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Mostrando entradas de 2010

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Si tengo que elegir un sólo momento de este 2010 que ya está por terminar, me quedo con aquella siesta que dormimos juntos el 10 de enero mientras llovía como si nunca fuera a acampar.

Pronto hará un año que te moriste, Mariano Levin
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Los libros

Yo, que no tuve una madre de cuento, tuve libros. Muchos. De tapas de colores e imágenes incandescentes, de letras negras que abrían laberintos en mi cuarto de niña donde me perdía para huir al desamor de esa mujer que me sentaba todos los viernes en una ancha mesa blanca para indicarme uno a uno todos mis desaciertos y mis penurias. De historias enredadas, de rimas divertidas, de caballeros valerosos que no eran azules sino rojos, de princesas que deseaban husos, esferas de cristal, nidos de golondrinas y al final siempre los conseguían. Yo, que no tuve esa madre que todos necesitan, tuve libros y aprendí que, en los libros, la vida se desenrolla cada vez que una pasa las hojas, que los libros nos dicen cada día lo que necesitamos que nos digan, que en los libros se aprende lo que es y lo que puede ser cuando nos empeñamos en que sea, que los libros pueden guardarse en el mínimo espacio de un bolso y vienen con nosotros al sitio donde queramos ir con ellos, que quedan en nuestra mem…

Mariano Levin: Baile

Hace un año, sólo un año, a esta misma hora bailábamos abrazados a la luz de la luna, y llovía a la madrugada mientras yo caminaba con mis tacos altísimos en la mano y vos te reías. El tiempo es una marca subjetiva que nos enlaza y anuda. No ha muerto nadie en mi memoria y yo continúo viviendo para que tus deseos abran mi vida. El amor es la única puerta que la Muerte mira desde afuera. Yo sigo amándote como si fuera 27 de febrero todavía.

Los ojos de Federico

De Fede para mí, de mí para él.Dijo Fede: "Alfredo Zitarrosa dijo: nunca pensé que existía una mujer con los ojos así. Sabés lo que significa la mirada entre nosotros dos. Estuvimos cinco años mirándonos, entre almas destrozadas por el sueño. Y aprendí que tu mirada es una caricia, por donde demostrás cariño, confianza, comprensión y apoyo. Enseñás que siempre hay salir para adelante, como ahora, que si se quiere todo se puede; que el amor está por sobre todas las cosas. A su vez, podés exigir respeto; pero lo más importante es que nos enseñás a respetarnos a nosotros mismos, nuestras ideas y opiniones. Nos enseñás que los valores tienen que verse reflejados en cada conducta.Nos exigís esfuerzo, pero no por la literatura, ni siquiera por vos; nos exigís a nosotros que lleguemos a nuestro máximo. A través de los ojos, dicen, que se puede ver el alma. Yo en vos veo a una maravillosa persona. Y todo esto que ves no es más ni menos que lo que nos enseñaste. Cuando un profesor e…

Pintar

Ahora dibujo y la palabra se transforma en un telón de fondo que transcurre, que se hilvana, que se deshace entre puntadas de colores y pienso en los dolores como gotas de luz en la punta de mis lápices y el agua se va yendo, limpiando la mañana donde no queda nada que pudiera dolerme demasiado, excepto vos. Pero trato de hacerte un sitio a mi costado para que veas lo que pinto y te pongas contento.

Muerto el perro no se acabó la rabia

El día jueves 9 de diciembre he sido despedida de uno de mis trabajos después de 14 años de desempeño impecable sin que haya mediado controversia, conflicto o discusión. Ese día creí que mi alma se rompía y no tenía remedio en un año donde sólo he vivido pérdidas y dolores, algunos irreparables.
Pero desde el mismo momento en que fui despedida, mis alumnos -todos, los de ahora y los de estos catorce años- me abrazaron, me protegieron y defendieron con una lealtad y una entrega que me conmueve y me llena de orgullo. Sí, algo debo haber hecho, seguramente. Algo que que merecía esta conclusión y, si hubieran sido otros años, cosas peores.
Los chicos -esos adolescentes que creemos apáticos y desganados; esos jóvenes adultos a los que nada parace conmover- están comprometidos con su vida, con sus derechos y si algo aporté en que eso se hiciera carne, me siento satisfecha.
Lo demás, (los patios, las aulas, los pasillos...) van y vienen; pero la llama de la conciencia y del corazón permanece …

Jueves de lluvia en Florida

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a todos y cada uno de mis alumnos

Las nubes se amontonaron en un rincón del día .
Se acumuló negrura tempestiva y el aire se llenó de olor a oxígeno.
Levanté los ojos del libro que leía y aspiré la novedad del perfume.
Una paloma entraba y salía del aula;
y, a lo lejos, se oían los chicos cruzando el patio bajo la lluvia.
Las gotas eran anchas, gordas, repletas;
y se desarmaban sobre las baldosas calientes de diciembre.
Se mojaba la tierra en la quinta cercana,
y la bandera flameaba contra la torre de Nuestra Señora.
Ahora pienso que perdí tantas cosas:
mi catedral gótica personal como un dedo entre los techos de Florida;
las clases de barroco que no alcancé a dar;
mi entusiasmo quijotesco por los libros;
mis talismanes -los que otra vez deben venir en mi auxilio para que no crezca la pena;
mis oraciones interminables y mi deseo de despertar conciencias;
mi distancia afectuosa pese a todo;
mi solidaridad a ultranza.
Es otra crisis,
la mutación de la tierra reseca que se humedece y esp…

Mundo azul: El curioso regalo de Ana

Mariano Levin: Hay algo

Hay algo de ternura que se anuda
algo de viento que sacude los árboles
algo de agua que me moja los brazos.
Hay algo de silencio
en donde habitan tus ojos y tu risa
en donde habla la voz de tus recuerdos.
Hay algo de pesar
que me acomete siempre que pienso
que repaso los días que se fueron
y sigo, pese a todo lo que siento.
Hay algo que te nombra
que echa sus raíces en mi carne
que corona de alas mi mirada
que navega mi sangre.
Hay algo que no muere,
hay algo que te llama,
hay algo.

