sábado, 13 de marzo de 2010

Lluvia


"Por suerte va a llover", decías y el cielo amenazaba negro mientras mirabas por la ventana de mi cuarto las plantas que se ponían verdes fosforescentes. Los vidrios de colores que cuelgan empezaban a tintinear y entraba un aire fresco y oxigenadamente azul. Después caían las primeras gotas sobre el patio techado. "Abrí", me decías porque te gustaba oír el ruido del agua golpeando los vidrios cubiertos de enredaderas y ver la lluvia mojar las baldosas de la escalera que lleva a la terraza donde solías numerar las aceitunas que había dado mi olivo o las ciruelas que el viento había tirado en el piso y ya no podríamos comer.
Monsieur Le Chat nunca se acercaba a nosotros. Mi gato es un tipo ciertamente curioso. Como el de Kafka, él hubiera deseado ser perro. Si yo lo dejara, dormiría ovillado sobre mi pecho donde se sube cada vez que me acuesto a leer. Pero cuando vos entrabas en mi casa, recordaba su estirpe faraónica y te observaba sin hacerte ni una de las fiestas habituales con que recibe a todos los que entran a mi hogar.
"Está lloviendo", me decías y yo sacaba la cabeza de entre mis sábanas blancas (las de tu casa eran de color y eso nos llamaba la atención) y decía algo así como qué obviedad... Entonces venías a empujarme diciéndome que yo era la encarnación de la maldad, que todos los que habían teorizado sobre la idea del mal absoluto "deberían conocerte, Pinasco, porque con vos el absoluto entraría inmediatamente en relativización". Yo decía algo así como habló, san Mariano, dueño de la bondad infinita, fuente de toda razón y justicia... y caía la lluvia como si fuera siempre y nos quedábamos para escucharla mientras Mercedes cantaba que sea lo que sea y nuestras monedas giraban en el aire una vez más.
En este último tiempo, cada vez que se larga a llover no puedo sentir ni el ruido del agua sobre los vidrios, ni el calor de Monsieur Le Chat que no deja de dormir junto a mí, ni el oxígeno azul que trae la tormenta ni lo verde que se ponen mis plantas... no sé cuántas aceitunas tiene el olivo ahora ni qué ciruelas quedaron en las baldosas sin madurar. Cada vez que cae la lluvia en marzo pienso que estarás solo, allá, en la Tablada; que el agua transformará en barro la tierra que te cubre y de alguna forma te mojará. Tu soledad debajo de la lluvia se me torna infinita y no tengo consuelo porque querría correr a acompañarte para que, al menos, tengas alguien a quien decirle que está lloviendo aunque te conteste que no digas semejante obviedad.

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