lunes, 29 de marzo de 2010

Maldita polenta


San Bernardo, Enero 2010
Fotografía de Mariano


"¿Y si cenamos polenta?", dijiste, "Hace frío y..."
A mí me agarró el ataque. Nene, ¿vos te sentís mal o qué? ¿No te conté la historia de la polenta a los nueve años, acá, justo acá, en San Bernardo.
"Dije polenta nada más...", te disculpaste.
Nada más y nada menos...¡Polenta! ¡POLENTA! Oí, exclamé exasperada, yo tenía nueve años y estábamos acá de vacaciones. (Después averiguamos que en esas vacaciones había otra familia con la mía: eran los padres de un amigo tuyo de infancia, Samy -siempre nos llamaban la atención esas personas que sin saberlo nosotros nos habían ido uniendo). Mi madre había hecho polenta. Me sirvió un plato y yo le dije que no me gustaba. Ella, que era una mezcla de Antón Makarenko y Jóseph Stalin (con cierto predominio de este último) dictaminó: No te vas a levantar de la mesa hasta que termines el plato. No como, dije yo, no me importa... No, no entendés, aclaró pedagógicamente ella, no podés elegir no comer. Te vas a comer esa polenta aunque sea lo último que yo haga. Sólo te vas a levantar cuando el plato esté vacío.
"¿Y?", preguntaste interesado por las desventuras de la komsomola ante el plato detestable.
Y todos se fueron a la playa mientras ella y yo nos quedábamos sentadas ante la polenta.

"¡Qué asco! La polenta fría es espantosa."
No, fría jamás. Cuando se enfriaba, mi madre iba hasta la cocina y la calentaba. Conclusión: se hicieron las diez de la noche, me sacó el plato y dijo. Se ve que, a esta chica, no le gusta la polenta. Mi dios, dije, qué madre más perserverante.
"Y qué hija más terca...", exclamaste, "Mirá que sostener diez horas un 'no' revela un carácter impresionante...¡Tenías sólo nueve años!"
Nunca había pensado en mi actitud. Todos mis relatos de ese episodio estaban focalizados en la rigidez de mi madre y su espíritu autoritario y pasaba por alto mi resistencia y triunfo final.
"¿Y nunca volviste a comer polenta?", me preguntaste al rato.
No, nunca.

"Es decir, mantuviste tu posición 40 años."
Te miré y me agarró un ataque de risa.
"¿De qué te reís, pibita?"
¡Me descubriste! Nunca volví a intentar probarla por miedo a que me gustara...Mirá si en una de esas debo admitir que mi madre tenía razón y la polenta está buena.

Te reíste y agregaste: "Hace frío, Giulia, ¿cenamos polenta?"
Me levanté de la cama donde estabas abrazándome y dije: Cuestión de justicia poética. Si le dije no a la polenta en San Bernardo que sea en San Bernardo donde la acepte.
"¿Sabés hacerla sin que se hagan grumos?"
Lo raro,
dije, es que cocino una polenta fantástica según mis hermanos.
"¿Sin grumos? A mí siempre se me hacen grumos...
Ay, nene, sin grumos, claro. ¡Es fá...!

"Sí, ya sé: para vos todo es facilísimo...¡Andá, Pinasco!"
Esa noche cenamos polenta. Sin grumos, obviamente. Dijiste que era cierto, que me salía fantástica.
¿Si me gustó? Digamos que no me pareció espantosa, pero que no iría por la vida pidiendo que me sirvan un plato de polenta.

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