viernes, 31 de diciembre de 2010

Balance


Si tengo que elegir un sólo momento de este 2010 que ya está por terminar, me quedo con aquella siesta que dormimos juntos el 10 de enero mientras llovía como si nunca fuera a acampar.

Pronto hará un año que te moriste, Mariano Levin

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Los libros

Yo, que no tuve una madre de cuento, tuve libros. Muchos. De tapas de colores e imágenes incandescentes, de letras negras que abrían laberintos en mi cuarto de niña donde me perdía para huir al desamor de esa mujer que me sentaba todos los viernes en una ancha mesa blanca para indicarme uno a uno todos mis desaciertos y mis penurias. De historias enredadas, de rimas divertidas, de caballeros valerosos que no eran azules sino rojos, de princesas que deseaban husos, esferas de cristal, nidos de golondrinas y al final siempre los conseguían. Yo, que no tuve esa madre que todos necesitan, tuve libros y aprendí que, en los libros, la vida se desenrolla cada vez que una pasa las hojas, que los libros nos dicen cada día lo que necesitamos que nos digan, que en los libros se aprende lo que es y lo que puede ser cuando nos empeñamos en que sea, que los libros pueden guardarse en el mínimo espacio de un bolso y vienen con nosotros al sitio donde queramos ir con ellos, que quedan en nuestra memoria con la palabra exacta, que se estampan como sellos indelebles en nuestros glóbulos, que abren gigantescos mediodías de luz. Yo, que no tuve una madre que viniera a arroparme del miedo, tuve libros. Los libros no envejecen, no se enferman, no mueren, no se los lleva nadie a otro país, a ningún otro tiempo. Están allí, a la espera de nuestros ojos que los vuelven historia, emoción, simples maravillas complicadas y abren su corazón para atrapar el nuestro. Yo tengo libros y en ellos aprendí a ser quien soy y a desear ser miles de sujetos que iban revelándome, construyéndome, naciéndome. Cuando sentí morir, ellos me dieron calor, consuelo, la posibilidad de creer que el relato comienza cada vez de otra forma y tiene tantas variables como seamos capaces de desearlas. Yo, que no tuve madre, tengo libros. Es una bendición que me hace estar viva para seguir leyendo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Mariano Levin: Baile

Hace un año, sólo un año, a esta misma hora bailábamos abrazados a la luz de la luna, y llovía a la madrugada mientras yo caminaba con mis tacos altísimos en la mano y vos te reías. El tiempo es una marca subjetiva que nos enlaza y anuda. No ha muerto nadie en mi memoria y yo continúo viviendo para que tus deseos abran mi vida. El amor es la única puerta que la Muerte mira desde afuera. Yo sigo amándote como si fuera 27 de febrero todavía.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Los ojos de Federico

De Fede para mí, de mí para él.
Dijo Fede: "Alfredo Zitarrosa dijo: nunca pensé que existía una mujer con los ojos así. Sabés lo que significa la mirada entre nosotros dos. Estuvimos cinco años mirándonos, entre almas destrozadas por el sueño. Y aprendí que tu mirada es una caricia, por donde demostrás cariño, confianza, comprensión y apoyo. Enseñás que siempre hay salir para adelante, como ahora, que si se quiere todo se puede; que el amor está por sobre todas las cosas. A su vez, podés exigir respeto; pero lo más importante es que nos enseñás a respetarnos a nosotros mismos, nuestras ideas y opiniones. Nos enseñás que los valores tienen que verse reflejados en cada conducta.Nos exigís esfuerzo, pero no por la literatura, ni siquiera por vos; nos exigís a nosotros que lleguemos a nuestro máximo. A través de los ojos, dicen, que se puede ver el alma. Yo en vos veo a una maravillosa persona. Y todo esto que ves no es más ni menos que lo que nos enseñaste. Cuando un profesor entrega el alma, los resultados no pueden ser menores que todo el afecto que te demuestran todos. Para todos nosotros sos un gran ejemplo de vida. Esa es tu mirada. En cambio mis ojos son los de un pibe de casi 20 años (falta) que vio muchísimas cosas y a su vez no vio nada. Yo recién salgo de la cueva y me estoy enfrentando con el sol. Cómo mirar al sol al principio es muy difícil. Los ojos no están preparados, son muy frágiles. Y elijo como mirar al sol. Es imposible no elegir una mirada parecida a la tuya, con todo lo que eso significa. Soy muy nuevo en todo esto de la vida, pero con la poca experiencia y la fragilidad, puedo ver tus ojos y eso es como un salvavidas entre tanta y tanta marea. Infinitas gracias Juli."
Dije yo: "Fede, Nos estuvimos mirando cinco años, y, ayer, en la vereda, en esa ronda que tenía tanto de fuego, volvimos a vernos después de un año sin que nuestras miradas se cruzasen. Muchas veces digo que, en aula, uno reconoce a los alumnos a través de la mirada: las hay encendidas, distraidas, sorprendidas, alertas y las hay brillantes y límpidas. Los renacentistas creían que de los ojos salían unos espíritus que buscaban el corazón del otro e iban abriendo, abriendo hasta llegar al centro del alma. La óptica amorosa la llamaban. Porque el amor es la única posibilidad que tenemos los seres humanos de ser mejores y de ayudar a otros a serlo.
De chica yo jugaba a ser maestra y ponía a mis muñecas y mis hermanos en fila y les enseñaba, vaya a saber una qué cosa... Nunca dejé de jugar, en el aula yo seguí jugando porque además tuve la dicha de poder enseñar lo que yo soy. Y tuve una dicha más grande aún: la de encontrar tierra fértil, que recibió mis semillas y las lleva adelante.
Y eso, Fede querido, eso no lo puede enajenar nadie. Y aunque vos y yo pensamos distinto (respetando nuestras opiniones diversas) voy a decirte lo que dijo Salvador Allende cuando Pinochet le bombardeaba la Casa de la Moneda (Yo tenía 14 años cuando esto sucedía y lo recuerdo como si fuera hoy) " Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. "
De tus ojos a mis ojos, de los ojos de todos ustedes a mi alma, sólo querría que sepan que uno debe darse, superarse, enfrentarse a sus miedos y dolores y pelearse- en primer lugar a uno- y luego a todos los que osen impedirlo. Ojalá yo hubiera aprendido mucho antes en mi vida a aceptar la mano generosa de los otros. Ojalá yo hubiera sabido mucho antes que con los demás es más fácil, que sola todo me costó el doble. Y eso, Fede, eso me lo enseñaron ustedes, que sin decir nada siempre estuvieron a mi lado mirándome. Porque uno no aprende de lo que el otro dice: como dije ayer uno aprende de lo que ve en el otro.
No elegí mal lo que soy: elegí educar que es la mejor de las cosas que un ser humano puede hacer; porque, básicamente, es una apuesta a la esperanza en un mundo mejor, más justo, más igual para todos, en el que haya más lápices, más libros, más justicia, más verdad. Y si yo, con mis largos y tediosos libros, pude acercarme apenas a algo así; puedo darme por contenta. El Quijote se muere de melancolía porque no logra hacer reales sus ideales. Yo quiero que me lleve en andas la alegría.
Miles de abrazos muy fuertes que no dejen escapar jamás la fuerza y la emoción de las miradas.
Juli

sábado, 18 de diciembre de 2010

Pintar

Ahora dibujo y la palabra se transforma en un telón de fondo que transcurre, que se hilvana, que se deshace entre puntadas de colores y pienso en los dolores como gotas de luz en la punta de mis lápices y el agua se va yendo, limpiando la mañana donde no queda nada que pudiera dolerme demasiado, excepto vos. Pero trato de hacerte un sitio a mi costado para que veas lo que pinto y te pongas contento.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Muerto el perro no se acabó la rabia

El día jueves 9 de diciembre he sido despedida de uno de mis trabajos después de 14 años de desempeño impecable sin que haya mediado controversia, conflicto o discusión. Ese día creí que mi alma se rompía y no tenía remedio en un año donde sólo he vivido pérdidas y dolores, algunos irreparables.
Pero desde el mismo momento en que fui despedida, mis alumnos -todos, los de ahora y los de estos catorce años- me abrazaron, me protegieron y defendieron con una lealtad y una entrega que me conmueve y me llena de orgullo. Sí, algo debo haber hecho, seguramente. Algo que que merecía esta conclusión y, si hubieran sido otros años, cosas peores.
Los chicos -esos adolescentes que creemos apáticos y desganados; esos jóvenes adultos a los que nada parace conmover- están comprometidos con su vida, con sus derechos y si algo aporté en que eso se hiciera carne, me siento satisfecha.
Lo demás, (los patios, las aulas, los pasillos...) van y vienen; pero la llama de la conciencia y del corazón permanece inalterable a través de los años. Esa llama no la enciendo yo, la encendemos todos juntos y la cuidamos y alimentamos, sentados en una ronda en la que nos vemos el brillo de los ojos repetido de uno en otro.
Como dije en mi Facebook: "Donde se me hizo silencio, otros abrieron huecos y sembraron palabras que estallaron como flores sorpresivas en mi vida. Desde el viernes a mediodía yo vivo en un jardín que nadie podrá quitarme porque es todo mío."


Lo que sigue abajo lo escribió Bernarda García, una ex alumna de la promoción 2002, socióloga ya, que cumple la difícil tarea de trabajar con los Derechos Humanos en la cárceles de este país. En su nombre, reproduzco y agradezco los miles de mensajes, cartas, palabras, abrazos que recibo desde el viernes y que me sostienen en medio de la pena y la tristeza.

