domingo, 27 de septiembre de 2009

Baile

Quise quedar de ese lado del vidrio: tan exterior como me fuera posible.
No deseé dejar mi piel metida en ese baile; aunque, a decir verdad, me moría por bailar.
Pero las luces eran tan efímeras como bengalas en medio de una noche de noviembre: se encendían, estallaban y sólo quedaba la oscuridad total después de los agónicos chisporroteos del final.
Y pensar que yo había planchado mi vestido de gasa y lo imaginaba flotando en la fosforescencia de la noche, iluminado por una luna mórbida y pequeña, saturada de finos trozos de talco y miel.
Pero sonó la orquesta y la pista se abrió y yo, entonces, elegí:
de ese lado del vidrio se estaba mucho mejor.
Las mujeres que bailaban tenían gruesos muslos y una cintura ancha
y yo,
que soy mínima y liviana,
que adolesco de cierta brevedad,
que tengo una cintura para la que sobran las palmas y los dorsos,
que tengo brazos a los que se les aflora el hueso
y una muñeca que cabe en la vuelta de dos dedos,
yo no tenía demasiado que hacer ahí.
Ellas bailaban enredadas en cuerpos varoniles que nunca podrían lastimarlas,
y mi talle era casi como el de una copa de cristal y terminaba en un cuello que parecía morir de pura indecisión
A ellas la boca les ocupaba la cara,
a mí se me desbordaban ojos que se hacen verdes en la hora exacta del amor.
Del otro lado del espejo llovía suave y apenas
y mi vestido se mojaba pegado a mis caderas.
Todas bebían licores cristalinos y yo tomaba una botella de agua mineral.
Sin embargo, de ese lado del vidrio, hubo quien recordó mi voz ronca, la risa que me brota del centro de la carne, mis piernas largas, mi cuerpo que se enreda como una hiedra en medio de las sábanas, mi suavidad de felina imperfecta...
Y yo, que sólo tenía deseos de bailar, bailé.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Nada más bello que una mujer bailando.
Tú has de ser bellísima cuando bailas.
Abrazos cálidos madrileños
Antonio

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