martes, 18 de agosto de 2009

La noche que se hizo día

La noche giró sobre sí misma y abrió su vientre cuajado de luces repentinas. Después nos dormimos enredados, entremezclados, entretejidos y yo sentía tu profunda respiración a la par de la mía, tan cerca que no había espacio entre nosotros para que emergiera la luz que habíamos creado. Tus brazos me enlazaban como hiedras salvajes y volaban las sábanas en las olas del viento. Cuando sonó la alarma, te besé, lenta, la espalda y te dejé dormido. Te despertó más tarde el ruido de las tazas y yo que trajinaba todavía empapada por el dibujo de tu suave saliva debajo de mi cuello. Olió a café y a pan mientras reíamos con los hilos trazados del recuerdo y salimos besándonos por el largo pasillo. Durante el día estuvimos tan lejos como estaban los cuerpos mientras la sangre se buscaba por las calles, en las aceras, debajo de los cimientos, encima de la copa de los árboles.

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