Muerto el perro no se acabó la rabiaMe tomé unos días para escribirte… Lo cierto es que estaba muy enojada y sé –por cosas que leí en tu facebook y por otras que me fueron contando alumnos y ex alumnos- que adoptaste una postura de mucha tranquilidad y te llamaste al silencio. Hoy, que algo se apaciguó la violencia inicial que me generó la decisión del colegio, estoy más serena y, precisamente por eso, quiero dedicarte algunas palabras. Lo que me llevó a esperar este tiempo prudente se vinculó no sólo con el respeto hacia el camino que elegiste para lidiar con la situación sino –y sobre todo- con el intento de canalizar mi furia y mi dolor, y transformar toda esa energía en palabras, expresiones e ideas que te ayuden a atravesar este momento tan de mierda.
Más allá de que fuiste la persona que me condujo de la mano hacia el maravilloso mundo de la literatura, y que me permitió conocer esa forma de placer tan particular que ofrecen las diversas manifestaciones del arte (me iniciaste en el campo literario pero también disparaste otras inquietudes artísticas) tuviste una responsabilidad mucho mayor en mi formación. Siempre, por siempre, voy a mantener una deuda vital con vos, y con la contigencia de este mundo que hizo que yo estuviera sentada en el aula correcta, en el momento correcto, escuchando a la profesora correcta.
Gran parte de la persona que soy en la actualidad, casi todo aquello que me enorgullece de mí se vincula con vos. Porque con vos aprendí que las cosas pueden, y deben, ser cuestionadas. Con vos entendí, y escuché por primera vez, que la crítica debe empezar por casa y trasladarse a todas y cada una de las cosas que profundizan la injusticia y la inequidad tan características de nuestros tiempos. Gracias a vos entendí que hay un sentido posible en la vida y que debemos vivir buscándolo, comprometiéndonos con nosotros y con el resto. Con vos sentí lo que es la admiración profunda, intelectual y afectiva hacia un adulto. Y eso iluminó mi camino y me ayudó a tomar las decisiones centrales en mi vida. Sos la responsable del origen, o tal vez de la manifestación, de mi espíritu crítico. Esa es la herencia invaluable que dejaste, y dejás, en mi y en muchos otros.
Ahora no puedo evitar sentir una pena profunda por todos esos chicos, potenciales alumnos, que se perderán, por la decisión tan política de los nefastos de turno, la posibilidad de que “las puertas de su percepción” sean abiertas y sean llamadas a la expansión. Se perderán la sensación física, tan hermosa, de ser interpelados a desafiar las verdades establecidas. No tendrán, al menos durante su adolescencia, la complicidad de una mujer protectora pero paradójicamente tan liberadora. Crecerán, Juli, sin tu presencia y vivirán sin la dulce cicatriz, irreversible, de haber pasado por tus manos, tus abrazos y tus palabras. Cicatriz porque, como ya dijo Platón, luego de vivir con los ojos cerrados, el enfrentamiento con la luz los lastima. Y vos Juli queridísima, representás la luz que se prende en cada uno tus alumnos, los que vamos a ser eternos deudores de la magia que conlleva la apertura de nuestras mentes y corazones hacia lo más hermoso que tiene la vida: las ideas y la capacidad de pensamiento. Ya sabemos que el autoritarismo confunde, en una perversa operación ideológica, libertad con libertinaje. Y que no tolerará nunca las mentes con brillo crítico que dedican gran parte de su vida a la siembra de ideas contestatarias y cuestionamientos a la autoridad. Pero todos los adultos que pasamos por tu vida siendo adolescentes nos llamamos a demostrar que muerto el perro no se acabó la rabia… Hoy nos sumamos todos y repudiamos en forma colectiva las maniobras tendientes a la desestabilización de la educación responsable y comprometida. Lo que sembraste en nosotros ya lo estamos cosechando…
Te quiero Juli, te quiero con el alma. Y gracias por haberme dejado ser parte de tu “alumnado influenciado”. Ojalá todos pudiéramos cruzarnos, en algún momento de nuestras trayectorias, con seres tan influyentes como aquellos que tienen la facultad de cambiar el curso de una vida. O de muchas. Y vos, tamaña responsabilidad, sos uno de esos grandes seres humanos.
Infinitas gracias. Y mucha fuerza.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Jueves de lluvia en Florida


a todos y cada uno de mis alumnos

Las nubes se amontonaron en un rincón del día .
Se acumuló negrura tempestiva y el aire se llenó de olor a oxígeno.
Levanté los ojos del libro que leía y aspiré la novedad del perfume.
Una paloma entraba y salía del aula;
y, a lo lejos, se oían los chicos cruzando el patio bajo la lluvia.
Las gotas eran anchas, gordas, repletas;
y se desarmaban sobre las baldosas calientes de diciembre.
Se mojaba la tierra en la quinta cercana,
y la bandera flameaba contra la torre de Nuestra Señora.
Ahora pienso que perdí tantas cosas:
mi catedral gótica personal como un dedo entre los techos de Florida;
las clases de barroco que no alcancé a dar;
mi entusiasmo quijotesco por los libros;
mis talismanes -los que otra vez deben venir en mi auxilio para que no crezca la pena;
mis oraciones interminables y mi deseo de despertar conciencias;
mi distancia afectuosa pese a todo;
mi solidaridad a ultranza.
Es otra crisis,
la mutación de la tierra reseca que se humedece y espera la semilla,
el cambio de la oruga mutando a mariposa.
Ahora, en la quietud de esta madrugada distinta, sé quién soy, qué es lo que doy y agradezco lo que recibo con toda la humildad del que sabe que hizo su tarea y la moja la lluvia.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Mariano Levin: Hay algo

Hay algo de ternura que se anuda
algo de viento que sacude los árboles
algo de agua que me moja los brazos.
Hay algo de silencio
en donde habitan tus ojos y tu risa
en donde habla la voz de tus recuerdos.
Hay algo de pesar
que me acomete siempre que pienso
que repaso los días que se fueron
y sigo, pese a todo lo que siento.
Hay algo que te nombra
que echa sus raíces en mi carne
que corona de alas mi mirada
que navega mi sangre.
Hay algo que no muere,
hay algo que te llama,
hay algo.

martes, 30 de noviembre de 2010

Mariano Levin: La Tablada


Caminé por la calle de piedritas y el sol era una roca bajo el cielo. Apenas seguí el dedo del empleado que me señaló el camino cuando, apenas, susurré tu apellido. Como hace nueve meses volví al mismo sitio y te busqué entre los montoncitos de restos para decirte que la vida que sigue está vacía, pese a todos los esfuerzos que hago por llenarla de palabras, de colores, de abrazos. Y me quedé un rato mirando el sitio donde estabas durmiendo y el suelo se llenaba de lágrimas que te mojaron despacio. Y sé que las bebiste debajo de la tierra y el corazón se hinchó de palabras no dichas, de secretos guardados. Yo volveré, Mariano, para que no te quedes solo en ese cementerio alejado del mundo.

Última tarde de noviembre

Querría que me escucharas porque los pajaritos comen las migas que le dabas.
Querría que miraras el fondo cristalino de mis ojos.
Querría que rozaras mi boca con tus propias palabras.
Y me dijeras
cómo te borro del curso de los días
cómo te saco del rito cotidiano de mi vida
cómo te desalojo del borde de mi cama
y te hago recuerdo: liviano, volador, acariciante.
Y me dijeras
cómo hizo la muerte con su paradojal sonrisa
para dejarme sola
y con todo el amor que antes sosteníamos.
Querría que estuvieras en el verano que empieza a estrenarse
y es de una soledad que me atormenta
que me clava la sangre
y no sé a quién decirle que vuelvas de tu muerte a consolarme
a darme el corazón que te llevaste
y llueve sobre tu tumba en la última tarde de noviembre.

martes, 9 de noviembre de 2010

La muerte de las bestias


Murió. Todos algún día deberemos hacerlo. Murió sin darse cuenta de lo que le estaba sucediendo, inconciencia que no supo permitir a sus víctimas cada vez que ordenó que sus cuerpitos fueran lacerados, que sus hijitos fueran regalados, que sus viditas fueran arrojadas y sus almas nadaran entre las aguas mojadas de los ríos para alcanzar el cielo con sus alas. Murió en una cama blanda, con sábanas inmaculadas y médicos que trajinaron a su vera en un intento por salvarle eso que, en todos los humanos, denominamos vida y en él habrá sido un conjunto de sangre y carne y oxígeno enfervorizadamente turbios. Murió y habrá habido miles de bocas (treinta mil para no andar con aproximaciones) golpeando a la puerta de donde vive Dios para decirle que no, que no le concediera la gracia de la ausencia, que lo curara, que lo dejara vivo y lúcido para enfrentar el juicio de los hombres que lo llevara a una celda y entonces sí hacer lo que la muerte hace con todos los humanos: borrarlos de un plumazo y dejar la memoria instalada, el recuerdo perenne, la conciencia intacta. Murió Massera sin juicio justo, sin condena, sin vergüenza siquiera. Dante lo hubiera puesto en el noveno círculo: los que traicionan recibirán al tipo que se llevó cargado a tanto ser humano, que robó tanto niño, que tuvo tanta alma enrojecida con la sangre de mucho joven muerto. Murió Massera y no hubo justicia...¡qué tristeza infinita!

