sábado, 10 de octubre de 2009

El asesino

Él se desplaza por mis palabras. Fuerza mi concisón, me lanza al vacío apenas con un simple sustantivo como paracaídas, desnuda la falencia del discurso que me desborda, lo última con dos trazos, coloca en el paredón de la simpleza una pila de renglones innecesarios, acuchilla las blanduras de lo que se hace abusivo y estéril, planea sugerencias y asesina la redundancia propia de mi barroca boca. Propone un borbotón de barro, un alma incomprensible que se diga a sí misma desde el fondo del agua y una daga acerada para hacer contrapunto. Y medio de su furia homicida levanta los ojos y me mira. Estoy arrodillada a su costado, acuclillada junto al sillón en que él está sentado con mi libro en sus manos. Debo haberlo mirado con ojos desolados porque sonríe y disculpa sus disparos certeros en nombre del amor. Sólo suspiro: nunca antes me quisieron con tanta intensidad y me dejo caer. Y mientras él se ducha, comprendo cuánto guarda de mí lo que he escrito y deseo que las palabras no me hundan en el fondo, lejos de su claridad.

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