domingo, 25 de octubre de 2009

Tarde de Costanera

Caminamos al sol. Muchas horas. El río se oía a nuestra derecha y los pájaros corrían delante. A un lado y al otro del camino, las retamas y unas diminutas flores blancas perfumaban el aire de un octubre primaveral. Nos detuvimos en una playa y revolvimos piedras hasta dar con un huevo de dinosaurio perfecto, redondo, moteado. Hablamos de tragedias griegas y familiares, de hijos (y de la carencia lamentable de hijas), hablamos de la batalla de Normandía y nos agradecimos el paseo al que llamaste nuestro. (Tengo una absoluta imposibilidad para el plural de la primera persona...es inútil). Tomamos agua mineral y comimos maíz inflado. Finalmente aceptaste muchas de mis pastillas de menta y las comimos triturándolas con los dientes mientras la ciudad iba anocheciéndose con el sol caído del domingo. Después el remanso se hizo un ovillo y se envolvió a sí mismo para perlarse de perfección: la mejor, la del momento que resplandece en su instantaneidad y acaba como las buenas cosas. Supe que te elegía y te quería: todo a la misma vez y en el mismo segundo. Tuve ganas de besarte y ponerme a llorar entre tus brazos de pura felicidad nomás.

1 comentario:

Lucía Elisavetsky Campos dijo...

Sos tan lindaaa! Cómo te quiero, Jujuli. Andá pensando a dónde vamos a ir pasear cuando vaya. :)

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