lunes, 28 de septiembre de 2009

Puertos inefables

En Singapur, a esta hora, los perros ladran en las veredas desamparadas de la noche mientras los mendigos merodean las sobras que se acumulan en los puertos vacíos.
Todavía llueve en Rotterdam y los barcos no pueden zarpar porque la tormenta arrecia y levanta olas oscuras contra los murallones del Europort.
En Marsella las embarcaciones se sacuden solitarias y tristes.
Yo miro las luces encendidas como vientres en los puertos: lámparas azules y blancas sacudidas por el vendaval y me despido de todos otra vez.
¿O no es despedirse lo que debe hacerse en los puertos cuando se hace de noche y no hay más carga que descender de los buques desiertos?
Camino pateando una lata que hace ruido en la soledad deshabitada de los mismísimos puertos que son felices bajo la luz hinchada de las velas.
Que nadie diga nada porque todo está dicho desde siempre.
¿Para qué agregar más palabras a lo inefable?

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