jueves, 29 de octubre de 2009

Harún y el mar de las historias


Mi hijo ha sufrido mis embates de madre lectora compulsiva desde que tuvo edad suficiente para entender su lengua materna...¿seis meses? Le he leído todo lo que creí que merecía la pena ser oído por un niño comenzando por versiones de mitos griegos a la edad de dos años. "Jasón y los Argonautas" se había transformado, sumergidos como estábamos en aquellos años por las primeras secuelas de Batman, en "El guasón y los astronautas". Y la pobre criatura, cual si no le alcanzara y sobrara con la madre que le tocó en suerte, tuvo que atravesar amigos y amigas que le versionaban infantilmente los grandes tomos de la humanidad y así los indios ranqueles invitaban a Lucio V. Mansilla a tomarse un nesquick, Anna Karenina era la que tiraba la chancleta para irse a vivir la vida loca y demás... Leímos con devoción esa maravillosa historia de Bradbury en que Pipkin se enfrenta a la muerte y la vence llamada El árbol de las brujas y ese otro canto al descubrimiento del mundo, El vino del estío. El momento nocturno del cuento era un instante de pura felicidad en que mi voz se hacía íntima y arropada en el lecho infantil a la instancia de su pedido, "Léeme, mamá."; como si ,en vez de un libro, yo debiera transmitirle las palabras con que explicarlo cada noche.
Después, Pablo fue creciendo y la maternidad es aprender a desprenderse del que fue parte de nuestro cuerpo, es un poner distancia y transformar lo material en un entramado sutil de signos y de códigos. Así que él empezó a leerse para encontrar los términos que lo definirían otra vez. Un día, cuando estaba en cuarto año, tiró La Celestina sobre la mesa y dijo: "Este libro es incomprensible. Voy por la cuarta página y no entiendo nada." Recordé lo que Lida, Gilman y tantos otros se preguntaban sobre la dificultosa clasificación genérica del texto de Rojas y le propuse leerlo en voz alta entre los dos. Ese año no sólo atravesamos a Calixto y sus amores desgraciados con Melibea, sino que nos zampamos en voz alta el Quijote completo a raíz de tres capítulos cada uno. Su profesor de literatura española, por esas casualidades del destino, había sido el mismo que me había enseñado en los 70 a mí y, en el acto protocolar de fin de curso, le agradecí el regalo que, sin saberlo él, me había hecho: la palabra tendida como puente entre los seres humanos a los que la sangre liga de esa manera tan particular.
Allá por los noventa, Harún y el mar de las historias tuvo mi voz y así, leyéndole a Pablo sus aventuras en las noches de invierno, descubrí a Salman Rushdie y me enamoré perdidamente de él. Hace unos días le pregunté a Mariano, padre de tres hijos, algunos de los cuales aún ameritan una lectura oral, si les leía por las noches. Él, con tristeza sedimentada en sucesivas ausencias y viajes, explicó que esa había sido una dolorosa asignatura pendiente. Y entonces yo puse en sus manos a Rushdie y su mar. Quizá, como dice Pennac, amar sea, finalmente, hacer el don de nuestras preferencias a aquellos a quienes preferimos. Anoche, Camilo empezó a oír el relato de Harún de boca de su padre. Sé, por mi propia experiencia, que no alcanza con poner los libros al alcance de los ojos de nuestros hijos: es necesario acercárselos en el viento de nuestra voz; hacerles el maravilloso obsequio de la lectura nocturna y desinteresada que tiene el puente más fuerte, el que es porque sí. Lo que les damos a nuestros hijos cuando les leemos es un regalo que los va a acompañar por siempre jamás cuando nosotros no estemos y ellos nos invoquen en las memorias de su corazón.
Yo le di lo mejor que mi alma posee: las palabras; y Mariano acaba de regalarme un instante de clara perfección: su alegría nueva de padre lector. Ahora hay que hacer silencio porque otra lectura está a punto de comenzar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó.....como siempre, una vez más,me hacés llenar los ojos de lágrimas Pinasco.

Adriana

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