sábado, 7 de noviembre de 2009

Una relación profunda

Las palabras tejen redes por las que me deslizo con un nudo en la garganta y un temblor en el cuerpo. Detrás de una ventana aguardan los verbos sutiles de la esperanza. Jamás he ambicionado tantos signos que me llenan de preguntas la inestable comprensión de la carne. No hay otra cosa: pasar de la piel a la voz y de los significados a descubrir a los cuerpos que se rozan como otro significante más. A veces creo que podría enloquecer de desesperación que es como haber perdido la esperanza y reencontrarla sin poder alcanzarla. Ahí está, pero no poseo los verbos que me podrían ayudar a crear un cosmos en el que todo gire sin rozarse siquiera pero compenetrándose cada segundo un poco más. Tengo dificultades insondables: sé acariciar, pero no colocar la pasta dentífrica en el cepillo del que entra al baño después que yo. Mis abluciones matinales son signos solitarios que estoy imposibilitada de modificar y, cuando estoy sola ante ese cepillo con su crema, sé que sólo tengo palabras para pasar a la dimensión de las almas que se miran a través de los cristales y reconocen, en la diferencia complementaria de los cuerpos, lo que tenían de semejantes. Quizá si hubiera descubierto que tras las nucas rectas de los hombres se ocultaba un conocimiento que yo tendría que haber sabido aprovechar, la vida se habría desplegado con evidente intensidad para mí. Pero fui educada en la perversidad de la enemistad, en la batalla sorda que mi madre entabló con mi padre extendiéndola al resto de la masculinidad. Tarde he llegado adonde debería haber estado hace tiempo: al conocimiento de que hay tantas historias que contar en un lenguaje que intento decodificar y ya no sé si hablo sola como los locos en la orilla del mar o es que esta marea de preguntas que me asalta procede de otra boca que me roza susurrándome en el oído que vale la pena otro género de palabra, otra pluralidad. Querría tener la sabiduría de colocar dentífrico sobre un cepillo, de comprender cómo entendés el mundo y escucharte dejando que tus palabras abran vergeles secretos para mí. Tu boca desenrolla mapas de territorios que me estaban vedados desde mi propia voluntad y me asusto como el viajero que debe dar el paso que lo interne en la selva de la que quizá nunca pueda regresar.

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