En estos días pasados en los que tantos se alegraron por la muerte de Kirchner,
yo, que me enfurecía ante esa alegría, pensaba, con inquietud,
cómo hacer el día que murieran estos tipos porque, nobleza obliga,
no se puede pregonar lo que no se hace y me imaginaba
en pleno descorche de bebidas brindadoras. Ahora sí puedo decir:
qué hijos de puta los que se alegran con la muerte de otro
como si la desaparición física fuera justicia.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Viaje

No comprendo, ni intento.
Hay aire alrededor y se satura de oxígeno mojado.
Se perpetúa una perfecta sombra que sabe a mar, a verano, a meseta desnuda.
Y voy por las orillas de los días buscando el agua que me falta, los árboles que quedaron hablando, la admiración de todo lo que ha sido en los ojos perdidos para siempre.
La nostalgia es una nave honda y he emprendido un viaje.

martes, 2 de noviembre de 2010

Mariano Levin: Día de todos los muertos



Vengo a golpear la tierra que te cubre con todos los pajaritos que criabas en tus miguitas y que ahora duermen en el hueco profundo de mi mano. Vengo a decirte que te levantes y me mires bailar con mi vestido blanco mientras el sol se llena de plumas, de canciones, de besos, de palabras. Te traigo mi recuerdo envuelto en un papel de seda, con un moño, para que vos, con tus dedos de hueso, lo rompas; así tenemos suerte y entre tu carne ausente y mi cuerpo que late se desparrama el aire de la fiesta, y el amor que está vivo más allá de tu muerte, tu insólito y estúpido obituario: "A los 58 años, por una leucemia que no comunicó ni a sus amigos más íntimos, murió el científico Mariano Levin." Y se quedaron tu risa afuera de semejante frase, tus manos sobre mi corazón dolido, todo lo que teníamos de luz entre nosotros todavía. Y ahora te arrimo el dulce que comías hecho de suaves pelusas de albaricoque tierno para que sepas que hay un cuarto que es tuyo, una caricia que a nadie pertenece más que a tu boca buscándome el oído. Y el Amor que es una puerta donde no entra la Parca. Ahora te puse una sillita a mi lado para que veamos cómo cae la tarde otra vez en los cerros chubutenses mientras el cielo vuela de tus ojos cerrados a los míos que guían todavía tus miradas.

sábado, 30 de octubre de 2010

Las manos de Cristina

Hubo algo de gesto trágico en esa mirada alta y en esas manos que fregaban el féretro para darle el brillo que ya tenía. "Es tu gente", parecían querer decirle al hombre que durante treinta y cinco años había sido el que entibiaba su costado en la cama, el que ahora le había sido brutalmente arrancado como cae la hiedra cuando se la quita del muro que la ampara. Frente a sus ojos empañados de lágrimas, sin que un solo movimientos delatara la hondura de su pena, desfilaba el otro protagonista de la tragedia: el coro. Esta vez eran hombres, mujeres, ancianos, niños, jóvenes -de a mares los muchachos, los que llevan la posta, los que tienen la bandera en la sangre, los entusiastas, los únicos, los nuevos. Y ella frotaba el ataúd para que él lo sintiera; para que, desde ese sitio impreciso donde el amor nos coloca a los muertos, escuchara esos gritos; a ver si con la euforia revivía y, quizá, la abrazaba. Pero los muertos son empecinados y no suelen levantarlos las manos amorosas que raspan las maderas que los cubren. Están ahí, quietitos, para siempre, mientras la tragedia se mueve a su costado en una cinta infinita de cuerpos que pasan, que gritan, que reclaman, que lloran, que hacen -por un instante- visible su condición de pueblo. Y ella allí, digna, dignísima, con su máscara que se quebraba a veces cuando el grito interpelaba su corazón dolido y se llevaba el rol para traer su cuerpo que ya iba sabiendo qué tiene la viudez de inconsolable. Ella allí, con la mirada alta, velada tras los lentes oscuros y las manos rozando la madera para horadarla, para hacer una grieta por donde hablarle al muerto, como otras veces, en el oído, para que viera el pueblo que cumplía con el rito, y el dolor que anudaba los cuerpos más dísimiles en una ola nueva.
-¿Hija, te vas?
-Y ya no vendré de nuevo.
-¿Y dejas a tu madre?
-Como ves, sin merecerlo.
-Detente, no me abandones.
-Prohibido derramar lágrimas.
Y vosotras, jóvenes, entonad un canto por mi destino.
¡Qué resulte un presagio feliz para los Danaides!
¡Que alguien apreste los canastillos,
y que encienda el fuego con los granos de cebada prificatorios!
Porque voy para procurar a Grecia la salvación y la victoria.

Eurípides, Ifigenia en Áulide.



jueves, 28 de octubre de 2010

El pueblo peronista


A Néstor, lo voté en el 2003 sólo para que no ganara el otro. No la voté a Cristina en el 2007 .
Ayer a la tarde tuve miedos diferentes, sentí cosas dispares que fueron desde la rabia por las palabras de quienes ya se relamían de la supuesta fragilidad de la condición femenina, que siempre parece necesitar de tutores masculinos para resistir; al miedo por fantasmas viejos vestidos de verde militar aunque lleven traje.
A la noche fui a la Plaza, junto al pueblo peronista -al no que no pertenezco- como otras veces en que estuve a su lado con una emoción que me nace en las entrañas y me sube a la garganta sin que yo pueda explicar qué es. Y el miedo se me fue cuando mi cuerpo se mezcló con esa masa compacta en la que apenas había espacios por donde transitar. Ese pueblo eran personas encuadradas bajo una bandera; eran personas sueltas; eran rubios, morochos, castaños, pelirrojos, altos, bajos, gordos, flacos; estaban vestidos con ropa de marca o en camiseta; eran padres, abuelos y niños; y eran muchos, muchos jóvenes.
Entonces lo supe: Cristina había enviudado y con eso le iba a tocar lidiar en lo más profundo de su corazón; pero le había nacido un muro de manos agarradas, de cuerpos ensamblados que la sostenían, que la sostendrían y le levantarían la mirada cuando se sintiera decaer.
Entonces lo supe: la única verdad eran esas personas; eran esos tipos que deambulaban con una florcita en la mano; esos que ahora gritan que nadie los llevó por un choripán, que están ahí porque tienen una ideología que no ha muerto, que sigue viva -le pese a quien le pese-; esos que piden respeto a su dolor cuando los hijos de puta de siempre desembozan su alegría; esos que tantas veces fueron maltratados, golpeados, olvidados, desaparecidos, torturados. Esas personas son la sangre de la patria y ellos -sólo ellos- son la única verdad.
Entonces lo supe: esa mujer -querido Rodolfo Walsh, ahora es otra- tiene los ovarios del tamaño de una montaña para estar como está, íntegra y dignísima, junto al féretro de su marido, con la solidaridad de su pueblo que le grita cara a cara su afecto, su apoyo, su solidaridad combativa; que le trae obsequios que ella coloca -como un personaje trágico- sobre el cajón.
Entonces lo supe:
Mientras las calles y las plazas estén repletas, NO PASARÁN.
Mientras los jóvenes vuelvan a creer que es posible cambiar la realidad, NO PASARÁN.
Y quise formar parte de ese pueblo, de esas personas que lloran, ríen, piensan, sienten y son la Patria.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Cristina

Nunca creí que iba a escribirte a vos.
Admiro tu capacidad discursiva y las cosas que hiciste contra viento y marea; sobre todo porque sos mujer y se sabe que siempre nos la hacen más difícil.
Pero más allá de esto, que poco importa en estas circunstancias, sos, ahora, una mina a la que se le acaba de morir el compañero. La muerte de un hombre amado es una horrible circunstancia: al principio una siente que es el otro quien ha muerto; después te das cuenta de que hay una parte tuya que se ha ido y no regresará jamás y entonces las sombras se ciernen en el corazón. No hay dimensión más honda y más desamparada que esa. Todos te dicen que tengas fuerzas y vos los mirás porque no entienden un carajo qué le pasa a tu pobre corazón desguarnecido. ¿Fuerza para qué si el otro se ha ido? Pero la vida sigue, se impone, se adueña de las horas y la memoria queda como un espacio de resguardo para refugiarse cuando la cama se hace ancha y las mañanas, tardes y noches tristes.
Ojalá puedas, ojalá sepas pasar esta tormenta. Que te moje la lluvia porque sólo ella puede lavar las heridas más anchas y profundas.
Si fueras mi amiga, te abrazaría fuerte y te diría que sólo el tiempo cura y hay que tener paciencia para soportar el mientras.
Vamos, Cristina, te cuidamos todos con nuestras manos.

viernes, 22 de octubre de 2010

Comparaciones

La distancia que media es apenas diminuta y pasa en mi cerebro.
No hay otra cosa afuera que químicas diversas y telares que tejen dibujos sorpresivos.
Me recuesto en el aire que pudiera tenerme para que caiga una lluvia de manos y recuerdos que me moje el centro impreciso del cuerpo, esa médula ósea que podía albergar sorpresivas sustancias y sólo dio otra muerte -enrollada como una serpentina de pinchazos-.
Después abro los ojos y veo lo que pasa: una voz que me nombra, unos ojos -azules- que me observan, una boca que me habla.
No sé cómo se sigue por la vida, pero se sigue.
La voluntad es una fuerza misteriosa, agazapada, honda.
A veces no querría recordarte, pero te nombro y tu nombre es un árbol que me ofrece dos sombras y me atormenta el tiempo con sus ráfagas claras sobre mi piel mojada.
Guardaré las palomas en un frasco de vidrio y saldré a la vereda a ver cómo el invierno se vuelve primavera.

