martes, 9 de marzo de 2010

La España medieval

Ese día había sido soleado. Fuimos al muelle y no quisiste ponerte protector. "No exageres", me dijiste, "a esta hora el sol ya no pega.". Eran las tres y media y volviste colorado como un camarón. Cuando pasamos por la calle Chiozza, me pediste que siguiera unos pasos y te esperara. Te obedecí y me senté en un umbral a aguardar. Al rato, me alcanzaste y traías algo que guardaste en mi mochila, previa promesa de que no miraría. Si de algo adolezco en la vida, es de ese tipo de curiosidad. A los tres segundos, tus relatos me habían hecho olvidar de lo que llevaba.
Cuando llegamos a la casa, te bañé en crema. "Olé, olé, tiene olor a naranjas", dijiste. Te mostré el frasco que decía"Con perfume suave de esencia de naranjas". Te reíste y me pellizcaste: "Odio cuando tenés razón...". Te tiraste en la cama, mientras me contabas de una panadería que hacía pizzas de salvado sin sal. Creo que dije que te podía enseñar a amasar. "Intenté varias veces y me queda un pegote intragable", me contaste. Yo aclaré que era refácil amasar. "Refácil, refácil... a vos todo te resulta refácil...". La tarde se prolongaba y nos quedamos en silencio. El cuarto olía a cítricos y a mar. Me abrazaste y hundiste tu cabeza en mi cuello. Te acaricié con cuidado y te susurré: "Camarón...Camarón de la Isla." Me besaste en la boca y murmuraste: "Camarón Bombay".
Cuando nos levantamos ya era casi de noche. Yo me puse mi vestido de gasa negro con florcitas de colores. Fuimos a comprar algo para cenar. Mientras caminábamos abrazados, me preguntaste cuatro veces (las recuerdo porque las conté a lo largo de la calle Querini) si me gustaba estar con vos. Cuatro veces te contesté que sí y en cada una me respondiste: "Ah, bueno, porque a mí sí..." Volvimos y yo me puse a cocinar, mientras vos abrías una botella de vino y ponías la mesa atrás.
Entonces te acordaste de lo que habías guardado en la mochila y me prohibiste mirar. "Pico ajo, nene," te dije, "no tengo tiempo para espiar si quiero conservar todos mis dedos." Ya no me contestaste y la casa se inundó de música. Habías comprado un CD de canciones árabes para mí. Hacía días que yo no hacía otra cosa que hablarte de la España medieval, del califato de los omeyas y de los sefardíes expulsados en 1492. Me abrazaste para bailar. Todo olía a naranjas, a ajo y a mar. En la pared -lo supe después- colgaba una imagen de la sinagoga Santa María La Blanca de Toledo. Te recité al oído un romance medieval y me llevaste al cuarto. Cuando salimos a cenar era de madrugada y caía una garúa fina como un cristal.

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