martes, 20 de octubre de 2009

La sirena y el pez espada


Ayer me crecieron enredaderas de sirena en el pelo y la piel se me llenó de escamas de fósforo brillante. Vos eras un pez espada nadando en las aguas saladas de mis caderas; me bordeabas con tu lengua y tus palabras se derramaban mojadas entre mis piernas. En ese instante, me encerraste en tus ojos y yo supe cómo ve el mundo un pez espada: burbujas de oxígeno verde crecen entre algas ondulantes, otros peces pasan por las corrientes cálidas atravesados por rayos de luz yodada y el sol entra rasgando la espuma de las olas. Tus aletas tocaron mi piel estremecida por tus pupilas vespertinas mientras la sirena que yo era cantaba y los sonidos eran cristales blandos, perfectas emanaciones de vapores antiguos detenidos en el borde de mi boca nacida de sirena para besar a un pez espada. Después el vacío se llenó de risas, de gemidos, de pequeñas palabras apiladas como torres tambaleantes que ganaron el cielo. La cama fue una honda pecera de abrazos donde dormimos en conjunción.

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