jueves, 20 de agosto de 2009

Él me escribe

Él me escribe y sus palabras trepan por mi corazón con pasos de pájaro para anidar allí y traen unos hilitos azules, unos algodoncitos suaves, unas pequeñas pelusas perfumadas, unas semillas de frutas por brotar y unas gotas de lluvia despacito. Y en mi corazón sus palabras se sienten muy gustosas, tanto que se estiran, se duermen, se despiertan, bostezan, me acarician cada uno de los ventrículos y se acomodan según suene sístole o diástole. Sus palabras en mi corazón se adueñan de mi sangre y me recorren cada recoveco del cuerpo llenándome de aromas, de densidades olvidadas, de leones que se desperezan al sol, de húmedos conejos sedientos de su saliva. Él, quién sabe dónde -su casa, su laboratorio, sus reuniones, sus artículos para mí incomprensibles sobre ADN y esas cosas rarísimas-, me escribe palabras que se asientan en mi vientre donde crecen, echan raíces, dan hojas, flores, frutos y se brotan de alas a las que se les da por batir y el aire se mueve y alborota. Él me escribe y sus palabras, entonces, me despeinan el corazón. Y yo, con el corazón como una peluca feliz llena de viento, salgo a hacer mis cosas: comparo pronombres con verboides, metáforas con metonimias y hasta tomates rojos con ajíes amarillos. Y el corazón me salta de hombro en hombro, se hamaca estremecido en mis clavículas donde termina dulcemente adormecido y sus palabras -las que él me había escrito- traen una manta de besos y lo cubren para que el pobre no tenga frío. Aún no llega la primavera aunque parezca.

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