sábado, 29 de agosto de 2009

Alguna que otra vez

En mi familia, todos nos hemos vuelto locos alguna que otra vez, incluso aquellos que anduvieron por ahí pregonando su fantástica cordura sin darse cuenta de que ésa era la cuerda que los anudaba y les impedía escapar. Cada tanto yo me sumerjo en un agua de colores violáceos que tiene chispas fosforescentes y nado a contramano de sus corrientes turbulentas sin poder emerger. En mi familia nadie construyó balsas para salvarse cuando arreciaban los vientos. Siempre hubo una fuerza centrífuga que se disfrazaba, a veces de libertad y a veces de rigidez; pero que nos llevaba lejos sin ticket de regreso para volver. Eso era porque nunca hubo un sitio adonde sujetar la vista y ver un fuego amarillo en las tardes de lluvia y de dolor. Mi mamá siempre tuvo rostro de Gorgona y aullaba desparramando las serpientes de su desventura por todos los caminos que debíamos recorrer. Perseo trabajaba tiempo extra y yo oficiaba de madre para amparar a mis hermanos pequeños en su desnudez. Todos tuvimos frío, sed y hambre; pasamos jornadas extensas debajo de la nieve y los ojos se nos extraviaron sin que pudiéramos saber. La casa de la infancia se derrumbó la noche en que papá murió. Lo que siguió fue la historia de un hilo rojo que dura hasta el día de hoy. En cada uno de los puntos cardinales en que quedamos los sobrevivientes hay sogas que nos atan, nos anudan y se empecinan en hacernos recordar que en mi familia todos nos hemos vuelto locos alguna que otra vez.

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