viernes, 28 de agosto de 2009

Extrañeza

Él bordea con su mano mi nuca. Desliza sus yemas en las vértebras de mi cuello que huelen a tormenta y brisa de verano; hunde sus dedos en mi cabello y acaricia suave mi cráneo. Me bordea los hombros y me ciñe los brazos para demorarse con un roce en mis clavículas que parecen de pájaro. Me muerde y me acaricia con sus labios mientras me habla de cosas que no termino de entender porque estoy sumergida en la sensación que despierta su tacto. Su mano baja lenta por mi espalda y yo me río -siempre me río- y navego en una cúpula de aire azul donde se recortan unos limoneros florecidos. Él me aprieta y se adormece en el hueco de mi cuello. Siento su respiración hacerse rítmica y densa y cierro los ojos para aspirar su aroma, el calor de su cara pegada a mi pecho. Pero él se despierta y me dice algo, yo le contesto que sí y su boca se hunde entre mis labios y me dibuja anémonas de saliva que brotan de mis poros abiertos, se enredan en mi cintura de tierra fértil y crecen con lazos de ternura que me anudan a su cuerpo. Después mis piernas se trepan a las suyas y me duermo a través de la noche para llegar al día. Hace calor y despierto temprano. Me desnudo, me mojo debajo de la ducha y entrecierro los ojos para que no se me pierda su recuerdo por la rejilla de la bañera. Otra jornada me espera del otro lado de la puerta todavía.

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