viernes, 5 de marzo de 2010

El Chagas

Una vez, en la cocina de mi casa, mientras yo preparaba unos atunes y Mariano partía maníes sin dejarme de hablar sobre cosas de las cuales yo comprendía apenas la mitad -tal es mi cortedad de conocimientos biomédicos- me dijo: "Y aquí me ves, dedicado a esta enfermedad que no tiene ni un centímetro de publicidad y en la cual nadie invierte ni un mango... porque, a ver, Juls, ¿a quién puede importarle la muerte de unos centenares de pobrecitos latinomericanos?" A Mariano le importaba, vaya que sí.
Este verano estábamos volviendo de San Bernardo donde, por primera vez en su vida, yo lo había obligado a tomar lijas, esmalte y un pincel para arreglar unas rejas de una casa familiar y ese hecho -ajeno a su vida de científico y exiliado que no llega a tener un hogar donde echar raíces- lo había divertido como a un chico, y, mientras manejaba, me contaba sus discusiones en Añatuya con los obispos, lo que hacía la Iglesia, la ausencia del Estado y la pobreza, siempre la pobreza.
Lo rebelaba la ignorancia como a mí, que venía de un campo tan diferente como la literatura y el arte; pero a él más aún porque la ignorancia que lo rodeaba, la inoperancia de tantos funcionarios, el dinero que nunca estaba para lo que debía estar, mataba personas que podrían haber tenido una existencia, al menos, mejor.
Además de ser el hombre que yo amaba con profundidad y alegría, Mariano Levin era un científico brillante, una inteligencia superior que podría haberse llenado de dinero de haber elegido una enfermedad de moda o que asolara a gente favorecida. Pero Mariano era quien era: un ser generoso, bondadoso, que entendía la vida como un servicio y una entrega.
Ninguna otra enfermedad hubiera llamado la atención de Mariano más que el Chagas: esa que se lleva a los pobres latinoamericanos. Y mucho más ahora que Mariano se ha ido para siempre.

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