viernes, 19 de marzo de 2010

Sobre Berlín, los ángeles y Walter Benjamin


Imaginémonos que estamos a principios de agosto del año 2009 y que un hombre y una mujer en una casa calentita de Parque Chas vuelven a ver, por enésima vez, Las alas del deseo.
Después, él le habla de los ángeles que ha visto en su Berlín juvenil. Y ella, del filósofo Walter Benjamin y de su suicidio en la portuguesa Lisboa.
Al día siguiente, la mujer escribe un poema que le envía junto con un texto sobre el ángel del progreso del filósofo.
Esa noche, el hombre, entonces, contesta:

Hace tiempo que no tomo mis caminos habituales, que no someto a mis cuádriceps al trote cotidiano, obligatorio, que aumenta la vida del corazón, según declara el médico...
En vez de eso, retomo el viejo hábito en mí de joven, de leer poetas, de dejarme llevar por versos, de meterme en el mundo por hileras de palabras que tienen una métrica que nunca supe calcular; pero que intuyo,
que se dibujan entre las circunvalaciones de mi cerebro, que suenan ahi.
Este ejercicio viejo en mí;
pero de alguna manera olvidado,
ni siquiera olvidado, llamémoslo subyacente, nunca perdido,
encontró ahora un cauce nuevo, que parece efectivo...

Comienza de diferentes y diversas maneras...
pero te tienen todas por origen,

pasando por tus manos,
por tus palabras y tu cuerpo,

mínimo, perfecto, breve, efímero también,
breve y efimero,

porque, mal que me pese, sólo apareces algunos días con tu breve cuerpo,
pero estás siempre detrás de un cristal,
y sobre él,
o debajo de él:

tus palabras,
tu breve corazón se mete en el mío, lo acaricia, lo provoca.
Así, tus palabras,
o lo que ellas de vos transmiten,

tus palabras,
que son tus frases,
que son parte de vos,

a mí llegan,
a mi centro llegan,
a mí mismo,

y encuentro que si pensaba en angeles, que me asombraban y torturaban, les ponés palabras y explicación...
que un Berlín lleno de ángeles fue anunciado en Lisboa por un filósofo judío que no soportaría el dolor, ni la tortura, ni vestía esa valentía, ese coraje, habitualmente requerido para matar al enemigo...
se fue en Lisboa, quizás para dejarnos tareas a los que pudieramos interpretar sus escritos... sus rompecabezas alucinados de exterminio...

Y me traés también una espalda,
y sólo suspirás a mi lado,
sólo murmurás en silencio...

Ahí me cargás de lucidez y siento tus manos sobre las mías...
De alli que los abdominales, los ejercicios para mantener el corazón sano, y la variedad de movimientos a los que me obligo para mantener los huesos móviles, tienen algún otro fundamento...
Vos.
Descubro que ahora tengo un ángel aliado, amigo de aquellos que miraban hacia el mismo espanto,
y retomo el habla poética que me habitaba...

Digo a los ángeles que me perdonen, que no era olvido, que no estaba perdido,
que a veces, las palabras requieren añejamiento... que los pensamientos, las ideas maduran más lentas que todas las horas y que el mismo tiempo...

Imagino que ahora vos decís palabras en voz alta en un aula donde te escuchan con esmero...
Y querría que me hablaras a mí solo, a mí único, para mí tus palabras...
Yo siento que me besás ,
que besás mis manos...
y que me guiás suave por esos caminos tan tuyos
por los que deseo transitar hacia tus palabras y tu universo de libros, ángeles y labios.

El día tiene varias batallas mientras tanto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No te conozco.
No conocí a Mariano.
Pero hace un mes encontré casualmente tu blog y ya no pude dejar de leerte con el corazón como una piedra ante tan gran dolor.
Mira, Julieta, si tú puedes escribirle esto a él y si él te ha escrito algo tan bello como lo que acabo de leer, ten por seguro que vosotros dos habéis sido unos privilegiados; pues Dios os ha dado la posibilidad de conoceros, de amaros con increíble profundidad e intensidad y, además, os ha dado la capacidad para decíroslo.
No es nada menor lo que vosotros habéis vivido.
Y es una felicidad para quienes te leemos todos los días que tú tengas la valentía y la generosidad de mostrarnos que los seres huamnos pueden ser grandes y crecen aún en el milagro del Amor (mayúsculo como el de vosotros)
Yo creo en la vida eterna. En esa vida, Mariano te estará esperando hasta que tú te reúnas con él y desde allí ahora te mira, te cuida y te protege.
Y si tú no crees en el milagro de Dios, recuerda al menos ese verso de Quevedo "serán ceniza más tendrán sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado".
Con todo mi agradecimiento
María Teresa Rodríguez Puerta
Filología Hispánica
Universidad de Salamanca
Salamanca
España

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