jueves, 1 de octubre de 2009

Enredadera feroz


Duermo todas las noches -todas las largas/todas las cortas noches- en los despojos de mi escritura.
Me deshago de las palabras como si fuera ropa para ingresar desnuda en el territorio donde me habita otra realidad en la que nadie queda excepto yo, de pie frente a mis húmedos fantasmas, frente a mis mórbidas fantasías atávicas.
Me deshago de todo lo que dije/lo que leí/lo que escribí/pensé
y quedo sola con mis deseos que son boca enormes, pero mudas;
que son ojos abiertos, pero ciegos;
que son manos ansiosas; pero muertas;
que son pieles suavísimas, pero solas;
que son lo que me sacude la sangre y el corazón y el cuerpo como si fuera un huracán de espinas y la carne se abre, se deja penetrar, se retuerce en medio del placer y del tormento, en medio de la angustia de no poder decir lo que debe ser dicho, en medio del castigo de ser sólo palabra, de estar, fatalmente, condenada a escribirlo; de saber que, en cuanto el párpado se despegue y la luz invada mi pupila contrayéndola, deberé recopilar los despojos y volver a vestirme y explicar argumentar narrar describir dialogar: ser esclava de todos mis decires y no tener ya más resguardo que las palabras que me condenan a una muerte segura cuando todos se callan y sólo lanzo yo mis frases como lanzas que regresan a hundirse en medio de mi cuerpo que no quiere dormirse, perdido como está en la oscura adicción de una lengua que sólo existe si sale de mi boca y se enreda en el borde de mi cama hasta cubrirlo todo como la enredadera feroz de mi conciencia.

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