sábado, 29 de agosto de 2009

El gato

De esta casa pasó por otras y un día esas vueltas, que suelen denominarse vida, lo trajeron de regreso. El día que lo depositaron en mi patio -lo dejo y después hablamos, dijeron sin precisar la dimensión del lapso al que aludía el adverbio y que, a saber, nunca se cumplió- ese día exacto, él se me perdió. La puerta de la terraza estaba abierta (era verano y fines de diciembre) y no lo pude encontrar. Bueno, pensé, iba a pasar y me resigné: gato que cambia tanto de casa debe estar desgarrado. Pero esa misma medianoche salió del lugar en que se había ocultado y se instaló. Siempre se vuelve a los orígenes y este debería llamarse Odiseo porque volvió a su Ítaca: la terraza y sus paredes llenas de plantas, la pelea mortal con su enemigo, el inmenso gato negro de los vecinos que, tiempo atrás, había acabado con mis margaritas; el sillón amarillo, las estanterías saturadas de libros, el borde exterior del piano. Ahora me salta a la falda si me siento, me empuja los libros si intento leer en la cama, se sienta en medio de las hojas cuando quiero escribir y se enrolla en mis pies para dormir. Recibe a todos los que llegan a mi casa, busca las manos para que lo acaricien; le gusta el pollo, el yogur de vainilla, la crema de leche y el pan tostado. Una única cosa revela su estirpe de felino orgulloso y lejano: cuando vos te quedás conmigo, él ni se digna a mirarte y menos que menos busca alguna especie de confirmación de mi atención. Desde su posición de animal sagrado y enigmático nos ignora como quien no cree en Dios ni creerá jamás.

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