lunes, 10 de agosto de 2009

Domingo por la noche de agosto

Cuando él entró, la noche era todavía pequeña. Trajo una bolsa llena de regalos para mí: unos CD, una botella de buen vino, unos quesos. Yo tenía una foto del Vieux Port, un libro de miniaturas medievales y una reproducción de "La dame et le licorne" para darle. No sé si antes o después del intercambio de presentes nos abrazamos hasta que no quedó intersticio donde cupiera aire. El mundo, el de afuera, fue perdiendo sustancia y adentro me brotaba una suave ternura que él iba despertando con sus besos. Su boca era un manso territorio, una vorágine, un canal hacia profundas sensaciones. Cuando besó mis párpados, mis mejillas, mis labios el corazón se me agitó como un pequeño conejo asustado y mis ojos se llenaron de lágrimas. La noche ya era alta cuando pudimos volver. Era tarde para andar cocinando así que mientras oíamos a un viejo poeta decir palabras que todo lo inundaban pusimos una mesa descuidada, abrimos la botella y nos sentamos a escuchar mientras el alcohol me suavizaba alguna arista que todavía me pudiera quedar. Después se fue y yo dormí apenas, mientras él en su casa me escribía para decirme que elegía mi boca para beberme. Ahora escucho cantar "lo que tenga que ser que sea y lo que no, por algo será". Sic.

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