Mariano Levin: La Tablada

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Caminé por la calle de piedritas y el sol era una roca bajo el cielo. Apenas seguí el dedo del empleado que me señaló el camino cuando, apenas, susurré tu apellido. Como hace nueve meses volví al mismo sitio y te busqué entre los montoncitos de restos para decirte que la vida que sigue está vacía, pese a todos los esfuerzos que hago por llenarla de palabras, de colores, de abrazos. Y me quedé un rato mirando el sitio donde estabas durmiendo y el suelo se llenaba de lágrimas que te mojaron despacio. Y sé que las bebiste debajo de la tierra y el corazón se hinchó de palabras no dichas, de secretos guardados. Yo volveré, Mariano, para que no te quedes solo en ese cementerio alejado del mundo.

Última tarde de noviembre

Querría que me escucharas porque los pajaritos comen las migas que le dabas.
Querría que miraras el fondo cristalino de mis ojos.
Querría que rozaras mi boca con tus propias palabras.
Y me dijeras
cómo te borro del curso de los días
cómo te saco del rito cotidiano de mi vida
cómo te desalojo del borde de mi cama
y te hago recuerdo: liviano, volador, acariciante.
Y me dijeras
cómo hizo la muerte con su paradojal sonrisa
para dejarme sola
y con todo el amor que antes sosteníamos.
Querría que estuvieras en el verano que empieza a estrenarse
y es de una soledad que me atormenta
que me clava la sangre
y no sé a quién decirle que vuelvas de tu muerte a consolarme
a darme el corazón que te llevaste
y llueve sobre tu tumba en la última tarde de noviembre.

Encuentro: a Mariano Levin

La muerte de las bestias

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Murió. Todos algún día deberemos hacerlo. Murió sin darse cuenta de lo que le estaba sucediendo, inconciencia que no supo permitir a sus víctimas cada vez que ordenó que sus cuerpitos fueran lacerados, que sus hijitos fueran regalados, que sus viditas fueran arrojadas y sus almas nadaran entre las aguas mojadas de los ríos para alcanzar el cielo con sus alas. Murió en una cama blanda, con sábanas inmaculadas y médicos que trajinaron a su vera en un intento por salvarle eso que, en todos los humanos, denominamos vida y en él habrá sido un conjunto de sangre y carne y oxígeno enfervorizadamente turbios. Murió y habrá habido miles de bocas (treinta mil para no andar con aproximaciones) golpeando a la puerta de donde vive Dios para decirle que no, que no le concediera la gracia de la ausencia, que lo curara, que lo dejara vivo y lúcido para enfrentar el juicio de los hombres que lo llevara a una celda y entonces sí hacer lo que la muerte hace con todos los humanos: borrarlos de un plumaz…

Viaje

No comprendo, ni intento.
Hay aire alrededor y se satura de oxígeno mojado.
Se perpetúa una perfecta sombra que sabe a mar, a verano, a meseta desnuda.
Y voy por las orillas de los días buscando el agua que me falta, los árboles que quedaron hablando, la admiración de todo lo que ha sido en los ojos perdidos para siempre.
La nostalgia es una nave honda y he emprendido un viaje.

Mariano Levin: Día de todos los muertos

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Vengo a golpear la tierra que te cubre con todos los pajaritos que criabas en tus miguitas y que ahora duermen en el hueco profundo de mi mano. Vengo a decirte que te levantes y me mires bailar con mi vestido blanco mientras el sol se llena de plumas, de canciones, de besos, de palabras. Te traigo mi recuerdo envuelto en un papel de seda, con un moño, para que vos, con tus dedos de hueso, lo rompas; así tenemos suerte y entre tu carne ausente y mi cuerpo que late se desparrama el aire de la fiesta, y el amor que está vivo más allá de tu muerte, tu insólito y estúpido obituario: "A los 58 años, por una leucemia que no comunicó ni a sus amigos más íntimos, murió el científico Mariano Levin." Y se quedaron tu risa afuera de semejante frase, tus manos sobre mi corazón dolido, todo lo que teníamos de luz entre nosotros todavía. Y ahora te arrimo el dulce que comías hecho de suaves pelusas de albaricoque tierno para que sepas que hay un cuarto que es tuyo, una caricia que a nadie …

Las manos de Cristina

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Hubo algo de gesto trágico en esa mirada alta y en esas manos que fregaban el féretro para darle el brillo que ya tenía. "Es tu gente", parecían querer decirle al hombre que durante treinta y cinco años había sido el que entibiaba su costado en la cama, el que ahora le había sido brutalmente arrancado como cae la hiedra cuando se la quita del muro que la ampara. Frente a sus ojos empañados de lágrimas, sin que un solo movimientos delatara la hondura de su pena, desfilaba el otro protagonista de la tragedia: el coro. Esta vez eran hombres, mujeres, ancianos, niños, jóvenes -de a mares los muchachos, los que llevan la posta, los que tienen la bandera en la sangre, los entusiastas, los únicos, los nuevos. Y ella frotaba el ataúd para que él lo sintiera; para que, desde ese sitio impreciso donde el amor nos coloca a los muertos, escuchara esos gritos; a ver si con la euforia revivía y, quizá, la abrazaba. Pero los muertos son empecinados y no suelen levantarlos las manos amor…

El pueblo peronista

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A Néstor, lo voté en el 2003 sólo para que no ganara el otro. No la voté a Cristina en el 2007 .
Ayer a la tarde tuve miedos diferentes, sentí cosas dispares que fueron desde la rabia por las palabras de quienes ya se relamían de la supuesta fragilidad de la condición femenina, que siempre parece necesitar de tutores masculinos para resistir; al miedo por fantasmas viejos vestidos de verde militar aunque lleven traje.
A la noche fui a la Plaza, junto al pueblo peronista -al no que no pertenezco- como otras veces en que estuve a su lado con una emoción que me nace en las entrañas y me sube a la garganta sin que yo pueda explicar qué es. Y el miedo se me fue cuando mi cuerpo se mezcló con esa masa compacta en la que apenas había espacios por donde transitar. Ese pueblo eran personas encuadradas bajo una bandera; eran personas sueltas; eran rubios, morochos, castaños, pelirrojos, altos, bajos, gordos, flacos; estaban vestidos con ropa de marca o en camiseta; eran padres, abuelos y niños…