jueves, 14 de octubre de 2010

El muelle


Supe lo de su padre y, cuando la vi en el muelle, con la mirada perdida y la canasta sobre la falda, esperando la lancha, no pude menos que acercarme, colocarle una mano, liviana pero contenedora, en el hombro y decirle:
-Me enteré de que su papá está grave. Lo siento mucho.
Ella levantó unos ojos dolidos y suspiró:
-Y el perro. El perro también.
No comprendí sino al rato. Me senté en el banco, a su lado, y la vi llevarse a los ojos varias veces un pañuelito blanco que ocultaba en su mano izquierda. No sollozaba, - a nuestro alrededor, el silencio del delta era casi sólido- pero las lágrimas caían por sus mejillas sin que pudiera detenerlas con ningún otro gesto que el del pañuelito discreto cada tanto.
Cuando la lancha llegó, me saludó con un leve movimiento de cabeza y la miré subir para sentarse en un asiento vacío junto al conductor.
Después de eso, volví a encontrarla un par de veces más, menuda y cabizbaja.
-¿Y su papá?
-Sigue mal. -repondió con los mismos ojos acuosos para quedarse en silencio unos segundos intentando consolar algún atávico dolor y agregó con un suspiro: -El perro también.
Yo traté de recordar al animal; pero su silueta se me diluía y mezclaba la de los otros perros sueltos de la isla. A veces me parecía que se refería a un animal blanco y pequeño que recordaba haber visto dormitando al sol, y otras creía que hablaba de un perro amarronado que debía tener gotas de sangre alemana en sus venas de mestizo perro isleño.
Como fuera, a quien sí recordaba con precisión era al padre: un hombre alto y corpulento que la doblaba en tamaño y peso. Los veía caminar por la vereda del arroyo, rumbo al muelle y me parecían una extraña conjunción: la hija, diminuta y frágil; el padre, enorme y avasallador. Él se sentaba en el banco y ella, siempre, permanecía detrás, con la cabeza gacha y de pie. De la madre nunca supimos nada. Cuando llegaron a la isla eran sólo ellos dos. Al principio nos costó determinar el lazo que los unía y pensamos que se trataba de un hombre mayor casado con una mujer mucho más joven. Sólo el tiempo y el trato escueto que otorgaron a los vecinos nos hizo entender. Ella siempre nos pareció enfermiza y asustada. En verano usaba un vestidito con flores de un gastado algodón celeste que nunca se sacaba, y, en invierno, un abrigo verde raído de tan viejo. A él se lo veía sentado en el porche de la casa, fumando un cigarro; mientras ella trajinaba trabajando en el jardín o en la casa. Nunca la vi sonreír, amarillenta y desmejorada, acompañada de ese perro de cuya existencia yo tenía memoria, pero no acertaba a describir.
A la semana la encontré en el almacén, me saludó tímida al guardar la compra en su canasta.
-¿Y su papá? ¿Sigue mal?
-Muy.- musitó apenas, y agregó mientras pagaba: -El perro tampoco mejoró.
Me quedé mirándola salir hasta que la voz de don Antonio me sacó de mi ensimismamiento.
Algo raro había, dijo, enfermarse tan grave un hombre sano y fuerte era incomprensible. Y menos que menos así, de repente, sin que nadie hubiera visto el momento en que la lancha lo había recogido para llevarlo a la ciudad.
Volví a ver al hombre corpulento fumando en el porche y a la menuda muchacha cargada de leña a través del jardín.
Pagué a don Antonio y regresé pensando en la extrañeza de la situación hasta que, poco a poco, mis propias preocupaciones me invadieron y la olvidé.
Tres semanas más tarde la vi en el muelle. Tenía una caja de madera en la falda y, sobre el banco, temblaba la llama de una vela amarilla. No me atreví a interrumpirla. Cada tanto metía la mano derecha en la caja y sacaba unas cenizas que arrojaba al río mientras se secaba las lágrimas con el pañuelito que ocultaba en la izquierda. Cuando terminó su ceremonia, apagó la vela, la guardó en la caja y se levantó.
Entonces salí del recodo donde me había resguardado y la saludé.
-Cuánto lo siento- dije.
Ella asintió con los ojos enrojecidos por el llanto. Yo quise abrazarla, pero se la veía tan atravesada por el dolor que sentí que su angustia era inabarcable y la ponía alejada de cualquier consuelo o contención. La pena tiene dimensiones inconmensurables para el que la mira como espectador. Me vi fuera de su tristeza y quise agregar algo que la obligara a hablar, a decirme algo que pudiera penetrar la coraza de su distante dignidad y me hiciera sentir heroico y generoso, un hombre capaz de ampararla en su sufrir.
-La vida es así.- agregué mirándola- Los padres se mueren y a los hijos les queda el penar.
Ella levantó los ojos y me observó sin comprender. El silencio del delta se hizo piedra a nuestro alrededor.
-Su papá.- susurré incapaz de soportar tanto vacío.
Ella entonces entendió y sonrió con el único gesto nostálgico que le conocí.
-No. No. Fue el perro el que se murió.
Y con una inclinación de cabeza bajó por el senderito y se marchó.

lunes, 11 de octubre de 2010

Conversaciones en la madrugada


Hablar es cavar en la tierra hasta llegar a un hueco muy profundo donde la luz se vuelve sólida y hay que nadar buscando las palabras para sembrarlas y que crezcan estrellas en la boca. El alma se desgaja como una piel desnuda para que broten yemas verdes, botones de flores anudadas y pájaros de alas desatadas. Somos todo raíces y buscamos el centro de un misterio.

Gesto caligráfico

Gesto caligráfico

viernes, 8 de octubre de 2010

Amanecer de una semana de premios incomprensibles

Me desperté a las tres de la mañana pensando que eran las seis. Hice mate, le escribí a mi hermano y prendí la tele para ver la temperatura. Cuando vi las tres, me dije "Qué boludos, tienen mal la hora" (Admitir la propia responsabilidad jamás... La culpa es siempre de los otros.) Tomé mate, cargué música en el celular y me dije: "Qué oscuro está." Miré la hora en el teléfono y vi que eran 3:25. Me fui a leer a la cama un rato. Me dormí pensando que no me gustaba ni cinco que Vargas llosa se hubiera ganado el Nobel (¿Cuándo para Gelman, eh?) y soñé que compraba tres potes de yogur griego y me los comía en una estación de tren. Me despierté a las seis para oír que el de la paz se lo dieron a un chino. Estos suecos están muy muy mal. Por eso tienen tan alto porcentaje de suicidios...

sábado, 2 de octubre de 2010

Querer


Quiero tener la limpidez del arroyo que pasa entre las piedras sin preguntarse cómo debe hacer para sonar. Quiero tener la paciencia de la semilla que revienta de humedad para abrirse en verdor y se abandona en la convicción de la planta que será, pero aún desconoce. Quiero tener la serenidad del pájaro que cada otoño emprende el regreso por un ruta que no figura en ninguna carta más que en su mirada. Quiero tener la hondura de un cántaro que junta agua y la perfuma con su vientre de arcilla para apagar la sed. Quiero tener la belleza de una mariposa que no piensa qué color de alas la refleja más. Quiero ser la misma que fui ayer con todo lo que sé hoy y poder abrir las puertas entrecerradas de mi corazón. Del otro lado del día está el sol que me entibia los brazos y me propongo empezar a cantar.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Apenas

Una pequeña línea.
Un color diminuto.
Una efímera pincelada.
Un punto imperceptible.
Un matiz instantáneo.
Después, todo vuelve a la normalidad.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Mañana de sol

Alejada de las palabras que me buscan para morderme los talones, deambulo en la emoción que escapa a las denotaciones y se sumerge plena en el océano connotativo de las dudas, los desasosiegos, las alegrías. A veces me detengo en el agua de los recuerdos que me mecen, pero el pasado es una cubeta de cristal que llevo en mis espaldas. Hacia adelante hay una mañana de sol y es toda mía.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Algún día

Algún día entornaré la puerta y te veré a trasluz y escucharás mi voz que dirá otras cosas y me dirás -bajito, como dicen los muertos- que ya era hora.
Algún día apoyaré las manos sobre otras superficies y sentiré la piel tiritar bajo la lluvia que me moja y me dirás -bajito, como dicen los muertos- que te olvide porque ya sabes que eso es imposible.
Algún día cerraré la humedad de mis ojos y volverán a crecer semillas en mi vientre y me dirás -bajito, como dicen los muertos- que el mundo se deshace si no se abre la boca para decir que es necesario estar en vida cada día, estar de pie cada mañana, tensar las piernas, la espalda, los largos brazos que parecen dos alas y volar hacia un cielo sin sombras a pura luz en medio de los días que se mojan de lágrimas, de risas, de recuerdos.
Algún día abriré tu cajita y saltará el perfume que tenía tu risa y podré cobijarte en medio de mis brazos y contarte cómo sigue la historia, por dónde me llevaron mis pasos, que hice de la dicha que me diste, cómo aprendí a vivir sin tenerte a mi lado y entonces sabremos que la vida se sostiene y perpetúa pese a todas las muertes y en mi casita azul, a orillas de otros mares, estará tu retrato porque todos habrán aprendido a quererte.

Rojo


Hay que limpiar los senderos.
Una no puede quedarse durmiendo en los recodos donde se está tan quietamente segura.
Afuera un auto pasa y su estela roja queda suspendida unos segundos en el aire.
Me miro las manos y empiezo a reconocerlas como mías.
He subido los siete escalones de la sabiduría y cada vez sé menos de lo que creía saber cuando estaba abajo.
Sé que los muertos se murieron.
Sé que los vivos queremos morirnos junto a ellos.
Sé que entendemos que es una parte nuestra la que ha muerto.
Sé que hay otros fragmentos que continúan vivos.
Sé que nada termina y todo sigue su curso lentamente.
Sé que el duelo puede ser un refugio redondo donde nada alcanza a rozarme.
Sé que el auto pasó y su estela me golpea en el rostro y su aroma de acero me estremece el olfato y arriba el sol se refleja en sus vidrios.
Y me pregunto cómo ha sido posible -qué otra cosa debería pensar en estas circunstancias-
La tercera persona para asumir que hace ya siete meses que la vida era otra y que ahora es esta: imperfecta, insegura, vacilante, dolorosa y aciaga; pero esta: la que tengo en las manos que vuelvo a observarme y que tocan la estela roja que ha dejado el auto como una reverberación bajo el sol de la tarde.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Película

Si en vez de haberte muerto, nos hubierámos gritado hasta el agotamiento y yo hubiera dado un portazo que todavía conmoviera los cimientos de los días, todo sería ahora más claro: lo llamaríamos revancha y nada más. Pero tuviste la genial ocurrencia de perderte para siempre y lo último que me dijiste fue tu risa -tu única y cristalina risa- y algo de una deuda sin saldar que yo tenía con tu cromosoma Y. Andá, te dije, y llamame cuando salgas así mis XX te pagan como saben pagar. Pero nunca me volviste a llamar. Y cuando yo te fui a buscar, dormías en esa blanca habitación helada de un canicular febrero que sólo tenía prisa por terminar. Todo es parte de una película que hace esfuerzos por continuar y aunque he apagado la pantalla, ella insiste en volver a titilar.

