miércoles, 24 de marzo de 2010

Eternidad

Trato de recordar que la piel es una sucesión de humedades y que tus dedos eran suaves, redondos, cristalinos.
A veces sonaban a lo lejos unos pájaros volando como ráfagas en la lluvia.
Vos les dejabas migas para que ellos tuvieran qué comer cuando volaban.
Después volvías a mi piel debajo del agua que caía y te hundías en ella.
Yo, mientras ibas cantando, te adivinaba los gestos y me apuraba a levantar tus ojos de mis manos y en una tibia cocina amarilla ponía la sarten y el aceite en el fuego.
Me enredabas los ritos con tu risa y peces de colores nos cruzaban debajo de los párpados sin revés de tan claros.
El corazón se apresuraba con sus campanas de níquel en el eco del agua que caía y mojaba los vidrios felices en la casa.
Dormíamos como si fuera un nido el que nos acunaba: me entregabas el aire circular de tu cuerpo mientras yo murmuraba que oyeras el ruido de los pájaros comiendo migas debajo de la lluvia.
Estábamos plantados en un huevo de luz oxigenada y pura y nos crecían líquenes detrás de las rodillas enlazadas.
Y yo tenía la inocencia de las vírgenes: creía que había derrotado ya por fin a la muerte, que éramos criaturas de cuerpos inmortales.
Pero la carne es una frágil funda que se desgarra y cae.
Quedarán para siempre nuestras fragantes almas anudadas con un lazo de risa.
Para siempre.

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