Cristina

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Nunca creí que iba a escribirte a vos.
Admiro tu capacidad discursiva y las cosas que hiciste contra viento y marea; sobre todo porque sos mujer y se sabe que siempre nos la hacen más difícil.
Pero más allá de esto, que poco importa en estas circunstancias, sos, ahora, una mina a la que se le acaba de morir el compañero. La muerte de un hombre amado es una horrible circunstancia: al principio una siente que es el otro quien ha muerto; después te das cuenta de que hay una parte tuya que se ha ido y no regresará jamás y entonces las sombras se ciernen en el corazón. No hay dimensión más honda y más desamparada que esa. Todos te dicen que tengas fuerzas y vos los mirás porque no entienden un carajo qué le pasa a tu pobre corazón desguarnecido. ¿Fuerza para qué si el otro se ha ido? Pero la vida sigue, se impone, se adueña de las horas y la memoria queda como un espacio de resguardo para refugiarse cuando la cama se hace ancha y las mañanas, tardes y noches tristes.
Ojalá puedas, ojalá sep…

Comparaciones

La distancia que media es apenas diminuta y pasa en mi cerebro.
No hay otra cosa afuera que químicas diversas y telares que tejen dibujos sorpresivos.
Me recuesto en el aire que pudiera tenerme para que caiga una lluvia de manos y recuerdos que me moje el centro impreciso del cuerpo, esa médula ósea que podía albergar sorpresivas sustancias y sólo dio otra muerte -enrollada como una serpentina de pinchazos-.
Después abro los ojos y veo lo que pasa: una voz que me nombra, unos ojos -azules- que me observan, una boca que me habla.
No sé cómo se sigue por la vida, pero se sigue.
La voluntad es una fuerza misteriosa, agazapada, honda.
A veces no querría recordarte, pero te nombro y tu nombre es un árbol que me ofrece dos sombras y me atormenta el tiempo con sus ráfagas claras sobre mi piel mojada.
Guardaré las palomas en un frasco de vidrio y saldré a la vereda a ver cómo el invierno se vuelve primavera.

El muelle

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Supe lo de su padre y, cuando la vi en el muelle, con la mirada perdida y la canasta sobre la falda, esperando la lancha, no pude menos que acercarme, colocarle una mano, liviana pero contenedora, en el hombro y decirle:
-Me enteré de que su papá está grave. Lo siento mucho.
Ella levantó unos ojos dolidos y suspiró:
-Y el perro. El perro también.
No comprendí sino al rato. Me senté en el banco, a su lado, y la vi llevarse a los ojos varias veces un pañuelito blanco que ocultaba en su mano izquierda. No sollozaba, - a nuestro alrededor, el silencio del delta era casi sólido- pero las lágrimas caían por sus mejillas sin que pudiera detenerlas con ningún otro gesto que el del pañuelito discreto cada tanto.
Cuando la lancha llegó, me saludó con un leve movimiento de cabeza y la miré subir para sentarse en un asiento vacío junto al conductor.
Después de eso, volví a encontrarla un par de veces más, menuda y cabizbaja.
-¿Y su papá?
-Sigue mal. -repondió con los mismos ojos acuosos para que…

Conversaciones en la madrugada

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Hablar es cavar en la tierra hasta llegar a un hueco muy profundo donde la luz se vuelve sólida y hay que nadar buscando las palabras para sembrarlas y que crezcan estrellas en la boca. El alma se desgaja como una piel desnuda para que broten yemas verdes, botones de flores anudadas y pájaros de alas desatadas. Somos todo raíces y buscamos el centro de un misterio.

Gesto caligráfico

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Gesto caligráfico

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Gesto caligráfico

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Gesto caligráfico

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Amanecer de una semana de premios incomprensibles

Me desperté a las tres de la mañana pensando que eran las seis. Hice mate, le escribí a mi hermano y prendí la tele para ver la temperatura. Cuando vi las tres, me dije "Qué boludos, tienen mal la hora" (Admitir la propia responsabilidad jamás... La culpa es siempre de los otros.) Tomé mate, cargué música en el celular y me dije: "Qué oscuro está." Miré la hora en el teléfono y vi que eran 3:25. Me fui a leer a la cama un rato. Me dormí pensando que no me gustaba ni cinco que Vargas llosa se hubiera ganado el Nobel (¿Cuándo para Gelman, eh?) y soñé que compraba tres potes de yogur griego y me los comía en una estación de tren. Me despierté a las seis para oír que el de la paz se lo dieron a un chino. Estos suecos están muy muy mal. Por eso tienen tan alto porcentaje de suicidios...

Querer

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Quiero tener la limpidez del arroyo que pasa entre las piedras sin preguntarse cómo debe hacer para sonar. Quiero tener la paciencia de la semilla que revienta de humedad para abrirse en verdor y se abandona en la convicción de la planta que será, pero aún desconoce. Quiero tener la serenidad del pájaro que cada otoño emprende el regreso por un ruta que no figura en ninguna carta más que en su mirada. Quiero tener la hondura de un cántaro que junta agua y la perfuma con su vientre de arcilla para apagar la sed. Quiero tener la belleza de una mariposa que no piensa qué color de alas la refleja más. Quiero ser la misma que fui ayer con todo lo que sé hoy y poder abrir las puertas entrecerradas de mi corazón. Del otro lado del día está el sol que me entibia los brazos y me propongo empezar a cantar.

Apenas

Una pequeña línea.
Un color diminuto.
Una efímera pincelada.
Un punto imperceptible.
Un matiz instantáneo.
Después, todo vuelve a la normalidad.

Mañana de sol

Alejada de las palabras que me buscan para morderme los talones, deambulo en la emoción que escapa a las denotaciones y se sumerge plena en el océano connotativo de las dudas, los desasosiegos, las alegrías. A veces me detengo en el agua de los recuerdos que me mecen, pero el pasado es una cubeta de cristal que llevo en mis espaldas. Hacia adelante hay una mañana de sol y es toda mía.

Algún día

Algún día entornaré la puerta y te veré a trasluz y escucharás mi voz que dirá otras cosas y me dirás -bajito, como dicen los muertos- que ya era hora.
Algún día apoyaré las manos sobre otras superficies y sentiré la piel tiritar bajo la lluvia que me moja y me dirás -bajito, como dicen los muertos- que te olvide porque ya sabes que eso es imposible.
Algún día cerraré la humedad de mis ojos y volverán a crecer semillas en mi vientre y me dirás -bajito, como dicen los muertos- que el mundo se deshace si no se abre la boca para decir que es necesario estar en vida cada día, estar de pie cada mañana, tensar las piernas, la espalda, los largos brazos que parecen dos alas y volar hacia un cielo sin sombras a pura luz en medio de los días que se mojan de lágrimas, de risas, de recuerdos.
Algún día abriré tu cajita y saltará el perfume que tenía tu risa y podré cobijarte en medio de mis brazos y contarte cómo sigue la historia, por dónde me llevaron mis pasos, que hice de la dicha que me d…