Inscripciones

Los inevitables jirones que el viento mueve todavía, y el aire se desagaja en los recodos de los paisajes en los que apenas me atrevo a caminar. Yo dije que decíamos algunas cosas -todas sin trascendencia- que se morían en unas tazas de té mientras la noche iba cuajando su superficie de estrellas diminutas. Ahora escribo y los pájaros arrastran el amananecer como una sábana limpia detrás de mi ventana. Querría tirarme a descansar en silencio, pero los abejorros de mis recuerdos zumban en el espacio que dejan mis orejas y allí hacen un nido tibio donde empollan un pasado que todavía era ayer. Mi cuerpo está inscripto con un tatuaje indeleble donde soplan las rápidas ráfagas del mar. Y nada más.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Verde


De todos los colores hoy elijo el verde.
Porque sí.
Porque aflora el oxígeno de la sabia nueva y el agua borra la pena.
Porque el horizonte no tiene ni fronteras allá.
Porque mi vestido verde cuelga en una percha donde el sol se demora para hacerlo brillar.
Y todo porque sí.

Cuestiones


¿Dónde, en qué libro, en qué hoja ajada por el tiempo está escrito el lapso exacto de los duelos, la proporción directa entre los bellos días y el tiempo en que debe lamentarse una partida? ¿Cuál es el metro patrón que dictamina que la cicatriz se abre, se cierra y se supera? ¿Cuál es el tiempo en que los velos negros deben caer o ser llevados por una brisa fresca? ¿Quién puede decir si este es el día, la hora, el minuto en que la sangre se limpia y no es traición ni olvido ni siquiera angustia? ¿Quién sabe en qué consiste la extensa pena de la muerte que nos sucede a los que nos quedamos y vimos morir los nombres que teníamos, los secretos a medias murmurados, los lugares vividos, las caricias sentidas? ¿Quién recuerda - si no yo- las hojas de los tilos que caían sobre los desayunos, las palabras pausadas, las risas de domingos? ¿Hay otro sitio donde eso perdure que no sea la memoria que guardo? ¿Hay otro sitio adonde esté ese tiempo, larvado pero muerto? ¿Quién puede decir cómo sigue la vida, qué rutas son las que deben transitarse para no plegar los mapas para siempre en un cajón que huele a tristeza y congoja? ¿Qué debería saber para que el tiempo siga desgranando sus segundos hacia adelante y caigan en las playas las olas de una insólita alegría? ¿Qué trae la primavera -otra- de flores y de brotes que sean para mí que en ese afán de la palabra lo digo tantas veces? ¿Qué frases quedaron subrayadas, escritas en los bordes a dos letras y perdurarán eternas y nada las reeemplaza por que el alma -lo decía santa Teresa- tiene muchas moradas y entodas se abren nuevos cuartos y pasillos y el sol da en mañanas que serán diferentes, sin que nadie intente cuantificar el calificativo? ¿Quién puede decir que esto que digo no deba repetírmelo mañana cuando abra los ojos y sea lunes y se acabe el invierno y vuelvan los días a tornarse livianos como médulas nuevas? ¿Quién puede asegurarme que la vida no es abrir las ventanas, sacudir los armarios, cerrar viejas maletas y ver qué pasa coin los tickets del viaje? ¿Es tan sólo escribir, dibujar y envolverme para que pase el tiempo y yo me desteja al lado de una estufa?
Como siempre, las respuestas se conocen andando.


Como el mar, mi amor es de profundo; pues cuanto más doy, más tengo.
W. Shakespeare, La tragedia de Romeo y Julieta

domingo, 12 de septiembre de 2010

Los árboles del recuerdo

De pronto los árboles son largos gigantes que rozan con facilidad el cielo y yo los miro desde abajo. Mi corazón bombea sangre roja y me disuelvo en las horas que pasan junto a las nubes que se enredan en las ramas. Hay días, como estos, en que no sé de qué sustancia están hechos mis recuerdos: algo de piedra, de viento, de olas congeladas y el tiempo que no se lleva nunca nada. Vos me mirás desde la orilla de tu muerte que fue aquí nomás.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Anécdota escolar XCII: Cuando Martín Lutero tuvo un sueño


Profesora: Vamos a ubicarnos en el contexto histórico del siglo XVII para poder empezar con el Barroco. El mapa del predominio europeo cambia: la Armada invencible de Felipe II es derrotada, España pierde el dominio de los mares y el Imperio donde no se ponía el sol comienza a mostrar sus grietas. ¿Recuerdan el personaje del escudero del Lazarillo? Así vive la nobleza española su propia decadencia. Además los Habsburgo, como casa reinante, muestra sus peores frutos: Carlos II, Felipe IV... ¿Alguien sabe qué pasa con la religión en toda Europa?
Alumnos: ...
Profesora: ¿Reforma? ¿Contrarreforma?
Alumnos: ...
Profesora: ¿Pueden decirme quiénes eran los protestantes?
Alumnos: ...
Profesora: ¿Saben quién fue Lutero?
Alumnos: ...
Profesora: Vamos, chicos, Martín Lutero. ¿No saben quién fue Martín Lutero?
Alumno 1: (Desde el fondo) Ah, ese sí...un norteamericano fue. Martin Luther King. Uno que decía algo sobre un sueño.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Anécdota escolar XCI: En una evaluación de sintaxis

Profesora: (Mira al alumno que tiene el ceño fruncido ante la hoja.) Te veo cara de sufrimiento.
Alumno 1: Y sí...ni te imaginás cuánto estoy sufriendo.
Profesora: Se te nota, se te nota.
Alumna 2: ¿Y yo? ¿No ves también mi cara? ¿A mí no me decís? Yo estoy sufriendo con esto.
Alumno1: ¡Callate la boca, piba, estamos hablando de mi sufrimiento!

(Al rato.)
Alumno 1: ¿Viste eso que dijiste el otro día?
Profesora: ¿Qué cosa?
Alumno 1: Ese consejo.
Profesora: ¿Qué consejo?
Alumno1: Ese de que uno tiene que predisponerse bien porque así ya tiene el 50% de la evaluación hecha.
Profesora: Sí.
Alumno: Bueno, quiero decirte que tu consejo no sirve para nada. (Risas generales)

domingo, 29 de agosto de 2010

Pensar

Pienso en vos
y en el huevo de luz en que nuestro amor se deslizaba, feliz, hacia la concreción de sus deseos.
Pienso en vos
y en tu boca que me hablaba al oído en la penumbra del cuarto.
Pienso en vos
y en tus manos que buscaban mi espalda para alzarse con mi aroma como un perro abandonado.
Pienso en vos
y en las palabras que me decías para anudar mis tobillos huidizos a tus días.
Pienso en vos
y en todas las cosas que no dije, que temí, que quería.
Pienso en vos
y en el dolor profundo que me clavó tu muerte en las costillas.
Pienso en vos
y el pensamiento cae en mis rodillas solas
y lo acuno para que deje ya de llorar y se consuele.

domingo, 22 de agosto de 2010

Mutación

Te desvestís de tus fracasos
para emerger con una piel distinta.
Atrás quedaron las violencias,
adormecidas en el lado de la desolación.
Con paciencia infinita
te visitan las palomas de la alborada
para construir sus nidos
en la ternura que va creciendo en su lugar.
Unos bichitos verdes trazan sendas de fulgurante brillo
en el revés de tu cuerpo;
cuando te tensás de tristeza
y hacen ruido de lentejuelas en cada una de las lágrimas
que saturan tus párpados.
Te mirás las manos vestidas de musgos amarillos
y ves la sangre,
bajo tu piel traslúcida,
volver a correr una vez más.
A veces te estalla la cabeza
como una gran pompa de agua
y te ahoga con sus glóbulos de oxígeno irrespirable.
Caminás con el paso escurridizo de los peces plateados
hacia donde se terminan las sendas
y sólo quedan selvas silenciosas para desbrozar.

El miedo

El miedo teje sentado en la puerta de la casa
y mueve las agujas como pequeños insectitos negros
tan rápido, tan rápido que no se pueden ver.
La lana es un hilo rojo que quema en punto acero.
Y el miedo teje
y custodia la puerta con un ojo prendido en el tejido
y otro en los dragones que cría en su boca cuando aúlla.
Cuando el tejido toca el suelo
las baldosas se queman como si fuera fuego,
se derriten,
y flota el miedo
con sus agujas de insectitos negros y sus dragones que se inquietan con el calor.
Crece la sombra en la nada del suelo que no existe y que se traga todo.
Mira hacia atrás para que nadie espíe las espinas
que ha comenzado a clavar en el perfil del día.
Y el miedo teje
y la sombra espina las superficies tersas hasta hacerlas sangrar.
Teje el miedo como si su tejido fuera una ropa que uno se pudiera sacar.

La canción

El tiempo canta una canción muda.
Sólo hay que dejarlo correr.

El mojado

El que mira oleajes de dolor
puede -a veces- pensar en el peso específico del sufrir;
pero jamás llegará a tocarlo esa espuma.
Por eso -a veces- abraza al mojado
Para sepa que hay algo seco donde descansar.

viernes, 20 de agosto de 2010

Pajaritos

A Pablo W.
Los pajaritos de mi corazón buscan tu pecho para llenarlo de cantitos; y mientras cantan puede que una semilla se les caiga del pico, encuentre la tierra fértil de tu sangre para que broten árboles y su viento te limpie la tristeza dolorida con hojas verdes en tus pupilas a la orilla del sol.

