jueves, 3 de septiembre de 2009

Roma


Cuando todos los caminos llevan a Roma, la cuestión es preguntarse entonces dónde queda la ciudad porque no se la ve en mil cuadras a la redonda. Yo me paseo como una bendita entre mercados somnolientos, y a mi paso crecen los laureles y los limoneros; pero de Roma ni noticias. Nada se sabe de su imperturbable cielo azul de esmalte y vidrio frío donde los pájaros vuelan dejando rojos y amarillos mosaicos bizantinos. Vos sos el habitante del aljibe, y desde allí mirás con tus ojos de agua fresca, y en el balde se cazan las estrellas de tus pupilas, mientras yo me duermo en un lecho de sábanas blancas que huelen a menta y a hierbabuena. Pero íbamos a Roma por una senda que daba vueltas hacia el mar, y nos atajaba Nápoles con su bahía en la que el sol se muere en el atardecer como un racimo de uvas fosforescentes que chisporrotean al hundirse en el agua. Escribo mejor cuando dejo de pensar en hallar la palabra precisa, y permito que ella llegue hasta mí como una muchacha nueva. Querría besarte los párpados en el Palatino cuando los jóvenes se retiren para decir la oración . Ni vos ni yo sabemos de secretos enterrados en un frasco de sal, y es una pena que el aire se llame aire y no Roma porque entonces sí, estaríamos siempre llegando a la ciudad eterna y a su isla Tiberina que parece un escenario teatral en medio del río cuando es invierno y el camino terminó. Ahora mismo pienso que me voy a dormir y vendrás a buscarme y se hará tarde en esta otra ciudad desde la que Roma se llama París y yo estoy sumergida en las cúpulas de la tristeza misérrima e infinita y no quise decirlo otra vez para no aburrir. Si todos fuéramos en peregrinación hacia la Piazza del Popolo estaríamos en otro sitio, bebiendo café americano con helado de limón. Hablame hasta que me duerma y nada más; antes de que yo me vaya y quién sabe si alguna tarde pueda regresar a ser la que fui. La cúpula azul con mosaiquitos se desintegra contra la arena y no queda nada, no queda nadie, excepto vos, yo y Roma para ir hacia allá y morir de ternura disuelta y soledad.

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