martes, 9 de marzo de 2010

La muerte es un silencio


´(San Bernardo. Enero 2010. Fotografía de Mariano Levin)

Quisiera
que te pusieras junto a mí y me hablaras
que la noche no fuera tan espantosa y larga
que te cruzaras en mi camino cuando voy a la escuela
que me asaltaras en un recodo de la vereda para besarme
Quisiera
que salieras del baño empapado a mojarme
que me olieras la espalda como un perro perdido
que me llenaras la piel de yemas florecidas
que me dijeras otra vez buenos días
Quisiera
que te acostaras sobre mi falda para sentir mis dedos en tu pelo
que me auguraras un relato perfecto, sabedor de que no me podría resistir
que me sentaras en tus rodillas hecha un ovillo mientras alguien cantaba
que me sacaras fotos cuando me pongo a bailar
Quisiera
cenar como esa noche en que dijiste que hacía seis años que no viajabas con ninguna mujer
que comiéramos esa comida armenia y afuera se largara una tormenta
mientras los dos decíamos: Hoy en terapia tan sólo hablé de vos.
Quisiera
que aparezcas por este mismo cuarto, en esta misma ventana,
a decirme que me levante, que es hora de seguir, que hay que ordenar tus libros, acomodar papeles, pensar en irnos esta vez a París, que tengo que armar el equipaje, si me parece bien lo que pensás llevar, que ya me preparaste el baño, que vas a poner el café
Quisiera
que me dijeras que todo continúa en su sitio: los sueños, los recuerdos, los proyectos
que nadie abrió la caja y Pandora no liberó los daños;
pero la muerte es un silencio que ya no tiene fin.

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