martes, 21 de julio de 2009

Mare nostrum III




No hay límite entre el cielo y el mar. Son la misma cosa azul. Desde las crestas de las montañas, en medio de un terreno escarpado y verde diviso una línea difusa en el que termina uno ,y otro está por comenzar. Hace calor. El BMW de Pablo da vueltas por una ruta atravesando las montañas casi al borde del precipicio y él se siente James Bond en estos parajes de peligro y ensueño. Huele a sal, a tierra seca, a sol ardido, a olivares, a viñas. El viento nos despeina y nos rodea la intensidad azul. Es la impresión del color en la piel, en el alma, en el corazón. Pablo y yo habíamos hablado una noche anterior de cuerpo y racionalidad. Acá todo es sensación y nada falta. Todo se confabula para atraparme en una red de emociones de la que no deseo salir. Me dejo tomar de la cintura por el vibrante perfume de los limoneros verdes y matas estalladas de Santa Ritas se me pegan como mariposas en el fondo de los ojos. No hay escapatoria para la que no desea escapar sino entregarse desfallecida a otra forma de vivir. Creo que alcanzo a rozar la planitud de la felicidad y los dioses me sonríen una vez más.

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