Rojo

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Hay que limpiar los senderos.
Una no puede quedarse durmiendo en los recodos donde se está tan quietamente segura.
Afuera un auto pasa y su estela roja queda suspendida unos segundos en el aire.
Me miro las manos y empiezo a reconocerlas como mías.
He subido los siete escalones de la sabiduría y cada vez sé menos de lo que creía saber cuando estaba abajo.
Sé que los muertos se murieron.
Sé que los vivos queremos morirnos junto a ellos.
Sé que entendemos que es una parte nuestra la que ha muerto.
Sé que hay otros fragmentos que continúan vivos.
Sé que nada termina y todo sigue su curso lentamente.
Sé que el duelo puede ser un refugio redondo donde nada alcanza a rozarme.
Sé que el auto pasó y su estela me golpea en el rostro y su aroma de acero me estremece el olfato y arriba el sol se refleja en sus vidrios.
Y me pregunto cómo ha sido posible -qué otra cosa debería pensar en estas circunstancias-
La tercera persona para asumir que hace ya siete meses que la vida era otra y que ahora …

Película

Si en vez de haberte muerto, nos hubierámos gritado hasta el agotamiento y yo hubiera dado un portazo que todavía conmoviera los cimientos de los días, todo sería ahora más claro: lo llamaríamos revancha y nada más. Pero tuviste la genial ocurrencia de perderte para siempre y lo último que me dijiste fue tu risa -tu única y cristalina risa- y algo de una deuda sin saldar que yo tenía con tu cromosoma Y. Andá, te dije, y llamame cuando salgas así mis XX te pagan como saben pagar. Pero nunca me volviste a llamar. Y cuando yo te fui a buscar, dormías en esa blanca habitación helada de un canicular febrero que sólo tenía prisa por terminar. Todo es parte de una película que hace esfuerzos por continuar y aunque he apagado la pantalla, ella insiste en volver a titilar.

Inscripciones

Los inevitables jirones que el viento mueve todavía, y el aire se desagaja en los recodos de los paisajes en los que apenas me atrevo a caminar. Yo dije que decíamos algunas cosas -todas sin trascendencia- que se morían en unas tazas de té mientras la noche iba cuajando su superficie de estrellas diminutas. Ahora escribo y los pájaros arrastran el amananecer como una sábana limpia detrás de mi ventana. Querría tirarme a descansar en silencio, pero los abejorros de mis recuerdos zumban en el espacio que dejan mis orejas y allí hacen un nido tibio donde empollan un pasado que todavía era ayer. Mi cuerpo está inscripto con un tatuaje indeleble donde soplan las rápidas ráfagas del mar. Y nada más.

Verde

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De todos los colores hoy elijo el verde.
Porque sí.
Porque aflora el oxígeno de la sabia nueva y el agua borra la pena.
Porque el horizonte no tiene ni fronteras allá.
Porque mi vestido verde cuelga en una percha donde el sol se demora para hacerlo brillar.
Y todo porque sí.

Cuestiones

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¿Dónde, en qué libro, en qué hoja ajada por el tiempo está escrito el lapso exacto de los duelos, la proporción directa entre los bellos días y el tiempo en que debe lamentarse una partida? ¿Cuál es el metro patrón que dictamina que la cicatriz se abre, se cierra y se supera? ¿Cuál es el tiempo en que los velos negros deben caer o ser llevados por una brisa fresca? ¿Quién puede decir si este es el día, la hora, el minuto en que la sangre se limpia y no es traición ni olvido ni siquiera angustia? ¿Quién sabe en qué consiste la extensa pena de la muerte que nos sucede a los que nos quedamos y vimos morir los nombres que teníamos, los secretos a medias murmurados, los lugares vividos, las caricias sentidas? ¿Quién recuerda - si no yo- las hojas de los tilos que caían sobre los desayunos, las palabras pausadas, las risas de domingos? ¿Hay otro sitio donde eso perdure que no sea la memoria que guardo? ¿Hay otro sitio adonde esté ese tiempo, larvado pero muerto? ¿Quién puede decir cómo si…

Los árboles del recuerdo

De pronto los árboles son largos gigantes que rozan con facilidad el cielo y yo los miro desde abajo. Mi corazón bombea sangre roja y me disuelvo en las horas que pasan junto a las nubes que se enredan en las ramas. Hay días, como estos, en que no sé de qué sustancia están hechos mis recuerdos: algo de piedra, de viento, de olas congeladas y el tiempo que no se lleva nunca nada. Vos me mirás desde la orilla de tu muerte que fue aquí nomás.

Anécdota escolar XCII: Cuando Martín Lutero tuvo un sueño

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Profesora: Vamos a ubicarnos en el contexto histórico del siglo XVII para poder empezar con el Barroco. El mapa del predominio europeo cambia: la Armada invencible de Felipe II es derrotada, España pierde el dominio de los mares y el Imperio donde no se ponía el sol comienza a mostrar sus grietas. ¿Recuerdan el personaje del escudero del Lazarillo? Así vive la nobleza española su propia decadencia. Además los Habsburgo, como casa reinante, muestra sus peores frutos: Carlos II, Felipe IV... ¿Alguien sabe qué pasa con la religión en toda Europa?
Alumnos: ...
Profesora: ¿Reforma? ¿Contrarreforma?
Alumnos: ...
Profesora: ¿Pueden decirme quiénes eran los protestantes?
Alumnos: ...
Profesora: ¿Saben quién fue Lutero?
Alumnos: ...
Profesora: Vamos, chicos, Martín Lutero. ¿No saben quién fue Martín Lutero?
Alumno 1: (Desde el fondo) Ah, ese sí...un norteamericano fue. Martin Luther King. Uno que decía algo sobre un sueño.

Anécdota escolar XCI: En una evaluación de sintaxis

Profesora: (Mira al alumno que tiene el ceño fruncido ante la hoja.) Te veo cara de sufrimiento.
Alumno 1: Y sí...ni te imaginás cuánto estoy sufriendo.
Profesora: Se te nota, se te nota.
Alumna 2: ¿Y yo? ¿No ves también mi cara? ¿A mí no me decís? Yo estoy sufriendo con esto.
Alumno1: ¡Callate la boca, piba, estamos hablando de mi sufrimiento!

