sábado, 16 de enero de 2010

Superlativos

Me encantan tus superlativos.
Me hablan y me enredan sus terminaciones que me buscan.
Me gusta la alegría que derraman y la que auguran.
Me mojan sus sílabas eufóricas con sus dedos de letras, con su boca de idioma imposible, con su lengua de mordedura tibia.
Me atraen sus sufijos que se extienden y me rozan la cintura con la inefable presión de tu cuerpo en mi cuerpo.
Me seducen con lo hiperbólico de su ternura, de dedos en mi pelo, de labios en mi cuello, de brotes que crecen fotosintéticamente debajo de antiguas cortezas que supieron a coraza y a miedo y ahora se despliegan pletóricos de vida para pasear sus hojas por mi vientre de tierra, por mis brazos de lluvia.
Me encantan tus superlativos profundos como agujas, sinuosos como cucharitas hundiéndose en las sopas, salados como aguas de mares olvidados, dulces como alas de pájaros que cantan en el bosque.
Me gustan con sus palotes de niño, con sus ojos entrecerrados, y sus susurros entregados en cestos al anochecer de cada mediodía cuando el sol se dobla a sí mismo para llamarse siesta.
Me dejo envolver con sus tonos de cántaro, y abro la boca para beberte y beberlos, y sentir que entran en mi carne umbría para habitar mi sangre y llenarme de luces.
Lindos superlativos que son piedras para cruzar los ríos y adosarse con su forma de besos ahí donde mi espalda se curva y se atormenta con rayos y centellas.
Después los pongo junto a mí
y tus superlativos y yo dormimos juntos, juntísimos.

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