viernes, 25 de septiembre de 2009

La sirena y el pez espada


Hablar es hablarse
Julio Cortázar, Los Reyes


En el fondo del mar, una sirena de escamas plateadas está sentada entre burbujas de oxígeno verde que la sostienen. Un pez le roza el cuerpo suave que sabe a sal. En el agua, ella mira hacia la tierra que, sedienta, desea y que se halla lejos, muy lejos. La tierra tiene plantas azules por donde corre la brisa entre los bosques europeos. La sirena huele a menta marina y a estrellas y en sus cabellos crespos se enredan madréporas y ostras blancas. Tiene ojos en los que alberga sueños ligeros e inestables. Un pez la ronda con sus burbujas de aire y ella le ha entregado el corazón. Se dejan estar suspendidos en alguna molécula de arena donde quedan escritas infinitas palabras en la playa. Por el largo camino de las sílabas, la sirena busca la boca que la llama y el pez la recibe en sus brazos mientras se sumergen en una taza de té vespertino con besos crepusculares y relatos de mieles de colores perfectos. Después en la vereda del palacio marino, el pez debe partir no sin antes dejarle a la sirena un último relato en el umbral: las abejas son gotas de oro que se alejan de la colmena para volver, siempre volver. Soy una Penélope marina que prefiere escribir.

Porque la resina que me trajiste del mar cuelga de la ventana de mi cuarto.
Porque los regalos son los momentos en que estamos juntos en la distancia.
Te quiero.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Quisiera ser un pez
para tocar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor
por donde quiera,
pasar la noche en vela,
mojado en tí
un pez...
Para bordar de corales tu cintura
y hacer siluetas de amor bajo la luna,
saciar esta locura...
mojado en ti...

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