martes, 8 de diciembre de 2009

Felicidades varias

Mariano me habla de ratones a los que habría que probar dormidos por no sé qué cosa de la corteza cerebral que no alcanzo a comprender y yo le explico de reorganizaciones del paradigma didáctico que debo modificar; mientras él pela mani y yo sumerjo unos filetes de atún en tanto limón que es un atentado a las papilas. Nos reímos y a mí me gustan sus juegos de palabras, el festín inacabable de neologismos con que me bordea y seduce y el abuso intempestivo de sus superlativos aplicados en normas alejadas de academias reales y fantasiosas. Me ayuda a extender el mantel de la abuela, abre la botella de vino, hablamos de los antepasados, de schules, del novio que fue dejado por tener zapatos desagradables en la infancia, de los nombres, de los duraznos cordobeses que eran la idea platónica del durazno que nunca fue copia ni remedo, de todo y nada y más. Después nos acostamos porque es tarde y las nadas se agotan en su espuma. Nuestras pieles se rozan, se apoyan, se estremecen; pero nos va ganando el cansancio del mundo y nos dormimos abrazados como le gusta a él, como yo quiero. Pasan las horas en la penumbra del cuarto y, entre sueños, nos despertamos para amarnos con el deseo onírico del cuerpo que no duerme. Luego llega un remanso en que caigo en el pozo azul de mi descanso envuelta por sus brazos y envolviéndolo a través de mi breve materia. Al alba nos despertamos y salto de la cama: doy de comer al gato, pongo té en las tazas, tuesto pan de centeno y el día empieza a despertarse de a poquito, tímido y temeroso: uno más en que andaremos pensándonos a veces. Cuando Mariano sale, lo miro sonreírme desde la calle con su mejor cara: una porción grande de felicidad, dice él. Yo pienso que entonces era así y entro a casa en plena asunción de mi alegría.

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