sábado, 5 de septiembre de 2009

Viajes y paisajes

Mi cuerpo viaja de un sitio a otro como si no tuviera un espacio donde estacionar su vapor azulado, mientras pienso en paisajes diferentes: he pasado de una geografía humana donde la cultura ha labrado cada centímetro a un paisaje donde no hay escritura siquiera visible; de las ciudades donde todo es inscripción de la historia de los hombres a desiertos y montañas y lagos y bosques donde el viento sopla como si nunca hubiera habido nada que desplazar que no fueran piedras, arenas, aguas y siglos que se amontonan al costado como tiempo consumido, desguazado, abrasado, incendiado. Allá llueve y siento los recuerdos de Voltaire cuando escribía Cándido en París, acá la tormenta arrecia con su aroma de tierra que se estremece sacudida. Nada es igual para mi cuerpo se desplaza y devora miles de kilómetros en cortos lapsos que podrían encerrarse en el parpadeo de una historia desolada. Pero mi corazón no se acostumbra a las distancias ni a los siglos pretéritos ni a los vientos helados del desierto que todo lo queman y desplazan. Se resiste a moverse de eso que denomina hogar y no son más que unas pocas paredes donde mora mi vida. Se rebela contra toda civilización y todo resabio de barbarie y desea meterse debajo de las mantas de mi cama blanca para que el mundo siga rotando de espacios y de tiempos. Sabe mi corazón que todo se sucede vertiginoso, cierra sus ojos de pobre corazón desprotegido siempre e imagina la luz amarilla de una casa muy tibia donde alguien escribe mientras otro cocina y se sonríe, una casa donde alguien lee mientras suena una llave en la cerradura y otro entra. Mi corazón suspira entristecido porque no sabe de casas ni de alguienes ni de otros, sólo de cuerpos que deambulan cambiando de paisajes sin poder afincarse y le dan infinitas ganas de echarse a llorar; pero, como siempre, no sabe bien dónde está.

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