domingo, 28 de marzo de 2010

Piedras

"¿Es mi fortaleza la de las piedras? ¿O mi carne, es de acero?"
Job, 6:12


Hace milenios se practica la costumbre de depositar o arrojar piedras sobre la tumba.
Las piedras sirven como testimonio duradero porque no se deterioran, ni son fácilmente movibles del lugar. De esta manera, se simbolizan los lazos de unión sentimentales entre las personas sobrevivientes y el fallecido, y sirven para consolidarlos. Quizás al colocar piedras sobre el sepulcro, se esté confirmando el deseo de que la roca sea el verdadero cobijo de la persona que ha partido.
Para recoger las piedras uno debe agacharse al suelo, generalmente en las inmediaciones de la sepultura. Con este acercamiento a la tierra, la "última morada", la persona que visita puede sentir que su propia vida es limitada, que se desconocen los días con que se cuenta en este mundo, y que, por lo tanto, debe hacerse el uso más adecuado que se pueda de los mismos. Las piedras, en parámetros humanos, son "eternas". Al colocarlas, se acepta la eternidad del alma, la contraposición entre una limitada existencia y la perpetuidad incomprensible de llo infinito. Forman parte de la Tierra, a la cual se retornará. Con ellas se asume la existencia limitada, pues del "polvo venimos y al polvo regresamos".
En todas las culturas y tiempos el apedrear a alguien o algo fue una señal de desaprobación. Muchas personas sienten sentimientos de culpa en relación al muerto, por todas las cosas que no pudo decirle y que ya se han perdido. También es común el padecer un sentimiento de ira, pues se siente que su muerte es un abandono. Al apedrear, simbólicamente, la tumba, se están descargando esos sentimientos que sería perjudicial guardar. Aceptar la partida de la persona querida, la imposibilidad de resolver materialmente todos los aspectos inconclusos, es la mejor forma de permitir su descanso, y de vivir en paz en este mundo.

http://serjudio.com/dnoam/piedrasoflores.htm

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