martes, 18 de agosto de 2009

Este hombre

Él duerme toda la noche mientras yo trato de respirar a su par para absorber el aire que lo toca. Pienso en sus pulmones abiertos al viento y al perfume de mi cuerpo. Pienso en sus manos sosteniéndome, en sus ojos cerrados, en su boca devorándome centímetro a centímetro. Pienso en su corazón tan diferente a lo que yo suponía que debía esperar de un hombre como él, tan racional, tan científicamente preciso. Pienso en él en la tibieza del cuerpo que me anuda, lo objetivo para entender la marejada de emociones que me sube hacia el pecho y se abren paso por mi cintura mojada por sus labios. Vuelvo a oír sus palabras exactas y redondas, el color oscuro de su deseo como una dentellada en medio de la planicie de mi vientre. Pienso en los vórtices que nos anudan durante horas, en los cromosomas que nos completan, en las palabras que nos alumbran. Pienso en su risa, la más magnífica del mundo, hecha de cristales en cascada gruesa cayendo hacia mis ojos, entre mis piernas, sobre mi espalda. Él duerme y yo siento el aire que lo toca y me abre hacia sus sueños.

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