martes, 28 de julio de 2009

Vuelvo al barrio


a Olga y Linne
a Jaime

a Pedro

a Pablo y Manette

a Maïa y Lou
a mí misma
Como una ráfaga que pasa, los días ya se han ido. Queda en el trasfondo de mis pupilas asoleadas el olor caliente del verano, el perfume fresco de la lavanda, los colores azules de los mares y el amarillo oscuro de la tierra mojada. Quedan los rostros moviéndose alrededor mío en una danza tibia. Queda París con su encaje de calles infinitas y sus puentes lanzados como agujas a uno y otro lado del Sena. Queda Madrid con sus Meninas en un instante. Queda Jerez con su sangre y sus copas hechas de confesiones y lágrimas. Quedan los pueblos blancos y los abanicos de Ronda. Queda las lágrimas en los ojos después de una mirada de Huelva. Quedan los maitines en el amanecer de la Cartuja. Queda Tánger como una piedra verdinegra y sus aromas violentos.Queda Barcelona y su noche a lo lejos. Queda Marsella con sus memorias familiares, su Notre-Dame en lo alto de una colina y el agua como un borde de párpados frescos. Quedan los castillos, la Provenza, los reyes encerrados en murallas, los ríos desbordados de caballos, la arena fina y blanca. Queda Saint-Remy à midi y el sofocamiento veraniego. Queda Avignon como el sitio donde fui una reina. Y quedo yo que regreso a casa, a mis plantas, a mis papeles, a mi gato, a mis soles de invierno, a lo que siempre fui y soy; pero con una carga nueva que no me pesa, que me hace liviana: haber tocado la alegría con la punta del alma.

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