jueves, 13 de agosto de 2009

Una sirena Klimt


Cuando leo las palabras que me mandás, las palabras que llegan desde tu corazón al mío no es mucho lo que puedo contestar.
Necesito leerlas muchas veces para hallarles esos pliegues, esas densidades y pesos específicos que entregan, esas alas sutiles que les crecen en los trazos virtuales que las hacen titilar en mi pantalla que se vuelve azul y traslúcida y profunda.
Luego pasan por mi sangre en marejadas de perfume masculino, de perfume tuyo y llegan a mi cerebro donde adquieren la cadencia de su síntesis.
Entonces enmudezco y todo lo que yo pudiera contestarte es imbécil, estúpido, absurdo, innecesario.
Hace muchos años -muchos muchos muchos- que un hombre no alcanzaba mi alma así, con sólo hablarme con una voz densa, oscura, llena de perros ladrándole a la luna en Bangladesh que está lejos muy lejos; hace muchos años que un hombre no despertaba en mí tamaños abismos de ternura, de calidez, de piel llena de yemas y labios y dientes que me muerden y me buscan.
No me importa nada más que leerte para saber que la emoción se hace agua y me inunda a mí, que soy tan líquida como una sirena Klimt.

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