Maternidad

Para quienes carecimos de madre aunque ella nos hubiese criado hay dos posibilidades: repetir o cambiar.
Lo primero abisma la orfandad y perpetúa las estructuras de una tradición.
Lo segundo tiene el color de una revolución: podrá dejar heridos; pero tiene la esperanza de un mañana mejor.

Ver morir es peor que morir, para que sepas.

Solo se queda el vivo con la muerte del otro
y la mastica para poder tragarla.
Pero vuelve la muerte con su carne incomible.
El que se muere se murió y no come.
Tuvo su pena si pudo pensar que se moría, que se estaba muriendo.
Pero el que tiene una mesa tendida y agua
y nadie se sienta con él en el enorme desconsuelo de la pérdida,
se está muriendo cada día
y nadie se da cuenta.

Los dolidos

¿Qué esperan los dolidos en su cueva
con una cama donde
espantos, miedos, duermen cada noche?
Juan Gelman

Los dolidos se duelen
en su cama de fango que los traga
cada noche,
cada día en espera de que llegue la hora.
Engrosan de tristeza, de pena, de agonía
de ser tanto lo que no son y no saben qué es.
Se saturan de palabras y quisieran silencio,
pero llega la noche,
y la cueva de su cerebro
se completa de monstruos pegajosos,
ocultos en las circunvalaciones terribles
y se inflaman los órganos como esponjas debajo de una lluvia copiosa.
Entonces sólo queda la palabra
y los ruidos lejanos y familiares de alguien que busca trajinar en la cocina.
Los cacharros, el agua y el perfume de una cena que se va en la distancia
amansan las serpientes hasta llevarlas a la zona de la cordura familiar.
Sólo entonces, los dolidos pueden doblar su dolor,
ponerlo debajo de la almohada para el día siguiente
e intentar que llegue algo parecido al sueño
blanco como la nave dolorida de su sufrir.

viernes, 13 de agosto de 2010

El sacrificio

Siempre supuse parecerme a mi madre. Tal vez el género determinara en mí esa idea o fue aquel mediodía en que mi padre trazó una línea imaginaria que nos dejó a ella y a mí de un lado de la mesa y enunció quiénes eran los cuerdos y los locos en esa casa. Era un hombre bueno mi papá, pese a esas ideas que buscaba denodadamente para sobreseerse de lo que era evidente para todos, pero no podía decirse: que el hilo rojo de la locura nos había anudado fuertemente entre esas cuatro paredes.
Recuerdo que, una tarde, volvíamos él y yo en su auto y dijo: "En una familia, para que los demás sean felices, alguien debe sacrificarse." Si cierro los ojos, puedo reconstruir en mi memoria el peso de sus manos sobre el volante y la tristeza de sus ojos grises. Alguien debe sacrificarse... dijo mi padre. En estos días, tan duros y difíciles, sus palabras me persiguen y me asaltan en la senda peatonal, en el asiento del transporte público, en el momento en que la tiza blanca traza una línea contra la pared negra de una pizarra. Alguien debe sacrificarse...
Tal vez, mi padre no sabía que, si uno solo se sacrifica para que los otros alcancen la felicidad, algo funciona mal desde el vamos. Y los felices, aunque lo ignoren y vayan tan livianos por la vida, también están sacrificándose porque han perdido su dignidad y eso es lo más terrible que puede sucederle a un ser humano.

martes, 10 de agosto de 2010

Día 9

Nadie llamó a mi puerta.
Nadie escribió una tarjeta.
Nadie envió flores rosadas.
Pasó este 9.
Y pasarán los otros cada año sin que nada suceda
porque vos te moriste y faltaste al festejo.
Cada día es un monte que escalar y coronar la cima.
Ayer era un abismo debajo de mis plantas:
sin vos,
sin tu tarjeta,
sin tus flores rosadas,
sin nada que decir este 9 de agosto.

domingo, 8 de agosto de 2010

La maletita de Mariano Levin


A veces volvés con tu maletita de muerto y golpeás la puerta de mi cuarto para que yo te abra. Tenés la cara pálida -de tantos días de estar bajo la tierra-; pero seguís riéndote como cuando dormías en esta misma cama. Con tus dedos de huesos descorrés los cerrojos para mostrarme lo que viniste a traerme: un dibujo mío que te gustó, una canción que bailábamos , una lluvia de flores amarillas de tilo, unas piedritas de colores que juntamos en la Patagonia y que todos se olvidaron de darme, un cuaderno repleto de palabras que escribimos, unas fotografías, un perfume. Desplegás tus regalos como si fueras mercader en una tienda persa y yo te miro hacer con los ojos arrasados de lágrimas porque sé que estás muerto, que te irás nuevamente y que con vos se irá todo lo que tuvimos juntos; porque sé que al morirte se me murió un pedazo de historia, un fragmento de alma, una fracción del cuerpo y eso es irremediable. Eso es la muerte entonces: lo que a mí me desapareció cuando vos te moriste.

jueves, 5 de agosto de 2010

Anécdota escolar XC: Cuentos chinos


(La profesora termina de leer el mito chino de la creación.)
Profesora: ¿Qué antítesis estructura este relato mítico?
Alumno 1: La luz y la oscuridad.
Profesora: ¿Se manifiestan la una independientemente de la otra?
Alumna 2: A mí me parece que no: no hay luz sin oscuridad, ni oscuridad sin luz. En el mito de Pa'n Kuh eso queda clarísimo.
Alumno 3: Bueno, no hay bien sin mal, cielo sin infierno...
Alumno 4: (Interrumpe.) ¡Claro, es el ching y el chang!

miércoles, 4 de agosto de 2010

Noche de invierno

Voy por la calle y es de noche. Hace frío y todos están en sus casas. Por las ventanas, una luz amarilla y tibia dora los cristales y las familias comen repartida alrededor de una mesa común. La soledad es un círculo vacío que va rodeándome adonde desee ir. Todos hemos tenidos nuestra parte punzante de dolor, pero el mío carga la culpa de otra posibilidad que no deja de sentirse como una traición. No hay más que acericos violáceos en los que clavo uno por uno los alfileres y las agujas de la pena. Nadie habla más acá del silencio en que mi alma nada, perdida ya de vos.

sábado, 31 de julio de 2010

Scherezada y el único cuento importante


"Ahora", dijo el príncipe. Pero, Scherezada, que no en vano era su madre y ya tenía larga experiencia en monarcas inmediatamentistas, lo miró con ternura y dijo, "Ahora no; mañana." "Para mañana falta mucho.", exclamó el niño. "Sí" , agregó ella, "pero siempre llega." Y al día siguiente cuando el príncipe volvió a decir ahora; ella volvió a aclarar que mañana. Y así se pasaron una larga temporada jugando con los adverbios de tiempo hasta que un buen día el que ya era un joven despertó, la halló dormida a su costado en un sillón, la abrigó con una manta y cuando ella entrebarió los ojos, agotada, susurró acariciandole el rostro avejentado: "Duerme, mamá, ahora yo te cuido. Ya veremos qué hacemos mañana."

miércoles, 28 de julio de 2010

Mariano Levin: ciento cincuenta desayunos de ausencia


Según se mire, cinco meses es un parpadeo o una eternidad. Para mí son ciento cincuenta desayunos sin vos, varios libros escritos que no leíste y un diálogo que se ha vuelto monólogo... así de ancha es tu ausencia, Mariano.

martes, 27 de julio de 2010

Deseos de julio

Querría que aprendieras a ver los caparazones transparentes de las tortugas que te rondan y que con un cuchillito de amapolas desterraras a los insectos que suben por tus tallos. Querría que el sol se abriera como una pulpa jugosa en las tardes del frío y te bañara, mientras cantás debajo de sus luces. Querría que juntaras tréboles frescos y caracolas de nácar para armar un refugio de náufrago y reposar allí de todas las tormentas. Querría que se abriera la tierra para depositar en el hueco de lava la montaña de penas y que el fuego quemara, irremediablemente, lo que el pasado posee de muerto. Querría que entendieras cómo viven el viento los álamos extensos y te dejaras mecer en el arrullo que los atraviesa.

Tristeza

No se va. Permanece como un espejo idéntico que me refleja y deforma. Cuando intento ocultarme, me persigue hasta los vértices del cuarto donde duermen las arñas de la desdicha desde siempre. A veces suelo interrogarla; pero, después, es peor porque me ataca con sueños dulces que me dejan vacía de todas mis memorias. Hablo e intento escapar en el torrente de palabras que me satura; pero ella es inmune a las palabras. Me las devuelve en una sedosa esquela que, junto a la firma, oculta un puñal para que yo abra mi carne y vea cuán desnuda he quedado de todo.

sábado, 24 de julio de 2010

Gracias por tanto afecto en el día de mi cumpleaños



No sé cuándo decidí enseñar. Quizá cuando tenía pocos años y mi papá me había hecho un mueble que tenía un pizarrón. Yo ponía a las muñecas y a mis hermanos en fila y les daba clase. Quizá haya sido entonces. Lo cierto es que pasaron muchos años y yo sigo jugando a lo mismo, pero, ahora, en vez de muñecas y hermanos, están ustedes. Ahora sé que, cuando una sigue de grande con los mismos juegos de la infancia, la vida tiene prolongados instantes de felicidad. Y yo, pese a todos los dolores y tristezas que me vienen dando tupido hace varios años, soy feliz dando clase. Me divierto con ustedes, aunque me enoje, aunque los rete, aunque sea antipática, maleducada, sarcástica y a veces más de uno desee despeñarme por la escalera.
Sepan que les doy lo mejor que tiene mi alma: los libros y la posibilidad de escribir para que lo que tienen en el corazón no se les pudra adentro y salga transformado. A mí, las palabras -las mías y las de los otros escritores- me permitieron sobrevivir: me sirvieron de flotador cuando me ahogaba, de caricia cuando me sentí sola, de explicación cuando no comprendía, de indicador cuando no sabía por dónde andar. Ojalá, desde el frente, pueda yo enseñarles eso: a sobrevivir con entereza y alegría. Las cosas malas y las buenas en la vida, pasan como el viento. No hay que aferrarse a nada, sólo dejarse atravesar. En medio del dolor más agudo y las istuaciones más terribles siempre alguien tiene la luz de su cocina prendida para mostrarnos que tenemos un lugar para llegar y descansar.