(Al rato.)
Alumno 1: ¿Viste eso que dijiste el otro día?
Profesora: ¿Qué cosa?
Alumno 1: Ese consejo.
Profesora: ¿Qué consejo?
Alumno1: Ese de que uno tiene que predisponerse bien porque así ya tiene el 50% de la evaluación hecha.
Profesora: Sí.
Alumno: Bueno, quiero decirte que tu consejo no sirve para nada. (Risas generales)

Pensar

Pienso en vos
y en el huevo de luz en que nuestro amor se deslizaba, feliz, hacia la concreción de sus deseos.
Pienso en vos
y en tu boca que me hablaba al oído en la penumbra del cuarto.
Pienso en vos
y en tus manos que buscaban mi espalda para alzarse con mi aroma como un perro abandonado.
Pienso en vos
y en las palabras que me decías para anudar mis tobillos huidizos a tus días.
Pienso en vos
y en todas las cosas que no dije, que temí, que quería.
Pienso en vos
y en el dolor profundo que me clavó tu muerte en las costillas.
Pienso en vos
y el pensamiento cae en mis rodillas solas
y lo acuno para que deje ya de llorar y se consuele.

Mutación

Te desvestís de tus fracasos
para emerger con una piel distinta.
Atrás quedaron las violencias,
adormecidas en el lado de la desolación.
Con paciencia infinita
te visitan las palomas de la alborada
para construir sus nidos
en la ternura que va creciendo en su lugar.
Unos bichitos verdes trazan sendas de fulgurante brillo
en el revés de tu cuerpo;
cuando te tensás de tristeza
y hacen ruido de lentejuelas en cada una de las lágrimas
que saturan tus párpados.
Te mirás las manos vestidas de musgos amarillos
y ves la sangre,
bajo tu piel traslúcida,
volver a correr una vez más.
A veces te estalla la cabeza
como una gran pompa de agua
y te ahoga con sus glóbulos de oxígeno irrespirable.
Caminás con el paso escurridizo de los peces plateados
hacia donde se terminan las sendas
y sólo quedan selvas silenciosas para desbrozar.

El miedo

El miedo teje sentado en la puerta de la casa
y mueve las agujas como pequeños insectitos negros
tan rápido, tan rápido que no se pueden ver.
La lana es un hilo rojo que quema en punto acero.
Y el miedo teje
y custodia la puerta con un ojo prendido en el tejido
y otro en los dragones que cría en su boca cuando aúlla.
Cuando el tejido toca el suelo
las baldosas se queman como si fuera fuego,
se derriten,
y flota el miedo
con sus agujas de insectitos negros y sus dragones que se inquietan con el calor.
Crece la sombra en la nada del suelo que no existe y que se traga todo.
Mira hacia atrás para que nadie espíe las espinas
que ha comenzado a clavar en el perfil del día.
Y el miedo teje
y la sombra espina las superficies tersas hasta hacerlas sangrar.
Teje el miedo como si su tejido fuera una ropa que uno se pudiera sacar.

La canción

El tiempo canta una canción muda.
Sólo hay que dejarlo correr.

El mojado

El que mira oleajes de dolor
puede -a veces- pensar en el peso específico del sufrir;
pero jamás llegará a tocarlo esa espuma.
Por eso -a veces- abraza al mojado
Para sepa que hay algo seco donde descansar.

Pajaritos

A Pablo W.
Los pajaritos de mi corazón buscan tu pecho para llenarlo de cantitos; y mientras cantan puede que una semilla se les caiga del pico, encuentre la tierra fértil de tu sangre para que broten árboles y su viento te limpie la tristeza dolorida con hojas verdes en tus pupilas a la orilla del sol.

Maternidad

Para quienes carecimos de madre aunque ella nos hubiese criado hay dos posibilidades: repetir o cambiar.
Lo primero abisma la orfandad y perpetúa las estructuras de una tradición.
Lo segundo tiene el color de una revolución: podrá dejar heridos; pero tiene la esperanza de un mañana mejor.

Ver morir es peor que morir, para que sepas.

Solo se queda el vivo con la muerte del otro
y la mastica para poder tragarla.
Pero vuelve la muerte con su carne incomible.
El que se muere se murió y no come.
Tuvo su pena si pudo pensar que se moría, que se estaba muriendo.
Pero el que tiene una mesa tendida y agua
y nadie se sienta con él en el enorme desconsuelo de la pérdida,
se está muriendo cada día
y nadie se da cuenta.

Los dolidos

¿Qué esperan los dolidos en su cueva
con una cama donde
espantos, miedos, duermen cada noche?
Juan Gelman

Los dolidos se duelen
en su cama de fango que los traga
cada noche,
cada día en espera de que llegue la hora.
Engrosan de tristeza, de pena, de agonía
de ser tanto lo que no son y no saben qué es.
Se saturan de palabras y quisieran silencio,
pero llega la noche,
y la cueva de su cerebro
se completa de monstruos pegajosos,
ocultos en las circunvalaciones terribles
y se inflaman los órganos como esponjas debajo de una lluvia copiosa.
Entonces sólo queda la palabra
y los ruidos lejanos y familiares de alguien que busca trajinar en la cocina.
Los cacharros, el agua y el perfume de una cena que se va en la distancia
amansan las serpientes hasta llevarlas a la zona de la cordura familiar.
Sólo entonces, los dolidos pueden doblar su dolor,
ponerlo debajo de la almohada para el día siguiente
e intentar que llegue algo parecido al sueño
blanco como la nave dolorida de su sufrir.

Libro de artista: La exposición.

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El sacrificio

Siempre supuse parecerme a mi madre. Tal vez el género determinara en mí esa idea o fue aquel mediodía en que mi padre trazó una línea imaginaria que nos dejó a ella y a mí de un lado de la mesa y enunció quiénes eran los cuerdos y los locos en esa casa. Era un hombre bueno mi papá, pese a esas ideas que buscaba denodadamente para sobreseerse de lo que era evidente para todos, pero no podía decirse: que el hilo rojo de la locura nos había anudado fuertemente entre esas cuatro paredes.
Recuerdo que, una tarde, volvíamos él y yo en su auto y dijo: "En una familia, para que los demás sean felices, alguien debe sacrificarse." Si cierro los ojos, puedo reconstruir en mi memoria el peso de sus manos sobre el volante y la tristeza de sus ojos grises. Alguien debe sacrificarse... dijo mi padre. En estos días, tan duros y difíciles, sus palabras me persiguen y me asaltan en la senda peatonal, en el asiento del transporte público, en el momento en que la tiza blanca traza una lín…

Día 9

Nadie llamó a mi puerta.
Nadie escribió una tarjeta.
Nadie envió flores rosadas.
Pasó este 9.
Y pasarán los otros cada año sin que nada suceda
porque vos te moriste y faltaste al festejo.
Cada día es un monte que escalar y coronar la cima.
Ayer era un abismo debajo de mis plantas:
sin vos,
sin tu tarjeta,
sin tus flores rosadas,
sin nada que decir este 9 de agosto.

