domingo, 21 de marzo de 2010

Le souvenir tendre

¿Quiénes son los que más nos conocen?
Los que llevan nuestra sangre nos son impuestos por la vida:
De los padres sabemos poco en verdad. Cuando queremos preguntarles si han sido felices ya no están y se llevaron con ellos la llave de su secreto que, pensamos, nos ayudaría a abrir nuestras propias rejas.
De los hijos sabemos menos aún. A la edad en que empiezan a mirarnos en busca de su propia identidad, notamos que se escabullen y comprendemos que esperan que no los invadamos, que los dejemos ser ellos -como pueden y como quieren, lo que, a veces, poco tiene que ver con nuestros deseos y posibilidades. Además, somos sus padres, y cuando ellos quieran saber ya no estaremos para contestar.
De nuestros hermanos sabemos que, en la infancia temprana, fueron ese que venía a molestar. A veces estamos muy próximos y a veces naufragamos en una distancia que no sabemos cómo salvar. Sólo cuando tenemos la dicha de elegirlos como amigos, quizá ellos puedan conocernos más que ningún otro ser.
Pero hay otros con los que nos cruzamos azarosamente y a los que -vaya uno a saber por qué- los elegimos: por diversas razones, en distintos momentos, para siempre o por un rato, para compartir ciertas cosas y otras no, espaciada o frecuentemente.
Cuando vos y yo hablábamos en la oscuridad, yo solía decirte que sentía que las personas que se nos cruzan y con las que nos cruzamos aparecen para enseñarnos algo que debemos aprender para continuar.
Ninguna otra razón tienen las amistades y el amor más que aprender.
Entonces, en estos días, en que trato de encontrar la senda que me enseñe a seguir viva pese a tu muerte, me pregunto qué me enseñaste. Curiosamente, tengo muy claro lo que te enseñé a vos...cierto es que te ocupaste de decírmelo cada vez que hubo oportunidad.
Qué raro que vos, que eras el que yo suponía más parco te hayas ocupado de dejar todo en tal estado de claridad conceptual.
A veces creo que tendiste un espejo de colores para que yo pudiera reconocer una imagen bella de mí. (Me sabías carente de cuidados maternos y te entregaste a suturar mis heridas a lengüetazos de calor.)
Otras siento que me enseñaste qué valor tenía lo que yo te daba como si fuera nada.
Alabaste mi orden, mi sistematicidad, y mi capacidad inagotable de producir como si fueran bienes inconcebibles ("Ay, Giulina, a mí me devora la entropía cada mañana al despertar.").
Sé que, a tu lado, sentí, por primera vez en mi larga vida, que la palabra de los hombres (los XY) era valiosa y me completaba.
Te recuerdo, tirado en la arena de la playa, disertando acerca de la ruptura que producía el cromosoma "Y" en tamaña sucesión de "X"; y acerca de la posibilidad infinita de las mujeres en duplicarse dado sus cromosomas gemelos.
Yo sé que, hoy, tu muerte ha de estar enseñándome otras cosas que debo aprender para seguir: intuyo algo relacionado con producir una vida a partir de la voluntad y no sólo por dejarse llevar.
Sin duda, los que más nos conocen son los que nos abrazan cuando transcurre la noche, estén ahora donde estén: el eco reverberado de tu voz en mi cuerpo empieza a susurrarme cosas que quiero aplicarme a entender.
El amor es un tejido de hilos de colores y las hebras negras no hacen más resaltar el tono brillante de las demás.
Dans le souvenir tendre des jours que nous avons eus, ton amour sera le drapeau qui m'aide à survivre.

1 comentario:

analau dijo...

tal vez saber que la vida es solo contastes
que no existe el sol sino despues de haber conocido la sombra
y viceversa
tal vez lo nuevo solo este por venir.
y esa sea la enseñanza
beso grande juli

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