miércoles, 10 de marzo de 2010

Palimpsesto

Ayer me reencontré con los libros que te había prestado.
Estaban todos en una bolsita blanca que apreté contra mi pecho mientras caminaba por Scalabrini Ortiz (vos y yo seguíamos diciendo Canning porque uno guarda la memoria de lo que ya no es).
Quise tomar el 111 que me deja a cuatro cuadras de mi casa, pero deambulé sin poder dar con la parada. Estaba como atontada con los libros apretados contra el pecho yendo de poste en poste sin ver.
Finalmente me subí a un 152 que me podía arrimar a Belgrano y ahí el 113 que me deja en la esquina de casa. Es curioso: este extenso e inútil recorrido siempre me brinda una cierta clase de seguridad. El 113 es como una enorme madre celeste que me ha llevado y me llevará protegida en su interior adonde yo quiera ir.
El colectivo venía vacío, así que me senté con los libros en la falda, mirando por la ventanilla sin ver.
De pronto el colectivo frenó, La tierra del fuego de Sylvia Iparraguirre se deslizó y tuve que sujetarlo para que no se escondiera en el asiento anterior.
Mis dedos quedaron entre la solapa que habías introducido a modo de separador.
¡Ay, Mariano! ¿Por qué no usabas el señalador de girasoles que te regalé? ¿No te había dicho yo miles de miles de veces que los libros se estropean así?
Retiré suavemente la solapa para volverla a su función original y entonces las vi.
Entre mis anotaciones que saturan las hojas de ese libro estaban las tuyas.
Entre mi letra redondita y precisa estaba la tuya despatarrada y desprolija.
Entre mi lápiz de trazo fino, el tuyo grueso y sin punta.
A veces increpabas al texto y su autora con un "horroroso".
A veces discutías con mis propias notas "Acá te equivocás..."
Escribiste en los pocos espacios que yo te dejé: en los márgenes de mis márgenes, entre los renglones impresos, al final de cada capítulo.
Entonces me sonreí.
Yo tenía en mis manos la síntesis de nuestra felicidad: un libro, mi escritura y la tuya.
Recordé a don Jorge Luis que decía que una biblioteca es una estantería con volúmenes y nada más hasta que esos libros bajaban a las manos del lector y se producía el milagro de la literatura.
Aquel libro, ahora un palimpsesto (*), guardaba un diálogo escrito que quedará allí para reactualizarse cada vez que alguien lo abra.
Curiosamente es un libro donde hay indios yámanas, está Charles Darwin, el sur furioso y el acto de escribir.

(*) Palimpsesto:Se llama así manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie.

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