domingo, 18 de octubre de 2009

Juegos de amistad


Intento explicar lo inexplicable y me pregunto por qué debería hacerlo, por qué a ellas no les alcanza con mi silencio. Más acá o más allá ha surgido la diferencia: en algún punto del devenir que nos unía (y que seguramente seguirá haciéndolo) han cambiado las reglas del juego aunque las piezas sigan siendo las mismas pese a que tengan los bordes un poco recortados. Pienso en las palabras que no se dicen con obsesividad meridiana: necesito entender qué cosas han hecho de esto lo que sucede y las veo naufragar donde yo me dejo flotar sostenida por algas azules y precisos peces. ¿Y antes? ¿Por qué no acontecían así las cosas? ¿Qué ha cambiado en los relatos? ¿Es verdad que ya no cuento? ¿O dejé de hacerlo por sentir que carecía de auditorio dispuesto? ¿Es necesario un relato pormenorizado para compartir? ¿Relato de qué? ¿Cómo narrar lo que es aire, agua, tierra húmeda, fuego? ¿No alcanza con ver el brillo en la mirada y la urgencia en el latido para entender? Una y otra señalan la diferencia. La cuestión no es que exista -eso ya lo sabíamos- sino que haya sido verbalizada quitándome la sensación de la totalidad. El afecto es inalterable, dicen; pero, en realidad, nada lo es porque estamos sometidos a diario al torbellino de las mudanzas: imperceptibles a veces; violentas, otras. El afecto es una construcción hecha de lazos invisibles y como en toda tela son necesarios los huecos por donde pasa el aire que lo revuelve todo una y otra vez. ¿Qué hay esta vez que el viento parece huracán y amenaza con destrozar los cimientos de los muelles más frágiles? Hay miles de cosas de las cuales yo desearía no hablar porque no podemos decirlo todo, no podemos sentir lo que siente el otro, no entendemos la zozobra y la dicha en corazones que no sean el nuestro. Carezco de simplicidad, es cierto. Pero eso es un plus para mí y no una ventaja tranquilizadora. Me siento desgajada esta mañana y puesta en un vaso a echar raíces antes de ser transplantada. Lo que me sucede es tan abarcador como una tierra nueva donde crecer y poco importa quién venga a regarme. Lo que me sucede no es obra de nadie en particular: después de julio (que debería leerse en todos sus sentidos posibles) he mudado de piel. Tengo un pie en Buenos Aires y otro más allá de las costas del mar, más allá de mi cabeza que es otra desde entonces, más allá de mi corazón que late con otra densidad. La amistad es un juego en el que no hay reglas más que las que quedan implícitas al hablar. No estoy enojada, ni triste, ni desilusionada...sólo entiendo que el suelo es la base desde donde se empieza a volar.


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