Gracias a todos - a los amigos de siempre, a los nuevos amigos, a los alumnos de ahora, a los de tiempos inmemoriales, a mis hermanos, a mis sobrinos, a mi hijo querido y a los hijos que he ido adoptando por ahí.
En un cumpleaños marcado por la ausencia me poblaron el vacío de mensajes y cariño y me gustaría poder abrazar uno por uno a los más de 400 que se acercaron a mí de una u otra forma para hacerme saber que están, que me valoran, me acompañan y me quieren.
Sólo deseo un poco de tranquilidad para los próximos 365 días que empezaron hoy.
Ojalá pudiésemos darnos todos cita en una plaza alrededor de un mantel de pic nic lleno de cosas ricas y charlar hasta que se oculte el sol.
Los quiero.
Juli

viernes, 23 de julio de 2010

Frambuesas


Mi hermano Pablo tenía ocho años, Mariano diez y yo catorce. Los tres juntábamos frutillas silvestres en la costita de la Península de San Pedro a quince kilómetros de Bariloche, en la cordillera patagónica: fuentes y fuentes de frutillas que lavábamos en el lago heladísimo y comíamos mientras hablábamos... vaya a saber uno de qué. Pero las frambuesas tenían eran otra cosa.
Buscábamos en la cocina -que tenía uno de esos artefactos a leña- una fuente enlozada y caminábamos, los tres, cuatro kilómetros por un camino de tierra juntando piedritas y flores en la vera hasta llegar a la Estafeta que quedaba casi casi al borde de la ruta de asfalto que llevaba a Bariloche. Era la Estafeta de la señorita Cathy adonde llegaban todas las cartas de la Península y tenías que pasar a buscarlas porque no había cartero. Cathy era una vieja inglesa, muy flaca, muy traslúcida, de ojos claros, muy solterona y muy inglesa. Contaban que el día que tuvo que sacrificar su vaca lechera, se calzó unos guantes de raso largos y le disparó enguantada con una pistoletita de cachas de nácar. Le dejábamos la fuente a Cathy y teníamos que volver a las dos horas. Cathy nos la daba rebosante de frambuesas, una montaña de frambuesas que le pagábamos con unas monedas y retornábamos comiéndolas y manchándonos los dedos y la ropa con su jugo violáceo. No sé cuántas monedas le dejamos a Cathy en los veranos de la Península, pero, a veces, íbamos varias veces en un mismo día y, como buenos hermanos, nos peléabamos por ver quién comía más o menos frambuesas. Quizá sea la fruta que me retrotrae a los escasos momentos de infantil alegría que tuvo mi infancia y, por eso, cada vez que veo bandejas las compro para volver a mancharme, para volver a ver los flacos dedos de Cathy tendiéndonos la montaña rosada ante nuestros tres pares de ojos extasiados, para que mis hermanos vuelvan a estar cerca mío y los tres nos miremos la cara rebosante de jugos violáceos.

Para Pablo y Mariano Pinasco que podrían vivir más cerca, carajo.

martes, 20 de julio de 2010

Camino

oTodos los días caminamos: con pequeños pasos para adelantarnos sólo un tanto así. Pero ese tanto es una gran zancada, que nos deja cada día más cerca del río por donde el agua fresca corre. A veces nos quedamos detenidos, otras nos desgarramos de dolor y cansancio; pero ya vamos aprendiendo a engañar a nuestras propias trampas para que no nos ganen. Hemos pasado siete largos, oscuros y luminosos días. Ya sabemos que para rozar el día quince, hay que pasar el ocho, el nueve y así... Tiendo mi mano para tomar la tuya cada vez que me necesités.

sábado, 17 de julio de 2010

Faro


La vida- esa que nos ha maltratado tantas veces- nos está dando otra oportunidad.
Es que lo que creíamos perdido quizá siempre ha estado en su lugar.
Éramos nosotros los humanos imprudentes que hacíamos rodeos para no dar con él.
A la vuelta de un camino aguardaba la esperanza para envolvernos con su abrazo suave.
Acá estoy -como estuve cada uno de los días anteriores-.
Ahí estás -como estuviste desde el primer día que supe de vos-.
Lo demás, lo que nos ha sucedido en olas sucesivas de pena y felicidad, es una historia para contar en las noches oscuras cuando nos sentamos frente al fuego porque la hora es larga y hay que transitar su desvelo imperioso.
Nada ha cambiado en esencia, aunque sea tan diferente esta vez.
De todas las lecciones que recibo, la tuya es la que aprendo cada día con mayor dedicación.

La próxima Navidad

¿Y cómo haré la próxima Navidad cuando se hagan las doce y vos no estés y yo esté comiendo sola sin tu regalo y en medio del silencio en que quedan los que tienen una parte del alma que se ha muerto , pero siguen acá?
¿Qué cosas deberé, entonces, decirme para que el día pase y no suene hueco ni áspero ni roto?
¿Cómo esperaré que se acaben los fuegos artificiales y el verano se ahogue en la mesa deshabitada del festejo que yo ya no tendré?
Nadie podrá reemplazar tu lugar en la mesa y es una pena profunda como un beso que tu sitio haya quedado vacío y exista aún la Navidad.

sábado, 10 de julio de 2010

Anécdota escolar LXXXIX: El diario de Yrigoyen.

Profesora: El título del capítulo, "La hija de Pasifae" es una clara alusión a la cultura dominante en la colonia haitiana. ¿Cuál es esa cultura?
Alumno 1: La francesa.
Profesora: Bien. ¿Y por qué el título es una alusión a esa cultura?
Alumnos: ....
Profesora: ¿Recuerdan la obra de Racine que leímos hace dos años?
Alumnos: ...
Profesora: La de la madrastra que se enamoraba...
Alumno 1: (Interrumpiendo) Yo me acuerdo de uno al que mataban en el baño.
Profesora: ¿En el baño?
Alumno 1: Sí, que la mina le cortaba la cabeza en la bañadera.
Profesora: ¿Agamenón?
Alumno 1: Sí, ese, ese..
Alumno 2: Yo me acuerdo de la del tipo que envenenaba el balneario.
Alumno 3: Un enemigo del pueblo.
Profesora: Ibsen, eso era de Ibsen.
Alumno 2: Y una de un profesor que mataba a la alumna.
Profesora: La lección, de Ionesco. Pero, no, ¿no se acuerdan de Racine?
Alumnos: (A coro.) No.
Profesora: Fedra era la hija de Pasifae y se se enamora del hijo de su marido, de Hipólito...
Alumno 1: ¿Yrigoyen?

Milagritos


Para Andrea L., Eleonora I., Samia D., Alicia B., Diana P., Laura K,
Liliana S., Lucía E., Liliana Ch, Majo G, Mónica V., Adri B. y Adri F. .

Nadie sabe cómo, pero suceden. Vienen orlados con puntillitas macramé color cielo y unas alitas de mariposa para posarse en nuestros hombros. A veces un movimiento brusco puede espantarlos y por eso es preciso ser cuidadosas. Tienen aromas varios: a pan amasado y cocido en horno de barro, a hierbabuena, a página de libro finita de tanto ser leída, a perfumes en frascos de coloridos vidrios. Saben a moras, a frambuesas, a una ronda de mates que nunca se terminan y tienen el color de la esperanza que a veces es muy verde y otras de un oscuro violeta. Son hilos lanzados por el aire que se entrecruzan, se enganchan, suben, bajan, se anudan, se desatan. Y de pronto miramos y vemos un dibujo: cabezas de mujeres por el mundo alrededor de un fuego que alguien prendió para hacerme un regalo que yo venía necesitando hace rato.

(La imagen pertenece a un libro llamado Bouqala que yo compré en el Museo de culturas mediterráneas de Marsella. Cuenta Samia que en Argelia las mujeres se reúnen en el Bouqala a escribir pequeños poemas que les sireven para sujetar el presente e imaginar el futuro. Ese es mi libro.)


jueves, 8 de julio de 2010

martes, 6 de julio de 2010

domingo, 4 de julio de 2010

Nosotros


En este país siempre hay culpables que se señalan con el dedo después.
En este país siempre hay que doblar las rodillas y agacharse.
En este país siempre hay dueños de cada cosa: de la tierra, del sudor ajeno, de las palabras, de los triunfos.
En este país los que ganaron siempre marcan la piel de los que siempre pierden.
En este país hay quienes creen que la verdad también tuvo y tendrá dueño.
En este país hay quienes callan y esperan que caigan los que hacen para matarlos.
En este país hay quienes fueron videlistas y se volvieron demócratas, peronistas y se hicieron gorilas, comunistas y luego liberales, galtieristas y después vengadores.
No puedo hablar de fútbol (a duras penas entiendo la posición adelantada): hablo de historia.
La palabra patria les queda grande a los trajeados de la tele que la invocan antes de cada verbo.
Esos que no se bancan el sudor de un par de negritos que tienen la arrogancia de decir quiénes somos, de sostener una identidad con la que los "patriotas" no comulgan porque no va a venir nadie a decirnos cómo jugar al fútbol y cuando las cosas salen mal, brotan como vampiros a sorber la sangre que pisotearon antes.
Y nosotros gritamos porque no estuvimos en los aviones del 55 ni molimos a palos a nadie con los Bastones Largos ni agujereamos cuerpos aquel mediodía en Ezeiza. Nosotros fuimos torturados con cada secuestrado, tenemos desaparecidos y exilados que nos parten el alma, acumulamos muertos, golpeados, chicos asesinados en una guerra ilógica. Nosotros no firmamos puntos finales ni obediencias debidas, no multiplicamos vinchucas en los ranchos ni quemamos los libros, nosotros no firmamos pactos avergonzantes, indultos lamentables.
Nosotros somos los que ahora lloramos no porque tengamos que volvernos, sino porque ya prendieron la hoguera y acercan los carbones de sus frases para quemarte, Diego. No te preocupes, Gordo, nosotros resistimos a cosas más difíciles y seguimos cantando.
¡Vamos, putos, canten!
¡Diegó, Diegó!

