lunes, 17 de agosto de 2009

Escriba

En el palacio del rey Zimri-Lim de Mari hay una habitación con bancos y mesas de cubierta de arcilla en las que los arqueólogos suponen que los escribas mesopotámicos aprendían a escribir.

Yo estuve allí antes, cuando mi alma estaba rodeada de otras carnes. En mis dedos -seguramente masculinos- sostuve una caña y tracé cuñas pequeñas sobre la arcilla blanda. Alguna vez, levanté los ojos de mi tablilla y vi hacia afuera la verde fertilidad de la medialuna entre el Tigris y el Éufrates y deseé mecerme con el viento fresco que soplaba levantando los velos anaranjados de las casas.
Yo estuve allí, sobre los pergaminos, declinando para componer las frases con las que Roma era una ciudad azul sembrada en dorados campos de cebada y las legiones del Imperio se afincaban como hormigas sobre las tierras conquistadas.
Yo estuve allí, como también tuve los dedos manchados de tintas en alguna abadía mientras mezclaba sulfato de cobre para mi pluma que rasgaba el pergamino con un sonido raspado. Alguna vez, levanté mis ojos del códice iluminado y vi afuera la campiña brumosa de Francia y un sol de oro desmayado en el atardecer y deseé recorrer los campos violetas de lavanda mojados por la luz y la hora.
Yo estuve en todas partes donde haya habido papeles, tintas y esa empecinada marca que hemos llamado letras en las que penetra un mundo, un designio, una promesa, una lágrima.
Y ahora estoy aquí, en este lejano país en el que un día es primavera y el otro profundo invierno, oprimiendo mis dedos sobre una tecla negra o atada a un pincel y tintas de colores para escribir lo que vengo escribiendo desde siempre: ¿Cómo es posible que nadie lea la maravilla de los días en el perfil somnoliento de las piedras?
Solo tus ojos descifran mis secretos y los hacen empecinados florecer.

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