sábado, 27 de marzo de 2010

Él, la mujer y la muerte

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía ojos de bordadora de sueños, le contestó que no; mientras cosía un abriguito de luces para hacer frente a todas las tormentas de pie y sin paraguas.

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía manos de cocinera de secretos, le contestó que no; mientras hacía un dulcecito de flor de miel para hacer frente a todas las tristezas y curarlas.

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía boca de tejedora de historias, le contestó que no; mientras ponía en su telar un ovillo de palabras para hacer frente al temor a la negrura más negra de la soledad.

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía corazón de enfermera, le contestó que no; pero la muerte había vacíado de puertitas la sangre de él y, cuando ella quiso detener ese río mientras él le decía que no lo dejara, que nunca lo dejara, ya la muerte se lo estaba llevando en su camita blanca con tubos de cristal .

Y entonces fue ella la que dijo:
No me dejes.
Nunca me dejes.
Pero él no sabía coser.
Pero él no sabía cocinar.
Pero él no sabía tejer.
Y se murió.

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