Hay una clase de hombres que siguen conmoviéndome: los que hacen de su hacer lo que son.
Maradona es uno de ellos: porque salió de la nada, porque es arrogante y nadie lo perdona, porque atravesó infiernos, porque tiene el alma quebrada por sus sueños, porque dice lo que todos se callan, porque es soberbio, porque tiene el tupé de reivindicar su origen y mezclarse con todos los indeseables que siguen habitando este planeta, porque se contradice, se enoja, se fragmenta: no te vayas a ningun lado, Diego, no te vayas: vos sos esto que hacés, si no lo hacés vas a morir de pena. Nosotros te seguimos bancando y la sabemos larga de resistir tormentos, vendavales, gente que dice "patria" y se vendió hace siglos al que le puso plata. No te vayas, Diego, no te vayas.

miércoles, 30 de junio de 2010

Las chicas Sicilia 2011

Las chicas Sicilia 2011 no nos conocemos los rostros (sabemos que no importa demasiado).
Compartimos espacios que fueron armándose casualmente: alguien murió y ese hecho, doloroso y fortuito, hizo que dos de ellas se unieran en un correo. Cada una fue aportando lo suyo a la ronda del fuego: palabras, colores, relatos, consuelos... ahora parece que siempre estuvimos en nuestros corazones.
Después las luces se prendieron y otras se fueron acercando desde latitudes distintas. Las chicas Sicilia 2011 vivimos en Estocolmo, en París, en Argel, en Alemania, en Miami, en tantos sitios desparramados por la emigración y el destino, tantos que algunas de ellas hasta quedaron varadas en la ciudad de origen llamada Buenos Aires.
Nos arrimamos en ronda para sostenernos en la adolescencia de nuestros hijos, nos enviamos alientos por el viento, festejamos los triunfos deportivos, nos acercamos libros, experiencias de vida, fotos de sitios donde fuimos felices.
No hay amistad más bella que la de los corazones encendidos y apasionados.
Me gusta que pensemos encontrarnos a la orilla de un mar que hizo historia en un viaje de ninfas, que eso somos.

Ausencia justificada

Escribo contra reloj una novela.

Ya volveré.

lunes, 28 de junio de 2010

Mariano Levin: Sueño


Hoy tocaste a mi puerta y yo estaba dormida con mi camisón con estrellitas lavandas. Me corrí a un costado para que pudieras caber, aunque, ahora, ocupás un lugar tan pequeño. Me pasaste tu mano por la cintura, como lo hiciste siempre, y nos volvimos a dormir. Yo soñé con una casa de paredes azules donde las sillas están pintadas con palabras en el respaldo. Soñé que ponías migas adentro de las macetas para que los pájaritos bajaran con sus alas de lluvia a comer, soñé que volvías a preparar tu café espantoso y lo servías en esas tazas chatas que no volví a sacar. Me pusiste frambuesas en todas las tostadas, me oliste la espalda como el perro perdido que siempre fuiste para mí, apoyaste tu boca en mi nuca desnuda y frotaste tus manos en el pliegue delgado de mis rodillas. Después te sumergiste en el pozo donde las clavículas se juntan con el esternón y sabe a sol. Al rato me desperté sobresaltada: estaba sola con mi camisón y una cama vacía donde hace 12o días que faltas. ¿Cómo es posible -me dije- que hayas muerto? ¿Cuál es la broma? ¿Cuándo llegará el sobre con la tarjeta que siempre me mandabas los 9 de cada mes? ¿Por qué no me disjste que ibas a morirte así yo preparaba mi maletita roja y me tomaba un avión que me hiciera desaparecer de toda esta tormenta de tristeza que a veces no me deja ni siquiera pensar? Alguien abrió la puerta: era una puerta de marfil y pasé.

domingo, 27 de junio de 2010

Mariano Levin: 120 días

Mariano:
Mañana van a hacer ciento veinte días. Tantos y tan pocos.
Si estuvieras ahora, estaríamos preparando el asado para ver a la tarde el partido; yo estaría diciendo que quiero que Alemania e Inglaterra pierdan los dos y vos que pido imposibles, como siempre.
Estaríamos terminando el mural en la pared de San Bernardo y ya habríamos instalado las dos salamandras para viajar en el invierno. Yo te habría llenado de colores, de verbos azules y fragantes sustantivos anaranjados, y habríamos bailado hasta la extenuación.
Ya habríamos regresado de nuestro mayo en París y estaríamos acomodando piedras, papeles, pececitos, tazas y cajas de té blanco recolectado con tijeritas de oro en el alba oriental.
Nuestro libro de las horas ya iría por la entrada dos mil y verías los dibujitos que ahora me he atrevido a mostrar.
Te pondría contento saber que empiezo mis clases de caligrafía, que sigo con el taller de foto y que colecciono los lugares donde queríamos viajar.
Escribo una novelita que tirarías a la basura por feminista y barroca exclamando, como siempre, que soy una trotskista del género; yo te acusaría de stalinista y nos reiríamos de nosotros mismos un buen rato, como lo hicimos siempre, como nos encantaba hacer.
Querría que vieras lo que veo, que sientas lo que siento, que escuches lo que oigo y nada de eso puede ser así.
Tu amor es una piedra intacta que brilla en medio de mi soledad, y, aunque a veces, me enojo con tu muerte; al rato te vuelvo a perdonar.

También quiero que sepas que evito pensarte demasiado. No es olvido: es simple deseo de vivir.
besos besos besos (así, como siempre por tres)
Giulia

sábado, 26 de junio de 2010

Miedo



Hay una línea sutil en que la luz de la noche se puebla de repentinas bocas de colores y, suave, empieza a amanecer. Las cosas adquieren un contorno doble y se adensan en su objetividad inevitable. La respiración se acelera con el frío cortante con que la realidad se hace su propio recoveco y deja el pasado donde la subejtividad desenrrolló su melodía de efímeras figuras y soñadas presencias. Allí, en ese mismo sitio, en que el mundo vuelve a corporificarse delante de mis pupilas, debajo de mi cuello, atrás de mis omóplatos delgados como alas, cancelo las posiblidades infinitas y pienso en lo que es, en lo que el día tendrá para ofrecerme y me da tanto miedo, tanto perlado medio en medio del pecho donde una estrella roja tirita de silencio que desearía volver a la hora en que la vida se olvida, enredada en almohadas solitarias donde nada podría ya doler. Pero la luz trepa las medianeras, se instala como dueña entre las cosas, el mundo sacude las alfombras de los aromas y todo anda hacia donde se puede, pero anda y alguien, a lo lejos pone música y huele a pan la casa, pese a todo, y sabe a mañana de sábado en la que las palabras titilan bajo este vidrio azul. Es la vida: contundente, anhelante, perfecta como un globo contra la superficie dura del cielo que se puebla de voces que desconozco y me da miedo oír. Es tan bella la hora que temo que se quiebre como todo. No puedo evitar que los peces naveguen en un profundo mar de corrientes celestes. Después me ducho, hablo, bebo café y todo se desliza en su desmotonía de día que se llena, uno tras otro, de memorias que no creí tener. Me río de los temores matinales porque sé que la noche llegará otra vez.

jueves, 24 de junio de 2010

La Magna Grecia 2011

Invierno


Extraño tus brazos envolviendo mi cuerpo como una manta de viaje contra el frío y la humedad del invierno. En el mundo no hay edredones que puedan compensar tu ausencia y las almohadas suspiran de desolación porque no tienen sueños que puedan habitarlas, ni secretos que escuchar en la penumbra entibiecida de la noche. Afuera sopla el Austro y la tormenta intenta cuajarse mientras a tantas cuadras tus huesecitos se mueren una vez y otra vez de soledad irremediable y de silencio y yo tirito con mi pullover rojo que te extraña sobre la piel desnuda para siempre sin tus manos, sobre mi cuello llovido sin tu boca, sobre mi nuca sola sin tu aire. ¿Con quién hablaré cuando las cosas que tengo que decir me empujen las entrañas y no cesen ya de doler? ¿A quien acunaré para que no lamente las cosas que no fueron, la historia que se pudo, la vida que pasó? Desde tu muerte tan próxima le hablás a mi presente y yo siento el frío entre los dientes una vez más.

miércoles, 23 de junio de 2010

La puerta de marfil

Me he servido un té, en esta hora de la mañana en que todos duermen menos yo.
Lo he bebido en silencio, vacía de palabras que acudan a explicar la soledad y la pena.
Todo sigue su rumbo tachonado de pequeños instantes de alegría en medio de la desolación. Ya sé que es así siempre la vida aunque a veces parezca doler más.
Dicen todos que admiran mi fortaleza frente al viento que arrecia con frecuencia.
Sólo yo sé cuánto hay de coraza y cuánto de medular fragilidad.
El té se agota con rapidez y hay que volver a servirlo.
A mis pies hay una madeja de hilos deshilachados que ya no se puede anudar.
Las sábanas flotan tendidas en la brisa que sopla desde el mar.
Querría que estuvieras a mi lado, con tu taza en la mano, viendo subir el sol.
Pero -como Eneas- siempre me toca la puerta labrada en marfil.
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