domingo, 7 de marzo de 2010

El libro de las horas


Cuando este julio pasado yo estuve en Europa, Mariano, un día, me dijo, desde una Buenos Aires detenida por la gripe porcina: "Es que el tiempo, signorina Giulia, a mí no me alcanza nunca como a usted".
Yo me reí porque mis relatos de ese mes eran vertiginosos, como todo lo que yo hacía y asombraba a Mariano: mi orden, mi sistematicidad, mi minuciosa planificación del día que me permitía dar clase en varios colegios y en la Facultad, atender a la familia, escribir un par de capítulos de libros, corregir las pruebas, escribir poemas, hacer unos dibujos, preparar la cena y seguir todavía.
Él se quejaba de su enredarse en nimiedades, su no empezar hasta tarde y ya cansado, su malhumor tempranero frente a mis risas matutinas. Yo le decía que era una cuestión genética: las XX no teníamos ese cromosoma Y jodiéndonos las rutinas y teníamos la increíble ventaja de que, si un "X" se agotaba, estaba el otro para tomar la posta. Mariano sacudía la cabeza y decía: "En mi vida, vi algo igual, Giulia, ¿no te cansás nunca?".
Yo ya casi volvía y, como todo viaje europeo comienza y termina en París porque allí se inició el mundo para mi mente literaria, tenía todavía tres días de verano en el hotel de rue d'Amsterdam. Hacía calor, yo venía de unas semanas felices con mi hermano en Marsella, los negocios regalaban la ropa en los estertores de sus liquidaciones y yo llené mis valijas de vestidos, lencería, perfumes en esos gestos que él me celebraba ("No entiendo, Juls," decía, "cómo pasás del Facundo de Sarmiento al vestido de encaje negro, los tacos altos, el delantal de cocina, el Poema de Mio Cid, Borges , la crema con purpurina y el frasco de perfume. Nunca vi nada igual", repetía).
Por segunda vez en ese mes, compré mi ticket, me bajé en el Metro Clunny, con esos techos de mosaicos que amo y fui a ver otra vez el Musée du Moyen Âge. La frase de Mariano sobre el tiempo me giraba en la mente, así que, después de gozar desenfrenada de esas salas y sacar miles de fotos, bajé a la boutique y le compré un libro medieval lleno de iluminaciones, un Libro de las horas, y le escribí en la primera página : "Marianísimo, cada segundo que te sobre ponelo en estas páginas que al ser Libro de las horas te regalará el tiempo que necesites para que el día te alcance." Se rió mucho, cuando se lo di a mi regreso, y quedó, para siempre, ese Libro en la mesa de luz abarrotada, al lado del lado de la cama donde dormía cuando estábamos juntos..
Al poco tiempo, él y yo, abrimos un blog privado donde todos los días nos escribíamos varias veces al día. En sólo cinco meses, ese blog guarda más de 800 entradas: hay poemas escritos para mí por él, canciones que yo le elegía para que oyera las mañanas en que se levantaba solo, relatos cotidianos y rutinarios (qué había cocinado, qué era necesario que compráramos...), fotografías, confesiones claras, oscuras y profundas, sus preocupaciones y deseos por la vida de sus tres hijos. Allí conocí las historias de todas las mujeres que me preexistieron y él conoció a mis hombres. Allí me presentó a cada uno de sus amigos y yo a los míos. Allí hablamos de sus padres y de los míos. Allí están todos y cada uno de los nombres con que Mariano me llamó y mis escasos Marianísimus, Levinus. Están las bromas en que nos enredábamos, como aquella vez en que mi super yo fue la imagen de King Kong sacando a la pobrecita de Jessica Lange (mi ello) empapada del río. Están allí "Lss fantásticas aventuras del doctor Levin y su maravilloso circo mágico", como llamábamos a cada encontronazo que él tenía con el mundo árido y competitivo de la ciencia internacional. Están sus viajes, los míos... Todo está en ese blog, excepto el último raid por el sur que tiene su recorrido escrito en un cuaderno que compramos juntos y escribimos a los largo de cuatro semanas.
Todo está en ese blog al que llamamos "Libro de las horas", obviamente y que aún no he podido siquiera pensar en volver a leerlo.
Yo sé que el día en que ponga esa contraseña, entre y vea tu última entrada sabré que ya no hay más Libro de las horas , sabré que sólo me quedará tu memoria de estos tiempos, que me pertenece, que es solo mía y leeré esa entrada en que pusiste: "Julie Julis, me voy al laboratorio, te llevo conmigo a todas partes todo el día."Y no podré soportar entender que hace una semana, a esta hora, te habías muerto para siempre.

Y ahora soy yo quien se va a ver qué puede hacer con sus horas: te llevo conmigo a todas partes toda la vida.

El amor se endulza con el tiempo porque crece vencedor de todas las muertes que quieran oponérsele.

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