sábado, 10 de octubre de 2009

Pánico en la madrugada

A la noche,
en medio de la oscuridad que es una boca abierta,
lo escucho respirar.
Él me tiene enredada en sus brazos, cruza su pierna sobre mi cintura desnuda y duerme manso y feliz.
Seguramente su pánico se ha atemperado porque lo pudo decir.
Yo, en cambio, siento crecer el monstruo larvado en mi interior.
Tengo la vertiginosa sensación de la extranjeridad
y la nuca se me puebla de voces salvajes que me dicen que me levante, que me vaya, que huya en la madrugada.
Cuento hasta diez y trato de acompasar a la suya mi propia respiración.
Aprieto los párpados para no ver las paredes que desconozco,
la cama que no es mía,
ese cuerpo que se pega a mí.
Siento en mi piel su temperatura y su olor,
el ritmo de su sangre refluyendo,
sus líquidos flotando todavía en mi interior.
Oigo los ruidos que cada casa tiene y que me llaman en un lenguaje que no puedo ni siquiera entender.
Trato de invocar los talismanes del sueño para que llegue, para que nuble toda conciencia, para que cese el miedo y desaparezca la prisa por pensar.
Siento la presión de los barros primitivos, el atavismo de la miseria, el huracán que se desata antes de abrir el cuerpo original, los fantasmas de la pertenecia y el terror.
Me suben hormigas negras por la garganta y se resbalan como piedras en medio de mi vientre que su pierna me oprime.
Necesito gritar para que salga el miedo a lo que podría pasar si reconozco la destinación en sus manos, su carne como un faro en el mundo, su palabra llena de claridad.
No hay nada que temer me digo como si fuera un mantra: ni su casa, ni el cepillo de dientes amarillo que me dio ni su escritura en el borde de mi texto ni su cuerpo invadiéndome ni sus manos sujetándome ni su deseo ni el mío.
No puedo descansar.
Es todo tan real que me produce un vértigo incomprensible que lo torna único y particular.
Quizá sea esta vez pienso ahora mientras la lluvia moja los vidrios de la noche y puedo recordar que, en medio de los cuchillos, desoí los alaridos de la que siempre arma valijas y me quedé para bañarlo en el agua de mis suspiros y despertar por la mañana junto a él.

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