domingo, 2 de agosto de 2009

El Quijote Miciano


Teodoro Miciano
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Grabado en metal


Dulcinea está encantada. Pero sólo él la ve avanzar en su carro.
Los dedos, las manos de Teodoro eran lisas y suaves, dice Jaime con los ojos llenos de lágrimas en Huelva, ese sábado caluroso en que hubiéramos tenido que detener el tiempo para poder atrapar todos los recuerdos y los deseos en su red. El ácido del grabado las había limado de asperezas y las había hecho áereas y transparentes.
Paso las hojas gruesas con demora y lentitud porque quiero que mis retinas se llenen de felicidad y maravilla. Pero mi cerebro comienza despertarse del cómodo letargo del placer y se esfuerza por comprender. Rebota contra las paredes del cráneo hasta las puntas de mis yemas que sólo lidian con plumas y papeles.
Teodoro está allí y me habla de un texto que conozco como mi propio nombre, de un libro que me hace llorar una y otra vez, de un autor por el que siento una nostalgia parecida a la que me atraviesa cuando pienso en mi padre. Teodoro está ahí: en esas hojas ásperas. Yo lo veo: está erguido en su silla y me mira a mí, que paso, como Dulcinea, en el encantamiento de mi carro veraniego que me está llevando de aquí para allá en una Europa mediterránea llena de días largos y calor.
Veo los grabados con mi memoria de las palabras acumuladas en las horas universitarias, en lo que otros dijeron sobre ese texto en el que un hombre se muere de simple melancolía porque no está dispuesto a abandonarse al fracaso de su ideal. Veo a Teodoro empapado en el ácido que graba el metal y en la tinta que llena los espacios en blanco de mi página. Veo a Teodoro y querría volver el tiempo atrás para que la vida pudiera ser más generosa con él.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tenias que haberte quedado mas tiempo en España,siempre te digo que me encanta como escribes.Jaime.

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