sábado, 26 de septiembre de 2009

Penélope no sabe

En casa y la luna reflejada en los vidrios del patio entre las plantas.
La luz blanca y fría es casi líquida y cae sobre mi piel desnuda.
Necesito que me beses y dormir en tu abrazo.
Hace días que mi cuerpo te extraña
y no puede suplir con palabras la falta.
Los tiempos se desenvuelven con sus propios rumores y en el límite de sus posibilidades,
pero la piel tiene otro ritmo que no desea comprender de racionalidades puras y exactas y de aceptaciones civilizadas
y se debate entre el deseo incumplido y la sublimación.
Las macetas regadas no hacen más que traer un olor que acrecienta la distancia.
La realidad es una estructura que se agrieta y por las rendijas se filtra un licor espeso y traslúcidamente rojo.
Preferiría no hablar
-nunca más hablar de nada-
y dejarme estar en el mar profundo de las sensaciones donde me sé abandonar y colmar para volver a vaciarme y abandonarme y llenarme hasta el límite de mi propia carnalidad.
Estuve tan lejos en esta noche
tan distante de mí misma
tan rodeada de colores y aromas que no podían pertenecerme
que empecé a sentir los pasos de insectos pequeños sobre la línea delgada de mi cadera.
Sólo yo los veía trepar por mis piernas, anidar en mi cintura, deslizarse por mi nuca desnuda y buscar mis cabellos desparramados.
Eran otros días otros animales que se desbocaban en un sábado de madrugada mientras la gente que me rodeaba hablaba y yo estaba ajena, envuelta en mi deseo y mi necesidad.
Todo está detenido a la espera de la fiera que salta sobre mi cuello y me desangra.
Las abejas beben agua en mis clavículas y sabe a líquido de sol.
Mi cabeza conoce y acepta la espera femenina de Penélope
pero mi cuerpo extraña la sombra que lo cubre lo penetra lo completa.

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