domingo, 4 de octubre de 2009

Mi hermano marsellés


Pablo está en Marsella donde el otoño comienza a sacudir su capa de frío.
Yo estoy en Buenos Aires donde la primavera se empezó a sentir.
Allá, el año de trabajo se encamina.
Acá, está dando sus últimos pasos antes de desfallecer.
Él transita por calles de subida, come navettes que huelen a naranjas y hacia donde mire divisa la imagen dorada de Notre-Dame-de-la-Garde.
Yo transito por calles circulares, como yogur con frutos patágonicos y hacia donde miro veo el horizonte chato de esta ciudad.
Pero mi corazón tiene su nombre como si fuera un revés indeleble,
mi recuerdo se resguarda en su abrazo, en la ternura de sus palabras, en el hada y la pluma que él me dio
y lo extraño como una hermana mayor extraña a otro más pequeño: con pena, con nostalgia y pensando todo lo que siempre queda por decir.
Tengo mis raíces en esta tierra, pero mis ramas dan frutos a través de las aguas y yo no los puedo comer.

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