueran inseparables, dice ella desde las paredes y su sonrisa se abre en mi cuerpo –mi conciencia- a través algo más de cinco siglos. Salgo de Clunny porque no tengo nada más que ver.

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