La maletita de Mariano Levin

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A veces volvés con tu maletita de muerto y golpeás la puerta de mi cuarto para que yo te abra. Tenés la cara pálida -de tantos días de estar bajo la tierra-; pero seguís riéndote como cuando dormías en esta misma cama. Con tus dedos de huesos descorrés los cerrojos para mostrarme lo que viniste a traerme: un dibujo mío que te gustó, una canción que bailábamos , una lluvia de flores amarillas de tilo, unas piedritas de colores que juntamos en la Patagonia y que todos se olvidaron de darme, un cuaderno repleto de palabras que escribimos, unas fotografías, un perfume. Desplegás tus regalos como si fueras mercader en una tienda persa y yo te miro hacer con los ojos arrasados de lágrimas porque sé que estás muerto, que te irás nuevamente y que con vos se irá todo lo que tuvimos juntos; porque sé que al morirte se me murió un pedazo de historia, un fragmento de alma, una fracción del cuerpo y eso es irremediable. Eso es la muerte entonces: lo que a mí me desapareció cuando vos te moriste.

Anécdota escolar XC: Cuentos chinos

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(La profesora termina de leer el mito chino de la creación.)
Profesora: ¿Qué antítesis estructura este relato mítico?
Alumno 1: La luz y la oscuridad.
Profesora: ¿Se manifiestan la una independientemente de la otra?
Alumna 2: A mí me parece que no: no hay luz sin oscuridad, ni oscuridad sin luz. En el mito de Pa'n Kuh eso queda clarísimo.
Alumno 3: Bueno, no hay bien sin mal, cielo sin infierno...
Alumno 4: (Interrumpe.) ¡Claro, es el ching y el chang!

Noche de invierno

Voy por la calle y es de noche. Hace frío y todos están en sus casas. Por las ventanas, una luz amarilla y tibia dora los cristales y las familias comen repartida alrededor de una mesa común. La soledad es un círculo vacío que va rodeándome adonde desee ir. Todos hemos tenidos nuestra parte punzante de dolor, pero el mío carga la culpa de otra posibilidad que no deja de sentirse como una traición. No hay más que acericos violáceos en los que clavo uno por uno los alfileres y las agujas de la pena. Nadie habla más acá del silencio en que mi alma nada, perdida ya de vos.

Actualidad

So many works,
so little time...

Scherezada y el único cuento importante

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"Ahora", dijo el príncipe. Pero, Scherezada, que no en vano era su madre y ya tenía larga experiencia en monarcas inmediatamentistas, lo miró con ternura y dijo, "Ahora no; mañana." "Para mañana falta mucho.", exclamó el niño. "Sí" , agregó ella, "pero siempre llega." Y al día siguiente cuando el príncipe volvió a decir ahora; ella volvió a aclarar que mañana. Y así se pasaron una larga temporada jugando con los adverbios de tiempo hasta que un buen día el que ya era un joven despertó, la halló dormida a su costado en un sillón, la abrigó con una manta y cuando ella entrebarió los ojos, agotada, susurró acariciandole el rostro avejentado: "Duerme, mamá, ahora yo te cuido. Ya veremos qué hacemos mañana."

Mariano Levin: ciento cincuenta desayunos de ausencia

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Según se mire, cinco meses es un parpadeo o una eternidad. Para mí son ciento cincuenta desayunos sin vos, varios libros escritos que no leíste y un diálogo que se ha vuelto monólogo... así de ancha es tu ausencia, Mariano.

Deseos de julio

Querría que aprendieras a ver los caparazones transparentes de las tortugas que te rondan y que con un cuchillito de amapolas desterraras a los insectos que suben por tus tallos. Querría que el sol se abriera como una pulpa jugosa en las tardes del frío y te bañara, mientras cantás debajo de sus luces. Querría que juntaras tréboles frescos y caracolas de nácar para armar un refugio de náufrago y reposar allí de todas las tormentas. Querría que se abriera la tierra para depositar en el hueco de lava la montaña de penas y que el fuego quemara, irremediablemente, lo que el pasado posee de muerto. Querría que entendieras cómo viven el viento los álamos extensos y te dejaras mecer en el arrullo que los atraviesa.

Tristeza

No se va. Permanece como un espejo idéntico que me refleja y deforma. Cuando intento ocultarme, me persigue hasta los vértices del cuarto donde duermen las arñas de la desdicha desde siempre. A veces suelo interrogarla; pero, después, es peor porque me ataca con sueños dulces que me dejan vacía de todas mis memorias. Hablo e intento escapar en el torrente de palabras que me satura; pero ella es inmune a las palabras. Me las devuelve en una sedosa esquela que, junto a la firma, oculta un puñal para que yo abra mi carne y vea cuán desnuda he quedado de todo.

Gracias por tanto afecto en el día de mi cumpleaños

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No sé cuándo decidí enseñar. Quizá cuando tenía pocos años y mi papá me había hecho un mueble que tenía un pizarrón. Yo ponía a las muñecas y a mis hermanos en fila y les daba clase. Quizá haya sido entonces. Lo cierto es que pasaron muchos años y yo sigo jugando a lo mismo, pero, ahora, en vez de muñecas y hermanos, están ustedes. Ahora sé que, cuando una sigue de grande con los mismos juegos de la infancia, la vida tiene prolongados instantes de felicidad. Y yo, pese a todos los dolores y tristezas que me vienen dando tupido hace varios años, soy feliz dando clase. Me divierto con ustedes, aunque me enoje, aunque los rete, aunque sea antipática, maleducada, sarcástica y a veces más de uno desee despeñarme por la escalera.
Sepan que les doy lo mejor que tiene mi alma: los libros y la posibilidad de escribir para que lo que tienen en el corazón no se les pudra adentro y salga transformado. A mí, las palabras -las mías y las de los otros escritores- me permitieron sobrevivir: me sirvier…

