viernes, 5 de marzo de 2010

Qué solos...

Qué solo estás allá, bajo la tierra donde te dejamos para que duermas del cansancio que venías trayendo. Tengo que ir a buscarte: hay tanto que quisiera que supieras de estos días: que me escribió Lili desde Mar Azul, que Adolfo está paralizado, y ella tiene un nudo que no puede sacarse; que la otra Liliana, la de Alemania, también me escribe cosas bellas, que ayer me mandó un mail, desde París, tu amigo José Eduardo y quiere verme.
Acá yo intento no apagarme: pero es dificil, ya sabés, Marianísimus, casi no como. No es novedad, dirías, hábito de mujer breve y reirías. Trato de recordar el sonido de tu carcajada y se me escapan los tonos de madera y perfume que tenía y siento terror de que se vayan diluyendo los recuerdos.
Quiero otra vez al hombre pantano, salido de la miasma de la ducha primigenia, cayendo sobre mí para empaparme. Quiero verte poner la mesa bajo el tilo armándome escenas para que yo fotografíe y hablándome de amor a través de canciones; quiero bailar con vos a la luz de la luna; que me dejes las marcas de mordidas en el cuello; que vengas a la cama oliendo a humo y me digas que ahora sos el hombre a(hu)mado; que yo no soy ni un hada ni una mariposa, nada más alejado, susurrás mientras me deshago en tus manos y se abre un mundo en tu corazón insonandable.
Qué solo estás allá, en la Tablada, tan lejos, tan vacío. ¿Dónde vuela tu alma de piedra azul, de brillos luminosos que me cerca, que me sigue cercando, que me susurra que siga, que te ame siendo feliz y yo no puedo más que llorar sin vos, sin tus manos enlazadas en mi exigua cadera? ¿A quién le sirvo ese café sin gusto ni color que vos tomabas? ¿A quién le leo y le releo lo que escribo para que me diga: "Giulia, es taaaaan barroco. Largá tu xx a un costado y contá sin tantos adjetivos." ¿A quién le grito: "¡Asesino estilístico!"? ¿Con quién hablo de hijos, de hermanos, de padre, madre, de familias? ¿A quién le doy para que los alabe mis dibujos? ¡Qué solos nos quedamos los dos, Levin, Levinísimus! Vos allá muriéndote de muerte verdadera, yo, acá de ausencia incomprensible.
A la noche prendo una vela, toco la piedra roja que juntaste y me diste y le hablo a tu retrato para que sepas que te sigo amando, que estás adentro de mis ojos para mirar el mundo que dejaste y que es todo tan raro que no logro entender que no estarán tus labios pegados entre mis hombros antes de amarme para decirme que es mi olor lo que te gusta, mi piel lo que te envuelve, mi sexo que te explica.
Que solos nos quedamos, los dos, tan repentina e ineludiblemente, qué solos...

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