jueves, 18 de marzo de 2010

La mujer breve



Vos hundías tu nariz en mi espalda, justo en las vértebras y en esas alas que pensabas eran mis omóplatos. Te gustaba decir que yo era breve: poca carne, exiguo cuerpo; pero, en compensación, decías, yo tenía dos alas debajo de la piel. Indagabas con tus dedos el borde sobresalido de mi hueso y me explicabas cómo mi carne iba mutando en ala de gasa. ¿Y las plumas?, te preguntaba yo. "No, plumas no, las aves son horribles. Son otras alas..." Sí, de cucaracha voladora, decía yo. Vos te reías mucho hasta que me decías que eran alas de libélula. Ves, exclamaba yo, otro insecto al fin. "Irremediable", suspirabas, "y yo no puedo hacer nada por subsanar tu locura, pibita." Una vez encontré un cuento de Dino Buzzati que se llamaba "Una mujer con alas" y te encantó.
Me regalabas ropa que me dabas diciéndome :"Es el talle más chico. No sé si te va a entrar." Y cada vez resultaba que me cabía o me sobraba para que entrara otra más como yo. Una vez tuve que escucharte cantarme a los gritos "Como un gorrión". Cuando terminaste, me señalaste: "Igualita...¡hasta de lechuga te alimentás!"
Sin embargo, cada vez que nos abrazábamos, enredados el uno en el otro, me empezabas a decir que yo era caudalosa y ancha y no podías explicarte por qué. En esas veces, yo siempre permanecía silenciosa porque intuía que, adentro de vos, había un torrente de palabras no dichas que volcabas sobre mí por primera vez. A mí me bastaba con saber que era así porque, luego, me lo decías sin cesar.
Nunca necesité otra cosa que tu adolescente y fértil manera de tenerme. Ese fue el regalo que te hice: lo que yo tengo a mares; y fue uno de los innúmeros presentes que me diste: la plenitud de tus descubrimientos anclados como dientes en mi cuerpo.
Un día, en mi casa, oliste uno por uno mis numerosos frascos de perfumes y tras cada uno volvías a mi espalda. Finalmente, concluiste: "No, no son tus frascos...es el olor de tu piel." "Y de tus alas", agregaste después. El resto, lo que vos me entregaste a manos llenas: tu sorpresa, tu rendición de hombre, mi suavísimo deseo de mujer: es eso y nuestras palabras escritas, mezcladas y tejidas una y otra vez.
Recuerdo haberte leído un fragmento de La nana y el iceberg de Ariel Dorffman donde un adolescente escribía: "Había regresado yo a Chile para deslizarme adentro de ella, lo que quería era introducirme en su cuerpo y subirle hasta sus ojos para mirar desde ella el mundo."
Te quedaste un rato en silencio mirando por la ventana de mi cuarto las enredaderas que cubren el patio. "Eso quiero ", dijiste, " sólo deseo poder ver."
Y vos fuiste mis ojos y yo fui tu mirar.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...