lunes, 19 de octubre de 2009

Noche de domingo

Hablamos en voz tan baja que el mundo silencioso de la noche puede oírse afuera; pero, entre nosotros, hay un hueco de luz, de vapor azul en el que nos reímos y brotan mariposas de colores de mis rodillas desnudas hasta tu nuca y dan tres vueltas antes de partir a perderse en la luna colgada del cielo lejano. Las pieles son fronteras inexactas erizadas de sudor y perlas amarillas donde el aire se desmaya de alegría y no hay más que abrazarse entre copas volcadas y cenas inacabadas que esperan en la mesa enfriándose y las palabras en el idioma cromosómico de los xy y los xx se resbalan hundidas en perfume de manos enhebradoras de texturas como si fueran cuentas de collares marinos. Yo soy una sirena en tus aletas de pez espada y tengo los cabellos enredados entre tus dedos que me llevan al borde de tu lúcida convocatoria y en tu cabeza me dejo estar para caer a tu corazón por el subibaja de tu cuerpo entregado a mi voracidad. Después me hablás y tu lengua -es decir tu lenguaje de hombre en medio de la noche- me abre un horizonte de sutiles perfecciones donde descanso para atravesar lo poco que queda del silencio nocturno. Otro será el borde de la hora cuando se llene de frases inconexas; mientras tanto ando por orillas de luces masculinas donde anido.

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