martes, 27 de octubre de 2009

Desayuno en el puerto


Estamos signados por árboles que nos crecen como venas de savia en medio de la carne. Reverdecemos con los ojos limpios, pero llenos de historias. Aunque no necesitamos narrar somos buenos contadores de recuerdos y anécdotas. Nos gusta andar al sol y enredar nuestros cuerpos en la sombra cuando al doblar el día la piel arde. Olemos a atardecer en la orilla del río y a mediodía rebozante de palabras. Tomamos té en tazas diferentes que se amontonan y desbordan mientras oimos música, leemos o escribimos lo que nos ha quedado sin decir. Estamos nuevos, pero pulidos por el tiempo. Nos reímos a menudo porque sabemos que es la mejor manera de atravesar el mundo; pero tenemos los ojos abiertos y a la espera. Las pupilas se nos llenan de hojas verdes y los labios de besos que nos anudan, que nos apretan, que nos encieden. Somos más todavía que todos nuestros pasados a los que recurrimos cuando es preciso explicar el presente y aventurar el día subsiguiente. No nos importa el sitio de llegada sino el ir desplazándonos por los extensos territorios que dibujamos en mapas incorpóreos. Desayunamos juntos sin prisa y con urgencia. No es demasiado, pero alcanza.

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