Frambuesas

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Mi hermano Pablo tenía ocho años, Mariano diez y yo catorce. Los tres juntábamos frutillas silvestres en la costita de la Península de San Pedro a quince kilómetros de Bariloche, en la cordillera patagónica: fuentes y fuentes de frutillas que lavábamos en el lago heladísimo y comíamos mientras hablábamos... vaya a saber uno de qué. Pero las frambuesas tenían eran otra cosa.
Buscábamos en la cocina -que tenía uno de esos artefactos a leña- una fuente enlozada y caminábamos, los tres, cuatro kilómetros por un camino de tierra juntando piedritas y flores en la vera hasta llegar a la Estafeta que quedaba casi casi al borde de la ruta de asfalto que llevaba a Bariloche. Era la Estafeta de la señorita Cathy adonde llegaban todas las cartas de la Península y tenías que pasar a buscarlas porque no había cartero. Cathy era una vieja inglesa, muy flaca, muy traslúcida, de ojos claros, muy solterona y muy inglesa. Contaban que el día que tuvo que sacrificar su vaca lechera, se calzó unos guantes …

Camino

oTodos los días caminamos: con pequeños pasos para adelantarnos sólo un tanto así. Pero ese tanto es una gran zancada, que nos deja cada día más cerca del río por donde el agua fresca corre. A veces nos quedamos detenidos, otras nos desgarramos de dolor y cansancio; pero ya vamos aprendiendo a engañar a nuestras propias trampas para que no nos ganen. Hemos pasado siete largos, oscuros y luminosos días. Ya sabemos que para rozar el día quince, hay que pasar el ocho, el nueve y así... Tiendo mi mano para tomar la tuya cada vez que me necesités.

Faro

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La vida- esa que nos ha maltratado tantas veces- nos está dando otra oportunidad.
Es que lo que creíamos perdido quizá siempre ha estado en su lugar.
Éramos nosotros los humanos imprudentes que hacíamos rodeos para no dar con él.
A la vuelta de un camino aguardaba la esperanza para envolvernos con su abrazo suave.
Acá estoy -como estuve cada uno de los días anteriores-.
Ahí estás -como estuviste desde el primer día que supe de vos-.
Lo demás, lo que nos ha sucedido en olas sucesivas de pena y felicidad, es una historia para contar en las noches oscuras cuando nos sentamos frente al fuego porque la hora es larga y hay que transitar su desvelo imperioso.
Nada ha cambiado en esencia, aunque sea tan diferente esta vez.
De todas las lecciones que recibo, la tuya es la que aprendo cada día con mayor dedicación.

La próxima Navidad

¿Y cómo haré la próxima Navidad cuando se hagan las doce y vos no estés y yo esté comiendo sola sin tu regalo y en medio del silencio en que quedan los que tienen una parte del alma que se ha muerto , pero siguen acá?
¿Qué cosas deberé, entonces, decirme para que el día pase y no suene hueco ni áspero ni roto?
¿Cómo esperaré que se acaben los fuegos artificiales y el verano se ahogue en la mesa deshabitada del festejo que yo ya no tendré?
Nadie podrá reemplazar tu lugar en la mesa y es una pena profunda como un beso que tu sitio haya quedado vacío y exista aún la Navidad.

Anécdota escolar LXXXIX: El diario de Yrigoyen.

Profesora: El título del capítulo, "La hija de Pasifae" es una clara alusión a la cultura dominante en la colonia haitiana. ¿Cuál es esa cultura?
Alumno 1: La francesa.
Profesora: Bien. ¿Y por qué el título es una alusión a esa cultura?
Alumnos: ....
Profesora: ¿Recuerdan la obra de Racine que leímos hace dos años?
Alumnos: ...
Profesora: La de la madrastra que se enamoraba...
Alumno 1:(Interrumpiendo) Yo me acuerdo de uno al que mataban en el baño.
Profesora: ¿En el baño?
Alumno 1: Sí, que la mina le cortaba la cabeza en la bañadera.
Profesora: ¿Agamenón?
Alumno 1: Sí, ese, ese..
Alumno 2: Yo me acuerdo de la del tipo que envenenaba el balneario.
Alumno 3:Un enemigo del pueblo.
Profesora: Ibsen, eso era de Ibsen.
Alumno 2: Y una de un profesor que mataba a la alumna.
Profesora:La lección, de Ionesco. Pero, no, ¿no se acuerdan de Racine?
Alumnos:(A coro.) No.
Profesora: Fedra era la hija de Pasifae y se se enamora del hijo de su marido, de Hipólito...
Alumno 1: ¿Yrigoyen?

Milagritos

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Para Andrea L., Eleonora I., Samia D., Alicia B., Diana P., Laura K,
Liliana S., Lucía E., Liliana Ch, Majo G, Mónica V., Adri B. y Adri F. .

Nadie sabe cómo, pero suceden. Vienen orlados con puntillitas macramé color cielo y unas alitas de mariposa para posarse en nuestros hombros. A veces un movimiento brusco puede espantarlos y por eso es preciso ser cuidadosas. Tienen aromas varios: a pan amasado y cocido en horno de barro, a hierbabuena, a página de libro finita de tanto ser leída, a perfumes en frascos de coloridos vidrios. Saben a moras, a frambuesas, a una ronda de mates que nunca se terminan y tienen el color de la esperanza que a veces es muy verde y otras de un oscuro violeta. Son hilos lanzados por el aire que se entrecruzan, se enganchan, suben, bajan, se anudan, se desatan. Y de pronto miramos y vemos un dibujo: cabezas de mujeres por el mundo alrededor de un fuego que alguien prendió para hacerme un regalo que yo venía necesitando hace rato.

(La imagen pertenece a un libr…

Zoofagia

Hay perros que se muerden la cola y mueren atragantados sin que nadie los pueda soltar.

Ayer

La tristeza es un lobo salvaje que busca mi corazón para cebarse sin dejarme descansar.

