jueves, 11 de marzo de 2010

Giulia


Me llamaste por teléfono el 21 de diciembre.
Teníamos que terminar de arreglar el viaje de Navidad a San Bernardo.
Cuando ya estábamos por cortar, me dijiste que me querías hacer una invitación.
Así, parco como eras cuando me decías este tipo de cosas, me explicaste que el hijo de un amigo se casaba y que querías que yo fuera con vos a la fiesta el 22.
Me acuerdo que me quedé callada y vos dijiste: "¿No querés?"
Me apuré a contestarte que sí, que tenía cosas que hacer hasta las 21 y que justo ese día me había comprado un vestido nuevo y que lo podía estrenar, que me encantaba...
Pará, exclamaste con esa risa tuya que me enamoraba cada vez que te oía reír, detenete a respirar, nena.
Quedamos en que 21 y 30 iba a tu casa y me cambiaba ahí.
Cuando llegué, había tenido un día imposible.
Me metí en la ducha y me cambié.
Cuando salí con un vestido negro de encaje y breteles finitos, me senté en la cama para descansar.
Entraste al cuarto con un mate en la mano y te quedate mirándome.
A ver, dijiste, parate ahí.
Me puse los tacos, altísimos esa vez.
Yo me paré, temerosa como siempre que me ibas a mirar.
Qué linda estás, dijiste, con el mate en la mano. Dios mío, apurate porque si no nos quedamos y que nos esperen nomás.
En el viaje me contaste que hacía un año que estabas distanciado con Jorge, no recuerdo ahora por qué.
El día estaba pesado y amenazaba llover.
Caminamos por Niceto Vega. Me tomaste de la cintura y me oliste la espalda como hacías cada vez sin dejar de decir: "Es tu piel, es tu piel..."
Fuimos a la fiesta, bailamos, comimos, volvimos a bailar una y otra vez.
Cada tanto preguntabas quién era el que cantaba y te acercabas a contarme.
A la madrugada, cuando salimos (al otro día yo tenía mi última mesa de examen de 2009) llovía con cierta intensidad: vos, yo, mi vestido de encaje negro, el perfume de piel, tu brazo alrededor de mi cuello y mis tacos en la mano caminamos debajo de la lluvia.
Nos dejamos mojar por ese agua que caía del cielo deslizándose sobre nuestros cuerpos felices.
Al llegar a tu casa, me besaste agradeciéndome en el zaguán.
Después, entraste al baño y al salir, como siempre, habías dejado la pasta en mi cepillo.
Siempre me emocionaba ese gesto, ese pequeño y atento gesto de cuidado y protección. Con el tiempo, yo, que soy medio dura para las amabilidades, aprendí a cepillarme los dientes y dejarte la pasta para la mañana posterior.
Cuando llegué a la cama, me abrazaste y me dijiste bajito en la oreja que para vos yo no era Julieta, que ese nombre te resultaba extraño para mí, como de alguien que no era yo, si me molestaba que me dijeras Giulia... Giulia, Giulia, Giulia, repetiste un par de veces más.
Cuando nos dormimos era muy tarde ya.
A la mañana me diste tu café intomable y lo bebí con felicidad.
Bon giorno, signorina Giulia!

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