domingo, 21 de marzo de 2010

Lo que viene después...



Olga desde Jerez me dice que sentimos que vivimos porque otros nos lo recuerdan.
Ella tiene de mí una imagen feliz. La componen gazpachos abundantes, una sutil ebriedad con jerez, un auto descapotable rumbo a Huelva, un abanico rojo para el calor de Ronda, ese café negrísimo en la Kasbah de Tánger, las tostadas matinales con aceite de oliva y tomate fresco, los maitines en la Cartuja desbordada de buganvilias moradas y -dice ella porque yo lo he olvidado ya- una inhallable estación en Sevilla donde yo abordaba el tren que me pondría en Barcelona.
Mariano y yo hablamos en el mar de un viaje juntos a Europa en mayo. Siempre era él quien proponía viajes y yo quien se asustaba y se negaba. Para quienes no me conocen, debería aclararles que mi primera respuesta a cualquier cosa es no. Sobre todo a viajar: me alteran los desplazamientos, me siento insegura, pienso que dejo mi casa sola y me aterra, no porque alguien pueda entrar sino porque cómo va a funcionar todo si yo no estoy.
"Bueno," dijo él, "es que yo tengo que viajar a París para esa fecha y pensé que podíamos aprovechar, ver a tu hermano, a Olga..."
Me sentí inmediatamente responsable de mis fobias (que son abundantes y variopintas) y de su desilusión. Traté de explicarle lo que siempre me sucede ante la palabra viaje y él agregó: "Es que yo quiero que conozcas mi París..."
Lo abracé y le dije que sí, que viajásemos a su París sabiendo que iba a tener que poner mucho empeño para detener mi cabeza y dejarme estar.
Hoy hace tres semanas de tu muerte.
Tres semanas son veintiún días.
No sé muy bien cómo estoy.
Con vos murió una de las mejores posibilidades que yo he tenido de sentirme viva.
Desde entonces, cuando amaina la ola arrasadora del dolor, me pienso como un tema de estudio, ajena e impersonalmente. Barajo cientos de posibilidades para mi vida, que ya no es ni puede ser igual.
Siento tristeza, enojo, pena, un terrible dolor y, en pocas ocasiones, algo parecido a la bondad.
Voy a trabajar como desnuda de mí misma y, cuando termino, sólo deseo regresar a la soledad de mi hogar.
Escribo y leo porque son las formas que me han sostenido desde pequeña y no conozco otras.
Oigo a todos hablarme, pero sé que nadie me dirá la forma en que todo debe continuar.
Los escucho con la paciencia de quien agradece el amor y el afecto sabiendo que la curación -si la hay- es lenta, sinuosa y -por sobre todas las cosas- absolutamente personal.
Veintiún días no es nada, es cierto; pero puede ser un abismo entre la posibilidad de conocer tu París y la imposibilidad de ver alguna vez esa ciudad con tus ojos .
Será que ahora yo debo aprender a sentir que estoy viva sin que tu amor venga para ayudarme a recordar.

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