Nosotros

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En este país siempre hay culpables que se señalan con el dedo después.
En este país siempre hay que doblar las rodillas y agacharse.
En este país siempre hay dueños de cada cosa: de la tierra, del sudor ajeno, de las palabras, de los triunfos.
En este país los que ganaron siempre marcan la piel de los que siempre pierden.
En este país hay quienes creen que la verdad también tuvo y tendrá dueño.
En este país hay quienes callan y esperan que caigan los que hacen para matarlos.
En este país hay quienes fueron videlistas y se volvieron demócratas, peronistas y se hicieron gorilas, comunistas y luego liberales, galtieristas y después vengadores.
No puedo hablar de fútbol (a duras penas entiendo la posición adelantada): hablo de historia.
La palabra patria les queda grande a los trajeados de la tele que la invocan antes de cada verbo.
Esos que no se bancan el sudor de un par de negritos que tienen la arrogancia de decir quiénes somos, de sostener una identidad con la que los "patriotas" n…

Las chicas Sicilia 2011

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Las chicas Sicilia 2011 no nos conocemos los rostros (sabemos que no importa demasiado).
Compartimos espacios que fueron armándose casualmente: alguien murió y ese hecho, doloroso y fortuito, hizo que dos de ellas se unieran en un correo. Cada una fue aportando lo suyo a la ronda del fuego: palabras, colores, relatos, consuelos... ahora parece que siempre estuvimos en nuestros corazones.
Después las luces se prendieron y otras se fueron acercando desde latitudes distintas. Las chicas Sicilia 2011 vivimos en Estocolmo, en París, en Argel, en Alemania, en Miami, en tantos sitios desparramados por la emigración y el destino, tantos que algunas de ellas hasta quedaron varadas en la ciudad de origen llamada Buenos Aires.
Nos arrimamos en ronda para sostenernos en la adolescencia de nuestros hijos, nos enviamos alientos por el viento, festejamos los triunfos deportivos, nos acercamos libros, experiencias de vida, fotos de sitios donde fuimos felices.
No hay amistad más bella que la de los…

Ausencia justificada

Escribo contra reloj una novela.

Ya volveré.

Mariano Levin: Sueño

Hoy tocaste a mi puerta y yo estaba dormida con mi camisón con estrellitas lavandas. Me corrí a un costado para que pudieras caber, aunque, ahora, ocupás un lugar tan pequeño. Me pasaste tu mano por la cintura, como lo hiciste siempre, y nos volvimos a dormir. Yo soñé con una casa de paredes azules donde las sillas están pintadas con palabras en el respaldo. Soñé que ponías migas adentro de las macetas para que los pájaritos bajaran con sus alas de lluvia a comer, soñé que volvías a preparar tu café espantoso y lo servías en esas tazas chatas que no volví a sacar. Me pusiste frambuesas en todas las tostadas, me oliste la espalda como el perro perdido que siempre fuiste para mí, apoyaste tu boca en mi nuca desnuda y frotaste tus manos en el pliegue delgado de mis rodillas. Después te sumergiste en el pozo donde las clavículas se juntan con el esternón y sabe a sol. Al rato me desperté sobresaltada: estaba sola con mi camisón y una cama vacía donde hace 12o días que faltas. ¿Cómo es po…

Mariano Levin: 120 días

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Mariano:
Mañana van a hacer ciento veinte días. Tantos y tan pocos.
Si estuvieras ahora, estaríamos preparando el asado para ver a la tarde el partido; yo estaría diciendo que quiero que Alemania e Inglaterra pierdan los dos y vos que pido imposibles, como siempre.
Estaríamos terminando el mural en la pared de San Bernardo y ya habríamos instalado las dos salamandras para viajar en el invierno. Yo te habría llenado de colores, de verbos azules y fragantes sustantivos anaranjados, y habríamos bailado hasta la extenuación.
Ya habríamos regresado de nuestro mayo en París y estaríamos acomodando piedras, papeles, pececitos, tazas y cajas de té blanco recolectado con tijeritas de oro en el alba oriental.
Nuestro libro de las horas ya iría por la entrada dos mil y verías los dibujitos que ahora me he atrevido a mostrar.
Te pondría contento saber que empiezo mis clases de caligrafía, que sigo con el taller de foto y que colecciono los lugares donde queríamos viajar.
Escribo una novelita que tirar…

Miedo

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Hay una línea sutil en que la luz de la noche se puebla de repentinas bocas de colores y, suave, empieza a amanecer. Las cosas adquieren un contorno doble y se adensan en su objetividad inevitable. La respiración se acelera con el frío cortante con que la realidad se hace su propio recoveco y deja el pasado donde la subejtividad desenrrolló su melodía de efímeras figuras y soñadas presencias. Allí, en ese mismo sitio, en que el mundo vuelve a corporificarse delante de mis pupilas, debajo de mi cuello, atrás de mis omóplatos delgados como alas, cancelo las posiblidades infinitas y pienso en lo que es, en lo que el día tendrá para ofrecerme y me da tanto miedo, tanto perlado medio en medio del pecho donde una estrella roja tirita de silencio que desearía volver a la hora en que la vida se olvida, enredada en almohadas solitarias donde nada podría ya doler. Pero la luz trepa las medianeras, se instala como dueña entre las cosas, el mundo sacude las alfombras de los aromas y todo anda ha…

La Magna Grecia 2011

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Invierno

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Extraño tus brazos envolviendo mi cuerpo como una manta de viaje contra el frío y la humedad del invierno. En el mundo no hay edredones que puedan compensar tu ausencia y las almohadas suspiran de desolación porque no tienen sueños que puedan habitarlas, ni secretos que escuchar en la penumbra entibiecida de la noche. Afuera sopla el Austro y la tormenta intenta cuajarse mientras a tantas cuadras tus huesecitos se mueren una vez y otra vez de soledad irremediable y de silencio y yo tirito con mi pullover rojo que te extraña sobre la piel desnuda para siempre sin tus manos, sobre mi cuello llovido sin tu boca, sobre mi nuca sola sin tu aire. ¿Con quién hablaré cuando las cosas que tengo que decir me empujen las entrañas y no cesen ya de doler? ¿A quien acunaré para que no lamente las cosas que no fueron, la historia que se pudo, la vida que pasó? Desde tu muerte tan próxima le hablás a mi presente y yo siento el frío entre los dientes una vez más.

La puerta de marfil

Me he servido un té, en esta hora de la mañana en que todos duermen menos yo.
Lo he bebido en silencio, vacía de palabras que acudan a explicar la soledad y la pena.
Todo sigue su rumbo tachonado de pequeños instantes de alegría en medio de la desolación. Ya sé que es así siempre la vida aunque a veces parezca doler más.
Dicen todos que admiran mi fortaleza frente al viento que arrecia con frecuencia.
Sólo yo sé cuánto hay de coraza y cuánto de medular fragilidad.
El té se agota con rapidez y hay que volver a servirlo.
A mis pies hay una madeja de hilos deshilachados que ya no se puede anudar.
Las sábanas flotan tendidas en la brisa que sopla desde el mar.
Querría que estuvieras a mi lado, con tu taza en la mano, viendo subir el sol.
Pero -como Eneas- siempre me toca la puerta labrada en marfil.